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Catean Beauty Laser ML en Bogotá: hallan a 20 mujeres encerradas y Yulixa sigue desaparecida

La puerta tenía luces rosadas, música suave y promociones pegadas sobre un vidrio polarizado. Desde afuera parecía otro centro estético más perdido entre peluquerías, tiendas y cafeterías del barrio Venecia.

Pero debajo de ese local, según descubrieron las autoridades colombianas, existía un sótano húmedo donde el tiempo parecía detenido. Un lugar sin ventanas, con olor a desinfectante barato y cuerpos marcados por cirugías hechas en condiciones extremas.

Todo comenzó con la desaparición de Yulixa Toloza, una estilista de 52 años que había ahorrado durante meses para realizarse una lipólisis láser. El procedimiento prometía eliminar grasa localizada sin grandes riesgos.

La mañana del 13 de mayo de 2026 llegó acompañada de una amiga cercana. Nadie imaginaba que esa sería la última vez que alguien la vería consciente.

Según el testimonio entregado posteriormente a la fiscalía, el lugar parecía improvisado pero funcional. Había camillas metálicas, batas quirúrgicas y diplomas colgados en paredes húmedas.

La amiga esperó durante horas en una pequeña sala con sillas plásticas. Luego, una empleada salió diciendo que Yulixa había sufrido una reacción adversa, aunque insistió en que “todo estaba bajo control”.

Cuando finalmente le permitieron verla, el escenario era muy distinto. Yulixa estaba pálida, con los labios morados y dificultades para hablar.

También tenía la ropa mojada. Según relató la testigo, parecía haber perdido el control de su cuerpo.

Le dijeron que era una reacción normal. Que estaba “expulsando toxinas”.

La amiga salió rápidamente a comprar ropa limpia y toallas húmedas. Tardó menos de veinte minutos.

Al regresar, la camilla estaba vacía. Nadie supo darle una explicación coherente.

Primero dijeron que Yulixa se había marchado sola. Después afirmaron que había sido trasladada a una clínica privada cuyo nombre nunca revelaron.

La tensión aumentó todavía más cuando pidieron revisar cámaras de seguridad. Según el personal, todas estaban dañadas desde hacía varios días.

Esa misma noche ocurrió un hecho clave. Un vecino denunció haber visto a dos hombres vestidos de negro sacar un cuerpo envuelto en una sábana blanca por la puerta trasera del establecimiento.

El testigo aseguró que la mujer parecía inconsciente o muerta. También afirmó que la subieron rápidamente a una camioneta gris sin placas.

Durante las primeras horas, el caso fue tratado como una desaparición más. Pero la insistencia de familiares y amigos terminó empujando a la fiscalía hacia otra dirección.

El jueves 15 de mayo se autorizó el allanamiento de Beauty Laser ML. Lo que encontraron dentro cambió por completo el alcance de la investigación.

Detrás de una cortina decorativa aparecía un pasillo angosto que descendía hacia un sótano oculto. Las paredes estaban húmedas y el aire era casi irrespirable.

Allí fueron halladas veinte mujeres encerradas. Algunas dormían sobre colchonetas deterioradas directamente en el piso de cemento.

Varias tenían heridas recientes en senos, abdomen y glúteos. Otras presentaban infecciones visibles, fiebre y signos compatibles con sepsis.

Los investigadores quedaron impactados por el estado físico de las víctimas. Algunas apenas podían caminar.

Una joven de 19 años lloraba abrazándose las piernas mientras intentaba cubrir cicatrices abiertas con una manta sucia. Otra repetía en voz baja que no quería volver “a la sala de operaciones”.

Las ambulancias comenzaron a llegar durante la madrugada. El hospital principal de Bogotá activó protocolos de emergencia.

Tres mujeres fueron intervenidas quirúrgicamente de inmediato. Los médicos sospechaban necrosis provocada por implantes colocados en condiciones irregulares.

Pero la parte más inquietante apareció durante los interrogatorios posteriores. Varias víctimas afirmaron que nunca habían ido voluntariamente a practicarse cirugías estéticas.

Según sus relatos, fueron captadas mediante falsas ofertas laborales publicadas en redes sociales y grupos de WhatsApp. Les prometían trabajo como meseras, niñeras o auxiliares de belleza en Bogotá.

Muchas provenían de regiones vulnerables. Norte de Santander, La Guajira y ciudades fronterizas venezolanas aparecían repetidamente en los expedientes.

Al llegar a Bogotá, supuestamente eran trasladadas directamente al centro estético. Ahí comenzaba otro encierro.

Las obligaban a firmar documentos que no entendían completamente. Después, según versiones recogidas por la fiscalía, eran sometidas a procedimientos físicos bajo amenazas.

La hipótesis judicial más delicada apunta a una posible red de trata de personas vinculada con explotación sexual. Las cirugías habrían sido utilizadas para modificar físicamente a las víctimas antes de enviarlas a otros lugares.

Nada de esto ha sido confirmado por sentencia judicial. Sin embargo, los testimonios coinciden en varios puntos inquietantes.

Algunas mujeres aseguraron haber sido ofrecidas posteriormente en fiestas privadas o trasladadas a prostíbulos clandestinos en municipios cercanos. Otras dijeron haber escuchado conversaciones sobre viajes hacia México y Panamá.

La dueña del establecimiento, una mujer venezolana de aproximadamente 30 años cuya identidad aún no ha sido revelada oficialmente, fue capturada mientras intentaba abandonar Bogotá. Según las autoridades, llevaba dinero en efectivo, celulares y documentación falsa.

Horas más tarde también fue detenido su esposo. Los investigadores creen que coordinaba movimientos logísticos relacionados con el sótano.

Las interceptaciones telefónicas abrieron todavía más interrogantes. Aparecieron contactos internacionales y movimientos financieros asociados a empresas aparentemente inexistentes.

Los cuadernos encontrados durante el allanamiento contienen nombres, cifras y fechas. Algunos registros superan cientos de millones de pesos colombianos en pocos meses.

Eso hizo que la investigación dejara de centrarse únicamente en el centro estético. Ahora las autoridades intentan determinar si existía una red regional más amplia.

Mientras tanto, Yulixa Toloza continúa desaparecida. Su nombre aparece repetidamente en declaraciones y anotaciones encontradas durante los operativos.

Fuentes extraoficiales aseguran que dos hombres vinculados al caso fueron capturados posteriormente en una finca cercana a La Calera. Uno habría entregado una declaración parcial y contradictoria.

Pero hasta ahora no existe certeza sobre el paradero de la estilista.

Y mientras fiscales revisan coordenadas escritas en libretas, llamadas internacionales y movimientos migratorios, el país entero intenta comprender cómo un sótano de apenas quince metros cuadrados pudo convertirse durante meses en una fábrica clandestina de cuerpos manipulados, mujeres desaparecidas y silencios comprados sin que nadie pareciera advertir que detrás de aquellas luces rosadas funcionaba una maquinaria criminal mucho más sofisticada de lo que inicialmente se creyó.

La reacción social ha sido inmediata. Vecinos del barrio Venecia aseguran sentirse aterrados.

Muchos reconocen haber visto camionetas entrando de madrugada. Otros recuerdan gritos aislados que en su momento interpretaron como discusiones comunes.

Ahora el miedo se mezcla con culpa e incertidumbre. Porque el local funcionaba a plena vista.

La alcaldía anunció inspecciones masivas sobre centros estéticos no regulados. Según cifras preliminares, existirían decenas de establecimientos similares operando sin controles adecuados en Bogotá.

Pero el caso también abrió otra discusión incómoda. La relación entre vulnerabilidad económica, obsesión estética y redes criminales.

Las víctimas compartían algo más que cicatrices. La mayoría había llegado buscando oportunidades rápidas para sobrevivir o cambiar su vida.

Eso es precisamente lo que más inquieta a investigadores y organizaciones sociales. La facilidad con la que ciertas estructuras logran convertir necesidades humanas en mercancía.

En hospitales y refugios temporales continúan las entrevistas psicológicas. Algunas mujeres apenas empiezan a reconstruir fragmentos de memoria.

Otras todavía no se atreven a hablar.

Y mientras los peritos revisan una nueva libreta hallada en una bodega abandonada de Bosa, donde apareció escrito solamente el nombre “Yuli”, la sensación dominante en Bogotá es que todavía existen piezas ocultas de esta historia que nadie ha contado completamente.

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