Poon Lim y sus 133 días en el océano: el hombre que se negó a rendirse

El océano parecía no tener final. Sobre una pequeña balsa perdida en medio del Atlántico, un hombre observaba el horizonte cada mañana sin saber si ese sería el día del rescate o el último de su vida. No había tierra, no había voces, solo el sonido del agua y una voluntad que se negaba a desaparecer.
Ese hombre era Poon Lim. Décadas después, su nombre quedaría asociado al récord de supervivencia más largo conocido sobre una balsa salvavidas, pero detrás de esa cifra de 133 días existe una historia mucho más profunda que un simple dato histórico.
Poon Lim nació en 1918 en la isla china de Hainan. Desde muy joven sintió curiosidad por el mar y llegó a trabajar en un barco británico siendo todavía un muchacho.
Aquella primera experiencia estuvo lejos de ser agradable. El trato que recibió fue tan duro que prometió que jamás volvería a embarcarse en otro navío.
Sin embargo, la historia tenía otros planes. Cuando la Segunda Guerra Mundial ya había transformado el mundo, la Marina británica enfrentaba una grave escasez de tripulantes debido a las constantes pérdidas sufridas en el conflicto.
Ante esa situación comenzaron a reclutar marinos auxiliares chinos. Muchos de ellos, incluido Poon Lim, apenas recibieron entrenamiento y contaban con muy pocas posibilidades de ascender dentro de la estructura naval en comparación con los marinos británicos.
En aquel momento Lim estudiaba para convertirse en ingeniero en Hong Kong. La propuesta de enrolarse llegó a través de un familiar y, aunque dudó, terminó aceptándola en un contexto marcado también por la invasión japonesa sobre China.

Su decisión no respondía únicamente a una oportunidad laboral. También estaba influida por el momento histórico que atravesaba su país y por una guerra que cambiaba el destino de millones de personas.
El 10 de noviembre de 1942 subió al SS Benlomond como ayudante de cocina. El barco mercante armado debía navegar desde Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, hasta Paramaribo, en la costa de Sudamérica.
La embarcación avanzaba sin escolta y a una velocidad relativamente baja. Aunque disponía de armamento, navegaba expuesta en un océano donde la amenaza de los submarinos alemanes seguía presente.
Trece días después ocurrió lo inesperado. El submarino alemán U-172 detectó al SS Benlomond en una zona situada a más de mil kilómetros al este de Belém, Brasil, un lugar que muchos no asociaban con las principales áreas de combate naval europeo.
Dos torpedos bastaron para cambiarlo todo. El barco se hundió en apenas dos minutos y el océano pasó de ser una ruta comercial a convertirse en una inmensa trampa.
Poon Lim cayó al agua junto con la mayor parte de la tripulación. Consiguió salir a la superficie y divisó una lancha salvavidas donde sobrevivían cinco compañeros.
Comenzó a nadar hacia ellos con todas sus fuerzas. Sin embargo, antes de llegar, el submarino emergió y recogió a aquellos marinos, aparentemente para interrogarlos.

Poco después fueron devueltos a la embarcación. Pero antes de que Lim pudiera alcanzarlos, el submarino volvió a sumergirse, levantando un fuerte oleaje que alteró completamente la superficie del mar.
Cuando el agua recuperó la calma, la lancha y los cinco hombres habían desaparecido. Poon Lim volvió a quedarse completamente solo.
Durante cerca de dos horas continuó flotando entre restos del naufragio y manchas de combustible. Entonces apareció una pequeña balsa salvavidas de unos ocho metros.
Dentro encontró apenas algunos suministros: un depósito con cuarenta litros de agua, galletas, azúcar, chocolate, una linterna, dos botes para producir humo y algunas bengalas. Era poco, pero representaba la diferencia entre vivir unas horas más o rendirse.
Los alimentos terminaron agotándose rápidamente. Fue entonces cuando comenzó la verdadera prueba de supervivencia.
Cada objeto adquirió un nuevo significado. Los cables de la linterna se transformaron en anzuelos, un clavo sirvió para capturar peces más grandes y una simple lata de galletas terminó convertida en una herramienta para fabricar un cuchillo improvisado.
Con ese ingenio limpiaba los peces, los secaba al sol para conservarlos durante más tiempo y aprovechaba todo cuanto el océano le ofrecía. Cuando los peces desaparecían y la desesperación aumentaba, recurría incluso a las aves marinas que lograba atrapar.
El agua de lluvia se convirtió en su única fuente de hidratación. Cada tormenta dejaba de ser una amenaza para convertirse en una oportunidad de seguir viviendo.

También tomó una decisión sencilla pero decisiva. Ató una cuerda de la balsa a su muñeca para evitar caer al mar mientras dormía o durante el mal tiempo.
Durante ciento treinta y tres días el océano cambió de color innumerables veces, el sol castigó su piel, las tormentas amenazaron con arrebatarle la vida, los alimentos desaparecieron una y otra vez, varios barcos y hasta aeronaves llegaron a verlo sin que el rescate pudiera concretarse, pero cada amanecer encontraba a Poon Lim todavía aferrado a aquella pequeña balsa porque mientras pudiera improvisar un anzuelo, recoger unas gotas de lluvia o mantener viva la esperanza, todavía existía una razón para seguir luchando.
Hubo momentos en los que la ayuda pareció estar muy cerca. Un barco mercante llegó a verlo, aunque continuó su camino, posiblemente porque la tripulación creyó que se trataba de un ciudadano japonés o temió una posible emboscada durante la guerra.
En otra ocasión, una formación de hidroaviones estadounidenses detectó su posición. Incluso lanzó un marcador sobre el agua, pero una tormenta terminó desplazando la balsa antes de que pudiera llegar el rescate.
Según el relato conocido de aquellos hechos, incluso un submarino alemán volvió a divisarlo. Tampoco intervino.
El tiempo continuó avanzando lentamente. Cada día parecía igual al anterior y, sin embargo, cada jornada representaba una nueva victoria silenciosa.

Finalmente fueron unos pescadores quienes encontraron la pequeña embarcación cuando ya se acercaba a la costa de Brasil. Después de más de cuatro meses perdido en el Atlántico, el viaje que parecía no tener final terminó cerca de tierra firme.
Poon Lim permaneció todavía varias semanas esperando que el consulado británico organizara su regreso. Su historia comenzó entonces a recorrer distintos países.
Al volver al Reino Unido recibió la Medalla del Imperio Británico de manos del rey Jorge VI. Aquella condecoración reconocía no solo una extraordinaria resistencia física, sino también una capacidad de adaptación que había permitido sobrevivir donde parecía imposible hacerlo.
Su experiencia adquirió además un valor práctico. Las técnicas que desarrolló durante aquellos meses fueron incorporadas a manuales de supervivencia de la Marina británica y también aparecieron en una película informativa producida por el Ministerio de Información del Reino Unido.
La prensa y las instituciones encontraron en su historia un ejemplo excepcional de fortaleza humana. Sin necesidad de exageraciones, los hechos hablaban por sí solos.
Terminada la guerra, Poon Lim emigró a Estados Unidos. Allí construyó una nueva vida, obtuvo la ciudadanía estadounidense y vivió junto a su esposa en Nueva York.
Falleció en enero de 1991, a los 72 años. Para entonces ya formaba parte de la historia marítima mundial.
Con el paso del tiempo, muchas personas recuerdan a Poon Lim por el récord de los 133 días. Sin embargo, reducir su vida a un número sería olvidar lo más importante.
Su verdadera herencia no fue haber permanecido más tiempo que nadie sobre una balsa, sino demostrar que, incluso cuando el horizonte parece vacío y el mundo deja de mirar, la perseverancia también puede convertirse en una forma silenciosa de esperanza. Esa es la imagen que permanece mucho después de que las olas hayan borrado cualquier rastro de aquella pequeña embarcación perdida en el Atlántico.

