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35 disp*ros, una herencia de 400 millones y dos familias destruidas: los casos que estremecieron México

La música del gimnasio subió de volumen justo cuando nadie parecía mirar hacia la oficina. Afuera, la noche avanzaba como cualquier otra en la colonia residencial Zacatenco, pero dentro del lugar algo estaba a punto de quebrarse para siempre. Algunos empleados recordarían después que hubo un instante extraño, casi teatral, antes de los disparos.

Eran cerca de las nueve de la noche del 4 de abril de 2019 cuando el empresario Jacobo Quesada permanecía reunido con sus hijos en el gimnasio Muscle Factory, en Ciudad de México. Según las investigaciones posteriores, todo parecía desarrollarse con normalidad, aunque varias piezas ya estaban acomodadas para ejecutar un plan que todavía hoy sigue generando preguntas.

Berenice Alanís, entonces esposa del empresario, había llegado al establecimiento con el pretexto de entrenar. Quienes la conocían aseguraban que no era frecuente verla haciendo ejercicio, un detalle aparentemente menor que después cobraría enorme relevancia dentro de la carpeta de investigación.

Mientras Jacobo conversaba con Patricia y Jacobo Junior dentro de la oficina, Alanís pidió ayuda a uno de los empleados para preparar una rutina. El trabajador abandonó momentáneamente la recepción y, según versiones incluidas en el expediente, las cámaras quedaron sin supervisión durante algunos minutos decisivos.

Entonces ocurrió lo que los peritos describieron más tarde como un ataque directo y calculado. Dos hombres armados ingresaron al lugar y dispararon contra Jacobo Quesada y sus hijos hasta arrebatarles la vida casi instantáneamente antes de desaparecer sin dejar rastros claros.

El escenario posterior fue brutal. Vidrios rotos, manchas hemáticas y muebles destruidos quedaron esparcidos en la oficina mientras los paramédicos únicamente podían confirmar que ya no había posibilidad de salvar a las víctimas.

Pero lo que más llamó la atención de las autoridades fue la actitud de Berenice Alanís. Algunos agentes señalaron que se mostraba extrañamente tranquila, distante del caos que acababa de destruir a toda la familia Quesada.

Jacobo Quesada no era un empresario desconocido en Hidalgo y Ciudad de México. Poseía gimnasios, propiedades y una colección de automóviles de lujo valuada, según distintas versiones, en más de 20 millones de pesos.

Durante años había construido una fortuna considerable junto a su primera esposa Patricia, madre de sus dos hijos. Sin embargo, la llegada de Berenice Alanís como empleada doméstica terminó alterando el equilibrio familiar de manera irreversible.

De acuerdo con testimonios recogidos posteriormente, Alanís logró ganarse rápidamente la confianza del empresario. Su cercanía emocional avanzó hasta convertirse en una relación sentimental que terminó provocando el divorcio de Jacobo con su primera esposa.

Con el matrimonio llegó también un cambio radical en la vida de Berenice. Viajes, dinero y acceso a propiedades comenzaron a formar parte de su rutina, aunque paralelamente aparecieron rumores constantes sobre infidelidades y tensiones internas dentro de la familia.

La relación entre Alanís y Patricia, la hija de Jacobo, nunca habría sido estable. Según personas cercanas, existía un ambiente de recelo permanente que el empresario aparentemente minimizaba o prefería ignorar.

Con el tiempo, las sospechas se volvieron más delicadas. Empleadas domésticas afirmaron haber encontrado fotografías, cabellos y objetos personales pertenecientes a los hijos de Jacobo escondidos por Alanís, además de medicamentos cuya finalidad nunca terminó de aclararse completamente.

Aunque algunas de esas versiones jamás fueron confirmadas judicialmente, sí contribuyeron a fortalecer una narrativa oscura alrededor de la esposa del empresario. El punto de quiebre llegó cuando Jacobo descubrió presuntas infidelidades y decidió modificar su testamento.

Según declaraciones posteriores, Quesada comunicó a Berenice Alanís que quedaría excluida de una herencia valuada en aproximadamente 400 millones de pesos. También habría iniciado los trámites para divorciarse de ella.

Fue entonces cuando, según la hipótesis principal de la fiscalía, comenzó a tomar forma el crimen.

Después del asesinato, Berenice Alanís fue detenida inicialmente, pero recuperó la libertad dos días más tarde debido a irregularidades en el procedimiento. Aquella decisión provocó indignación entre familiares de las víctimas y abrió fuertes críticas contra las autoridades judiciales.

La mujer desapareció casi de inmediato. Durante meses circularon versiones sobre fiestas, viajes y movimientos entre propiedades ubicadas en Puebla, Querétaro e Hidalgo mientras la familia Quesada exigía justicia públicamente.

En redes sociales apareció la página “Justicia Familia Quesada”, donde se difundían fotografías de Alanís y se ofrecía una recompensa para localizarla. El caso comenzó a crecer mediáticamente hasta que algunos medios la bautizaron como “la viuda negra”.

Y mientras los abogados discutían contratos, herencias y amparos, los sellos ministeriales eran arrancados de un gimnasio convertido en escena de ejecución, los automóviles de lujo desaparecían misteriosamente y la sombra de los dos sicarios seguía intacta, sin nombres oficiales, sin capturas y sin respuestas claras sobre quiénes realmente movieron todos los hilos detrás de aquella noche.

Pasaron tres años hasta que las autoridades finalmente localizaron a Berenice Alanís en un hotel de lujo en Acapulco. Fue detenida el 21 de julio de 2022 y trasladada posteriormente al penal de Santa Martha Acatitla mientras continuaba el proceso judicial en su contra.

Sin embargo, el caso seguía dejando vacíos importantes. Hasta hoy no existen certezas públicas sobre la identidad de los hombres que ejecutaron directamente el ataque dentro del gimnasio.

Cuatro años después, otro caso estremecería al país en circunstancias completamente distintas, aunque con un mismo fondo de violencia e incertidumbre. Esta vez la víctima era una estudiante universitaria de apenas 18 años llamada Siria Fernanda Villalobos Ortiz.

La noche del 25 de septiembre de 2023, Siria permanecía dentro de su Audi Q3 blanco cerca de unas canchas de fútbol en Chihuahua 2000. Estudiaba ingeniería química en la Universidad Autónoma de Chihuahua y era delantera del equipo universitario Adelitas.

Quienes convivían con ella hablaban de una joven disciplinada, enfocada en el deporte y sus estudios. Nada en su entorno parecía relacionarla con ambientes criminales o situaciones de riesgo.

Entonces apareció un vehículo azul.

Según testigos, varias personas armadas descendieron o dispararon desde el automóvil contra Siria Fernanda. Fueron al menos 35 detonaciones que impactaron directamente sobre el vehículo mientras su madre, Jessica Ortiz, presenciaba la escena a pocos metros.

La brutalidad del ataque generó conmoción inmediata en Chihuahua. Las imágenes del automóvil perforado circularon rápidamente en redes sociales mientras comenzaban las primeras versiones sobre una posible confusión.

Horas después, las autoridades anunciaron detenciones y aseguramientos de armas. Sin embargo, conforme avanzaban los días, las versiones oficiales comenzaron a cambiar y aparecieron contradicciones sobre quiénes habían sido realmente arrestados.

Finalmente, la fiscalía señaló a Héctor Manuel Méndez Rodríguez, alias “El Meni”, como principal sospechoso. Según las investigaciones, el hombre también estaría vinculado con otro homicidio ocurrido días antes en la misma zona.

Las armas decomisadas coincidían presuntamente con las utilizadas durante el asesinato de Siria Fernanda. Para las autoridades, todo apuntaba a que la joven habría sido atacada por error.

Pero la madre de Siria rechazó parte de la versión oficial.

Jessica Ortiz inició una campaña pública donde acusó directamente a policías municipales y funcionarios de proteger a personas involucradas en el crimen. Según sus publicaciones, existirían vínculos entre grupos criminales y elementos de seguridad en la zona.

Las acusaciones provocaron una enorme tensión pública. Mientras el alcalde negó rotundamente cualquier participación policial y aseguró que no existían pruebas concretas, Jessica afirmaba haber recibido información de agentes cansados de presuntas redes de corrupción.

El caso quedó envuelto en una atmósfera incómoda donde las certezas parecían mezclarse con rumores, silencios institucionales y temor. Desde entonces, no han surgido avances contundentes que permitan esclarecer completamente lo ocurrido aquella noche.

Dos historias distintas, separadas por años y contextos opuestos, terminaron conectadas por una misma sensación persistente en México. La idea de que detrás de ciertos expedientes siempre queda una parte de la verdad escondida, inaccesible o demasiado peligrosa para ser contada completa.

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