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La noche en que Edith entró a Torre Murano y nunca volvió a salir

A las cinco y media de la madrugada, cuando la ciudad comenzaba a despertar entre sirenas lejanas y semáforos vacíos, un grupo de agentes descendió finalmente al sótano de la Torre Murano. El edificio, ubicado sobre Avenida Revolución 829, llevaba horas convertido en un escenario de ansiedad, sospechas y gritos contenidos. Nadie imaginaba que detrás de objetos almacenados y montículos de arena aparecería una bolsa negra con el cuerpo de una joven de apenas 21 años.

Horas antes, la familia de Edith Guadalupe Valdés Saldívar seguía insistiendo en lo mismo: ella había entrado al edificio y nunca salió. Lo repetían desde la madrugada anterior mientras funcionarios les pedían paciencia, insinuando incluso que quizá se encontraba con amigas o con algún novio.

Pero Edith no era, según quienes la conocían, alguien que desapareciera sin avisar. Estudiaba derecho, trabajaba, tenía rutinas estrictas y acostumbraba compartir su ubicación con sus familiares cuando salía sola.

El 15 de abril de 2026 salió de su casa en Iztapalapa rumbo a una supuesta entrevista laboral. Durante el trayecto envió su ubicación en tiempo real a una tía y habló por teléfono con su madre alrededor de las 4:16 de la tarde. Después de las 4:27, el teléfono dejó de responder.

Lo que siguió fue una carrera desesperada contra un reloj que parecía avanzar más rápido para la familia que para las autoridades. A la 1:10 de la madrugada del día siguiente acudieron a denunciar la desaparición ante la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México.

Según la versión de los familiares, les pidieron esperar 72 horas antes de iniciar una búsqueda formal. Esa respuesta terminó marcando el tono de todo el caso.

La familia decidió investigar por cuenta propia. Revisaron la última ubicación enviada por Edith y descubrieron que había llegado a la Torre Murano, un complejo ubicado en la colonia Nonalco, alcaldía Benito Juárez.

El departamento donde supuestamente sería entrevistada ni siquiera aparecía registrado correctamente dentro del edificio. Aquello elevó las sospechas casi de inmediato.

Cuando los familiares acudieron al lugar, el guardia de seguridad negó haber visto a Edith. También afirmó que no existía el apartamento mencionado y que el nombre de la joven no figuraba en ninguna bitácora de acceso.

Sin embargo, las cámaras del C5 terminaron contradiciendo esa versión. Según declaró la tía de Edith, los registros mostraban claramente a la joven descendiendo del mototaxi e ingresando sola al edificio alrededor de las 4:45 de la tarde.

Lo inquietante fue lo siguiente: ninguna cámara la captó saliendo.

La familia volvió entonces a la fiscalía con aquella evidencia esperando una reacción inmediata. Pero incluso con las imágenes en mano, la intervención oficial tardó horas en concretarse.

La tensión explotó la noche del 16 de abril cuando familiares y amigos bloquearon Avenida Revolución. Algunos sostenían carteles exigiendo justicia mientras otros gritaban que en ese edificio operaba una red de falsas ofertas laborales dirigida a mujeres jóvenes.

La presión mediática comenzó a crecer rápidamente. La historia ya no parecía solo una desaparición más.

A las 8:30 de la noche, policías de investigación acudieron finalmente al edificio. Pero ni siquiera entonces ingresaron de inmediato.

Según los reportes, el guardia indicó que necesitaban autorización de la administración para revisar las instalaciones. Mientras tanto, el tiempo seguía avanzando.

No fue hasta pasada la una de la madrugada cuando las autoridades consiguieron entrar formalmente. Lo que encontraron dentro incrementó todavía más las dudas sobre lo ocurrido allí.

El celular de Edith apareció escondido entre medidores eléctricos. Su cartera fue hallada en un baño cercano a la caseta de vigilancia. En un drenaje encontraron un destornillador que más tarde sería señalado como posible arma homicida.

También había manchas de sangre.

Peritos detectaron rastros hemáticos en la caseta y signos de limpieza reciente. Según las primeras conclusiones, alguien habría intentado eliminar evidencia.

Y entonces llegó el hallazgo del cuerpo.

Oculto en el sótano, cubierto parcialmente y apartado entre materiales almacenados, apareció el cadáver de Edith con múltiples heridas punzantes y señales de violencia física, una escena tan brutal que incluso algunos agentes presentes habrían quedado impactados mientras la familia observaba desde lejos sin comprender todavía cómo una búsqueda ignorada durante horas terminaba convertida en un feminicidio que ya comenzaba a sacudir políticamente a la capital mexicana.

La necropsia indicó que la joven presentaba 48 heridas y que la causa de muerte habría sido una lesión punzante en el tórax. También existían golpes en distintas partes del cuerpo.

Desde ese momento, todas las miradas apuntaron hacia Juan Jesús N., guardia de seguridad del edificio. Según la fiscalía, él fue la última persona vista con Edith.

Las autoridades sostuvieron que el sistema de videovigilancia fue desconectado minutos antes de que la joven llegara al inmueble. Además, señalaron que el guardia tenía acceso a zonas clave del edificio y control sobre los accesos.

Otro trabajador declaró haberlo visto limpiando áreas internas horas después del crimen. Esa conducta fue considerada sospechosa por los investigadores.

Cuando Juan Jesús fue detenido, presentaba lesiones en manos y abdomen. Para la fiscalía, podían corresponder a heridas defensivas provocadas por Edith durante un forcejeo.

Pero la defensa respondió rápidamente. Sus abogados aseguraron que esas lesiones fueron provocadas por policías durante la detención.

También cuestionaron aspectos centrales de la investigación. Uno de los principales argumentos fue que el guardia no tendría acceso real a las contraseñas del sistema de cámaras, sugiriendo que las desconexiones podrían deberse a fallas técnicas.

A partir de allí, el caso tomó otra dimensión.

Comenzaron a aparecer testimonios de mujeres que afirmaban haber sido citadas previamente a entrevistas laborales dentro de la misma Torre Murano. Varias coincidían en detalles perturbadores.

Ofertas vagas en redes sociales. Empresas sin nombre verificable. Entrevistas dirigidas únicamente a mujeres jóvenes. Solicitudes extrañas como acudir solas o sin identificación oficial.

Una joven relató incluso que durante una supuesta capacitación en el último piso notó que el lugar estaba prácticamente vacío y ocupado solo por mujeres jóvenes. Según dijo, escapó fingiendo ir al baño.

Estas versiones alimentaron la hipótesis de una posible red de reclutamiento irregular o incluso trata de personas. Sin embargo, hasta ahora las autoridades no han confirmado formalmente esa conexión.

La fiscalía insistió en que el departamento señalado funcionaba como vivienda privada y que no existían denuncias previas vinculadas directamente con actividades criminales en el lugar. Aun así, se abrió una línea de investigación paralela relacionada con posibles mecanismos de captación mediante falsas ofertas laborales.

Mientras tanto, el proceso contra Juan Jesús continuó avanzando.

El 22 de abril fue vinculado a proceso por feminicidio y enviado a prisión preventiva. La defensa calificó la decisión como precipitada y anunció recursos legales para revertirla.

Incluso surgieron voces políticas que insinuaron que las autoridades necesitaban encontrar rápidamente un culpable ante la presión social generada por el caso. Esa narrativa creció después de que circulara un video grabado semanas antes dentro del edificio donde aparecía un hombre mayor acompañado por una mujer joven en actitud incómoda.

Aunque algunos usuarios en redes intentaron relacionar aquellas imágenes con figuras públicas extranjeras, nada de eso fue confirmado oficialmente. La fiscalía aseguró que la mujer del video no era Edith.

En paralelo, la actuación de la fiscalía quedó bajo fuerte cuestionamiento. La propia institución reconoció omisiones graves en el manejo inicial de la desaparición.

Tres funcionarios fueron separados de sus cargos. Uno de ellos habría omitido integrar correctamente la dirección entregada por la familia en la carpeta de investigación.

También se investigan presuntos intentos de extorsión denunciados por los familiares, quienes aseguran que algunos funcionarios ofrecieron acelerar diligencias a cambio de dinero. Las autoridades calificaron esas acusaciones como extremadamente graves.

El caso provocó marchas, debates políticos y propuestas legislativas. Entre ellas surgió una iniciativa para tipificar como delito la captación engañosa mediante falsas ofertas de empleo.

La discusión no apareció de la nada. Durante los últimos años, múltiples desapariciones en México han mostrado patrones similares relacionados con reclutamientos fraudulentos a través de redes sociales.

Por eso, más allá de determinar quién asesinó a Edith Guadalupe Valdés, el caso parece haber dejado expuesta una estructura más amplia y todavía incompleta. Una zona gris donde convergen vacíos legales, negligencia institucional y plataformas digitales utilizadas para atraer víctimas.

Y quizás por eso, incluso después de detenciones, conferencias oficiales y reconstrucciones periciales, la sensación dominante sigue siendo la misma: que todavía hay piezas ausentes dentro de Torre Murano.

Una joven entró sola buscando trabajo. Horas después, las cámaras dejaron de funcionar, las respuestas comenzaron a contradecirse y la verdad pareció fragmentarse entre versiones incompatibles.

Hasta hoy, muchas preguntas continúan abiertas.

El cuerpo apareció. Pero la historia, según todo indica, todavía no termina.

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