Familia Real

VAPULEADA en PÚBLICO Letizia Ortiz por Victoria en APOYO a Doña Sofía

El silencio de la mañana del 24 de febrero en Madrid tenía un aire distinto. No era un acto oficial más ni una cita protocolaria de la monarquía, sino una ceremonia íntima marcada por la memoria y el duelo. En la catedral ortodoxa de la capital se reunieron familiares y amigos para recordar a la princesa Irene de Grecia, fallecida el 15 de enero a los 83 años en el entorno del Palacio de la Zarzuela.

Cuarenta días después de su muerte, una misa ortodoxa volvió a reunir a quienes la quisieron. La primera en llegar fue su hermana, la reina emérita Sofía de Grecia, visiblemente serena pero aún marcada por el golpe emocional que ha supuesto perder a una de sus compañeras de vida más cercanas.

No llegó sola.

A su lado apareció la infanta Cristina de Borbón, que descendió del mismo coche para acompañar a su madre hasta la entrada del templo. Vestidas de negro riguroso, ambas avanzaron lentamente hacia el interior mientras el obispo de la catedral se acercaba personalmente para recibirlas.

Era un gesto cargado de simbolismo.

Porque en los últimos meses la reina emérita ha tenido que despedirse de varias personas muy cercanas, entre ellas su prima Tatiana, y ahora su propia hermana, quien durante décadas fue su sombra silenciosa en Madrid.

Pero la atención mediática no tardó en dirigirse hacia otro detalle.

Las ausencias.

Ni el rey Felipe VI ni la reina Letizia Ortiz aparecieron en la ceremonia. Tampoco lo hicieron las jóvenes herederas, la princesa Leonor de Borbón ni su hermana Sofía de Borbón.

La explicación oficial llegó rápido.

Compromisos institucionales.

Mientras la familia se reunía en Madrid para despedir a Irene, el monarca se encontraba en Palos de la Frontera, en la provincia de Huelva, participando en un acto conmemorativo del centenario del vuelo del Plus Ultra. Al mismo tiempo, Letizia desarrollaba su agenda en Huesca, participando en actividades vinculadas a la Fundación Princesa de Girona.

Una coincidencia de calendario.

O al menos eso dicen las versiones oficiales.

Porque dentro del propio acto hubo presencias que cambiaron el tono de la jornada. La infanta Elena de Borbón llegó acompañada de su hija, Victoria Federica de Marichalar, una figura cada vez más visible dentro del entorno familiar.

Su presencia no pasó desapercibida.

Madre e hija caminaron juntas hacia la catedral, ambas vestidas de negro y con gesto serio, saludando discretamente a quienes se acercaban para mostrar respeto a la familia.

Para algunos observadores, aquella escena fue más que una simple asistencia familiar.

Fue un mensaje.

Porque en medio del debate por las ausencias, la imagen de Elena y Victoria junto a Sofía proyectó una fotografía clara de apoyo familiar en un momento delicado. Las cámaras captaron cómo la joven permanecía cerca de su abuela, conversando con ella y acompañándola durante buena parte del acto.

Un gesto pequeño.

Pero cargado de significado.

La ceremonia también reunió a otras figuras cercanas a la familia real. Entre los asistentes se encontraban la princesa Ana de Francia, así como miembros de distintas casas reales europeas y figuras conocidas de la sociedad madrileña.

Entre ellas destacó la presencia del actor Antonio Resines, amigo cercano de la infanta Elena, quien acudió acompañado de su esposa para presentar sus respetos.

También se vio llegar a María Zurita junto a su padre, así como a Alexia de Grecia y su familia, reforzando la dimensión internacional de la despedida.

La escena en el exterior de la catedral se repitió horas después, cuando los asistentes comenzaron a abandonar el templo. El obispo volvió a acompañar a Sofía hasta el coche, en un gesto de respeto hacia quien durante décadas ha sido una de las figuras más discretas pero constantes de la monarquía española.

Y sin embargo, la conversación pública no se centró en la ceremonia.

Sino en los huecos de la fotografía familiar.

¿Por qué no estaban Felipe y Letizia?

¿Era realmente imposible reorganizar sus agendas?

En algunos sectores de la prensa del corazón comenzó a circular una comparación inevitable. Mientras las hijas de Sofía habían hecho un espacio para acompañar a su madre en un momento tan sensible, la ausencia del actual matrimonio real alimentaba preguntas incómodas.

Preguntas que, de momento, no tienen respuesta oficial.

Porque aunque la agenda institucional puede justificar muchas decisiones, en la narrativa emocional de la monarquía los gestos familiares siguen teniendo un peso enorme.

Y aquel día, frente a las puertas de la catedral ortodoxa de Madrid, la imagen que quedó grabada fue otra.

Una abuela caminando acompañada por su hija y su nieta.

Mientras otras sillas permanecían vacías.

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