Los APODOS e INSULTOS ocultos de Letizia en la universidad salen a la luz: polémica y críticas

Durante años, la figura de Letizia Ortiz ha estado cuidadosamente construida desde la casa real como la de una reina moderna, preparada, profesional y cercana. La periodista que llegó a palacio, la mujer hecha a sí misma que conquistó al príncipe y que simbolizaba una monarquía renovada. Sin embargo, como ocurre en casi todas las biografías públicas, hay un pasado que no encaja del todo con el relato oficial.
Y ese pasado vuelve ahora a la superficie.
En los pasillos universitarios donde Letizia estudió Periodismo, antes de cámaras, coronas y discursos institucionales, circulaban apodos que hoy resultan tan incómodos como reveladores. No son versiones oficiales, ni documentos firmados, sino testimonios, rumores persistentes y relatos recogidos durante años en libros no autorizados, foros académicos y voces de antiguos compañeros que aseguran recordar a una Letizia muy distinta a la que hoy se muestra en actos públicos.
Uno de esos apodos ha generado especial impacto: “la Mellada”.
Según quienes compartieron aulas con ella, el mote hacía referencia a un problema dental visible que tenía en su juventud, una carencia estética que en aquella etapa no podía corregirse por motivos económicos. No había dinero para ortodoncia, ni carillas, ni tratamientos. Letizia era entonces una estudiante más, procedente de una familia humilde, sin recursos para ocultar defectos físicos que en un entorno competitivo se convertían en motivo de burla.

Y el apodo no era inocente.
“La Mellada” no solo señalaba un rasgo físico, sino que se convirtió, según algunos relatos, en una etiqueta que resumía cómo la veían: distante, fría, obsesiva con la imagen y con una ambición que muchos calificaban de desmedida. No era la típica estudiante integrada en grupos, sino alguien que, según estas versiones, parecía tener siempre un plan más grande que el resto.
No estaba allí solo para aprender periodismo.
Estaba allí para escalar.
Ese es el otro eje de las críticas que resurgen ahora: la ambición. Excompañeros recuerdan que Letizia competía con dureza por becas, contactos, prácticas profesionales y visibilidad. Que no dudaba en romper relaciones si no le aportaban nada. Que siempre buscaba relacionarse con personas mejor posicionadas social, económica o mediáticamente.
Una estrategia vital.
Esta visión coincide con lo que han señalado algunos autores como Joaquín Abad o David Rocasolano, primo de la reina, en libros polémicos que describen una juventud marcada por el deseo de huir del origen humilde y de integrarse en círculos de poder. Según esos relatos, la familia Ortiz Rocasolano atravesó años de estrecheces económicas, con una infancia donde el frío, la falta de recursos y una alimentación básica eran parte del día a día.
En el barrio incluso tenían otro apodo colectivo: “los Acelga”.

Una forma cruel de señalar que comían casi siempre lo mismo, lo más barato del mercado. Un mote de clase, de pobreza, de supervivencia. Y ese entorno, según quienes la conocieron, habría sido uno de los motores psicológicos de la personalidad de Letizia: una necesidad casi obsesiva de escapar, de no volver nunca atrás, de construir una identidad completamente distinta.
Pero el debate no se queda solo en los apodos.
A ellos se suma la percepción de carácter. Calculadora. Controladora. Perfeccionista extrema. Fría en el trato. Son adjetivos que se repiten una y otra vez en testimonios no oficiales, en artículos de opinión, en análisis psicológicos improvisados desde los medios y las redes sociales. Una mujer que siempre quiso tener el control, que detestaba la improvisación y que concebía las relaciones humanas como escalones.
Escalones hacia arriba.
Y en ese recorrido sentimental, profesional y social, los hombres que pasaron por su vida también han sido interpretados bajo ese prisma: parejas cada vez mejor posicionadas, hasta llegar al “top” absoluto, el heredero al trono. Una lectura polémica, discutible, pero persistentemente instalada en el imaginario mediático.

Hoy, desde la casa real, se intenta ofrecer una imagen distinta: una reina cercana, implicada en causas sociales, empática, institucional. Pero los gestos, las miradas, las escenas públicas y ciertos episodios polémicos han hecho que muchos no terminen de creerse esa transformación.
¿Se puede cambiar tanto una personalidad?
¿O simplemente se ha maquillado mejor?
Porque lo que emerge de estos relatos universitarios no es tanto una historia de superación, sino una historia de construcción estratégica. De alguien que supo detectar oportunidades, eliminar obstáculos y reescribirse a sí misma hasta convertirse en reina.
De “la Mellada” a la mujer más poderosa de España.
Y ahí es donde estalla la verdadera polémica. No tanto en los insultos del pasado, que podrían entenderse como crueldades juveniles, sino en la sensación de que esos apodos reflejaban algo más profundo: una personalidad ya formada, una ambición sin freno, una frialdad emocional que hoy muchos creen seguir viendo detrás de la corona.




