¡GOLPE A ROCHA MOYA! LABASTIDA REVELA LA TRAICIÓN MORTAL DE AMLO A ROCHA EN DIRECTO DE ADELA MICHA

Hay entrevistas que terminan cuando se apagan las cámaras, y otras que dejan preguntas flotando mucho después de que el último invitado abandona el estudio.
La conversación de Adela Micha con Francisco Labastida pertenece a la segunda categoría. Durante el diálogo, el exgobernador de Sinaloa lanzó acusaciones y planteó escenarios que vuelven a colocar a Rubén Rocha Moya en el centro de una fuerte controversia política.
Labastida no presentó su relato como una simple crítica al gobierno estatal. Habló de presuntos vínculos con dinero del narcotráfico, de una estructura de corrupción y de decisiones políticas que, según su interpretación, habrían permitido que determinadas redes sobrevivieran dentro del poder.
Una de sus afirmaciones más delicadas estuvo relacionada con la llegada de Rocha Moya a la gubernatura. Según la versión expuesta durante la entrevista, Rocha habría contado con el respaldo político de Andrés Manuel López Obrador durante el proceso interno de Morena.
Labastida sostuvo que esa decisión habría respondido a intereses políticos y económicos. Sin embargo, esas afirmaciones corresponden a su interpretación de los acontecimientos y no constituyen por sí mismas una prueba de que López Obrador haya participado en actividades ilícitas.
El exgobernador también hizo referencia a una supuesta relación previa entre Rocha y el gobierno de Quirino Ordaz. Según su relato, existía una percepción pública sobre la circulación de recursos procedentes del narcotráfico, aunque la entrevista no presentó documentación que permita establecer como hecho probado la acusación.
El tema adquiere mayor sensibilidad porque involucra a funcionarios y figuras políticas de alto perfil. Cualquier señalamiento de esta naturaleza requiere evidencias verificables, investigaciones formales y resoluciones de las autoridades antes de convertirse en una conclusión definitiva.

La conversación avanzó entonces hacia otro episodio particularmente polémico: la violencia registrada en Sinaloa y las acusaciones de corrupción que han rodeado a integrantes del entorno político estatal.
Labastida mencionó denuncias atribuidas a personajes como Héctor Melesio Cuén y habló de presuntos negocios y actos irregulares relacionados con los hijos de Rocha Moya. De nuevo, se trata de señalamientos expuestos durante la entrevista y no de hechos cuya responsabilidad haya quedado establecida judicialmente en el material proporcionado.
También apareció uno de los asuntos que más interrogantes ha generado en la política sinaloense: el asesinato de Cuén.
Labastida cuestionó públicamente la actuación de las autoridades encargadas de investigar el caso y sostuvo que, desde su perspectiva, existieron elementos que no fueron explicados adecuadamente.
Sus críticas apuntaron incluso hacia la entonces fiscalía estatal. El exgobernador afirmó que se habría construido una versión que, según él, no correspondía con lo que consideraba evidente.
Estas declaraciones tienen un peso político considerable, pero también obligan a distinguir entre una opinión, una acusación y una conclusión judicial. La existencia de controversia alrededor de una investigación no significa automáticamente que haya quedado demostrado un encubrimiento.
En otro momento de la conversación apareció la figura de Enrique Inzunza. Labastida se refirió a versiones según las cuales el funcionario tendría una influencia considerable detrás de Rocha Moya.
El entrevistado incluso utilizó la expresión de que algunos lo consideran “el cerebro” detrás de determinadas maniobras políticas. No obstante, tampoco presentó en el fragmento proporcionado pruebas que permitan confirmar esa caracterización.

La conversación adquirió otro tono cuando se habló del futuro político de Sinaloa. Labastida cuestionó si los cambios recientes dentro del poder estatal representan realmente una ruptura con el llamado rochismo o si, por el contrario, mantienen buena parte de sus estructuras.
Según su análisis, algunas figuras que aparecen como posibles relevos continuarían vinculadas al mismo grupo político. Esa interpretación, sin embargo, deberá contrastarse con las decisiones, alianzas y movimientos que se produzcan durante el proceso electoral.
Después llegó una de las afirmaciones más llamativas de la entrevista: la posibilidad de que Rocha Moya se encuentre políticamente acorralado.
Labastida planteó que el gobernador habría intentado recuperar influencia porque temería perder protección política. También sugirió que las presiones podrían estar relacionadas con posibles investigaciones provenientes de Estados Unidos.
No se trata de una acusación menor.
El exgobernador habló de un escenario escalonado que podría comenzar con restricciones de visas y movimientos financieros, para posteriormente avanzar hacia medidas judiciales más severas.
Pero hasta el momento, una hipótesis expresada en una entrevista no equivale a una orden de investigación ni a una decisión oficial del gobierno estadounidense.
La referencia a Estados Unidos se convirtió, de hecho, en uno de los puntos más intensos del diálogo. Labastida sostuvo que Washington podría aumentar progresivamente la presión contra personas relacionadas con redes criminales y corrupción.
Incluso defendió la posibilidad de que determinadas personas fueran entregadas a las autoridades estadounidenses si existieran solicitudes formales y fundamentos legales para ello.
Su argumento se apoyó en su interpretación del tratado de extradición entre México y Estados Unidos. Para comprender el alcance real de esa afirmación sería necesario revisar cada procedimiento jurídico y determinar si existe alguna solicitud concreta relacionada con Rocha Moya.
La entrevista también permitió a Labastida recordar su propia experiencia como gobernador de Sinaloa.
Contó que antes de asumir el cargo consideró que no estaba preparado en materia de seguridad pública. Por esa razón, según su relato, dedicó varios años a estudiar el funcionamiento de las instituciones policiales y judiciales.
Su experiencia le sirvió para comparar el Sinaloa de décadas atrás con el escenario actual. Labastida afirmó que en aquel momento encontró graves problemas de corrupción dentro de las fuerzas de seguridad.
También recordó haber enfrentado amenazas y ataques durante su gestión. Esa experiencia personal fue utilizada para sostener su argumento de que la penetración del crimen organizado dentro de las instituciones no sería un fenómeno nuevo.
Lo que cambia, según su interpretación, es la magnitud del problema.
Labastida habló de altos niveles de impunidad y cuestionó la capacidad de los estados para combatir el crimen cuando sus propias policías y fiscalías se encuentran debilitadas.
Ese punto introduce una discusión mucho más amplia que la figura de Rocha Moya. La violencia en Sinaloa no puede explicarse únicamente a partir de un gobernador, porque intervienen organizaciones criminales, instituciones federales y estatales, fuerzas policiales, sistemas judiciales y condiciones sociales acumuladas durante años.
También surgieron cifras relacionadas con homicidios, desapariciones, pérdida de empleos y cierre de empresas. Esas cifras fueron mencionadas durante la entrevista, pero su exactitud y metodología requieren ser contrastadas con registros oficiales y fuentes independientes.
En el tramo final, Labastida insistió en que la solución debería comenzar por una limpieza profunda de las instituciones de seguridad. Para él, combatir la impunidad sería más importante que simplemente aumentar las penas.
Y ahí quedó planteada la cuestión que probablemente trasciende a todos los nombres mencionados durante la conversación: si las instituciones encargadas de investigar y castigar los delitos no funcionan correctamente, ¿quién termina respondiendo por los años de violencia y corrupción que se acumulan?
La entrevista de Adela Micha no resolvió esa pregunta, pero volvió a ponerla sobre la mesa.
Las acusaciones de Labastida son graves y deberán ser contrastadas con documentos, investigaciones oficiales y resoluciones judiciales; mientras tanto, la aparición de nuevos nombres, nuevas versiones y posibles presiones internacionales mantiene abierta una historia en la que todavía existen demasiadas piezas sin explicar.
Y quizá lo más inquietante no sea solamente lo que Francisco Labastida dijo frente a las cámaras, sino todo aquello que todavía tendría que demostrarse para saber cuánto de su relato corresponde a hechos comprobados y cuánto permanece en el terreno de las acusaciones políticas.

