Los hombres que mat*ron a Pancho Villa: venganzas, silencios y el misterio que nunca desapareció

La mañana parecía común en Parral. El polvo se levantaba lentamente sobre las calles mientras un automóvil avanzaba sin imaginar que, en pocos segundos, la historia de México cambiaría para siempre.
Nadie gritó una advertencia. Nadie detuvo el vehículo. Solo hubo una señal discreta, un movimiento aparentemente insignificante que marcó el inicio de una emboscada preparada durante meses.
El 20 de julio de 1923, José Doroteo Arango, conocido para la posteridad como Pancho Villa, cayó abatido bajo una lluvia de disparos. Más de un siglo después, las preguntas siguen acumulándose alrededor de aquel crimen que eliminó al último gran caudillo revolucionario capaz de desafiar al poder establecido.
Las versiones oficiales identificaron a varios responsables materiales. Sin embargo, detrás de los nombres de los tiradores aparecieron sospechas mucho más profundas.
Según numerosos historiadores, la muerte de Villa no fue únicamente una venganza personal. También pudo haber sido una operación política destinada a despejar el camino para quienes dominaban el país tras la Revolución.
Uno de los personajes más controvertidos fue Jesús Salas Barraza. General revolucionario y diputado por Durango, terminó confesando por escrito que había organizado el asesinato.

Su declaración parecía cerrar el caso. Pero casi inmediatamente comenzaron las dudas.
El general Paulino Navarro aseguró posteriormente que aquella confesión no habría sido completamente espontánea. Según su versión, existieron presiones desde esferas gubernamentales para construir una narrativa conveniente.
La situación se volvió todavía más extraña cuando Salas Barraza, condenado inicialmente a una larga pena de prisión, recibió el indulto durante el gobierno de Álvaro Obregón.
Poco después no estaba tras las rejas. Estaba sentado en una curul del Congreso mexicano.
Aquella decisión alimentó sospechas que nunca desaparecieron. Para muchos observadores, resultaba difícil comprender cómo un hombre que había reconocido semejante crimen podía regresar tan rápidamente a la vida política.
Mientras tanto, otro nombre ganaba importancia en las investigaciones históricas. Se trataba de Melitón Lozoya, señalado como organizador operativo y reclutador de los hombres que ejecutaron la emboscada.
Diversas versiones coinciden en que fue él quien reunió al grupo encargado de disparar contra Villa. También habría coordinado movimientos, vigilancias y contactos previos al atentado.
Lozoya sobrevivió muchos años después del asesinato. Murió en 1954 sin enfrentar un proceso judicial que aclarara completamente su papel en los hechos.

Los ejecutores materiales tuvieron destinos muy distintos. Algunos murieron violentamente y otros llegaron a la vejez cargando el peso de aquel episodio.
Román Guerra Enríquez fue el único integrante del comando que perdió la vida durante la propia emboscada. Recibió disparos de los acompañantes de Villa mientras participaba en el ataque.
Su muerte alimentó rumores durante años. Algunas versiones llegaron a sugerir que pudo haber sido eliminado por sus propios compañeros para reducir testigos incómodos.
Sin embargo, investigaciones posteriores indicaron que probablemente cayó bajo fuego de respuesta proveniente del grupo de Villa. La verdad definitiva nunca quedó completamente despejada.
José Barraza Corrugedo tuvo un destino igualmente marcado por la violencia. Tras participar en el asesinato, continuó su vida militar durante algunos años.
Décadas más tarde fue asesinado de un disparo en el pecho. Según los registros disponibles, el crimen estuvo relacionado con una venganza familiar derivada de conflictos anteriores.
José Ruperto Vara Gamboa también formó parte del grupo atacante. Su historia refleja cómo muchas heridas de la Revolución permanecieron abiertas durante años.

Diversos testimonios afirman que odiaba profundamente a Villa debido a la muerte de su padre. Esa motivación personal habría sido uno de los factores que facilitaron su participación en el complot.
Murió en 1934 bajo circunstancias poco claras. Las fuentes históricas mencionan que fue abatido en Durango, aunque los detalles completos continúan siendo objeto de debate.
Librado Martínez sobrevivió mucho más tiempo. Trabajó como velador en Parral y llegó a convertirse en una figura singular dentro de la memoria popular del caso.
Fue también uno de los hombres que, años después, señaló directamente a Plutarco Elías Calles como supuesto autor intelectual del asesinato. Aquella acusación jamás pudo ser demostrada de manera concluyente.
José Sainz Pardo Chavira tuvo una existencia larga y tranquila en comparación con otros participantes. Falleció en 1991, alcanzando los 91 años de edad.
Su longevidad permitió que algunos investigadores recopilaran testimonios sobre la planificación del atentado. Aun así, muchas piezas siguieron faltando.
Juan López Sain Pardo desempeñó un papel aparentemente menor pero decisivo. Fue quien realizó la señal que confirmó la posición exacta de Villa dentro del automóvil.

Un simple gesto con el sombrero bastó para orientar los primeros disparos hacia el conductor. Minutos después, el líder revolucionario estaba muerto.
La escena parecía cuidadosamente diseñada, los tiradores conocían la ruta, sabían la hora aproximada de paso, contaban con posiciones previamente preparadas y actuaron con una coordinación que para muchos investigadores sigue siendo difícil de explicar únicamente como resultado de una conspiración privada.
Esa coordinación es precisamente lo que mantiene vivo el debate histórico. Numerosos especialistas consideran que existieron niveles de protección política imposibles de ignorar.
Entre los nombres que aparecen constantemente figura el de Jesús Herrera Cano. Diversas fuentes lo describen como uno de los principales financiadores y promotores del complot.
Según relatos posteriores, Herrera Cano habría informado personalmente a Álvaro Obregón sobre sus intenciones meses antes del atentado. No existe una confirmación definitiva de esa conversación, pero la historia ha sido repetida durante décadas.
La versión sostiene que buscaba garantías para que los responsables no fueran perseguidos. También habría solicitado que la guarnición militar de Parral permaneciera alejada el día del ataque.
Ese detalle conduce inevitablemente a otra figura polémica: Félix Lara Medrano.

Como comandante militar de Parral, sacó las tropas de la ciudad el mismo día del atentado. Oficialmente se trataba de ejercicios de entrenamiento.
Sin embargo, para muchos investigadores, la coincidencia continúa siendo difícil de ignorar. Nunca se comprobó judicialmente que actuara como parte de una conspiración.
Las sospechas también alcanzaron a Joaquín Amaro Domínguez. Debido a su posición militar y a sus enfrentamientos previos con Villa, algunos sectores lo consideraron posible participante indirecto.
Pese a ello, ninguna evidencia definitiva logró vincularlo formalmente con la planificación del crimen.
Las acusaciones más delicadas apuntaron todavía más arriba. Diversos historiadores, entre ellos algunos de los más reconocidos especialistas de la Revolución Mexicana, han planteado la posibilidad de que Álvaro Obregón conociera o incluso respaldara la eliminación de Villa.
La hipótesis parte de un hecho evidente. En 1923, Villa seguía siendo una figura con enorme capacidad de influencia.
Aunque vivía retirado en Canutillo, todavía representaba un símbolo capaz de movilizar lealtades y alterar equilibrios políticos. Para algunos sectores del poder, eso podía constituir una amenaza.
Plutarco Elías Calles también aparece frecuentemente en estas teorías. Como secretario de Gobernación y futuro presidente, tenía intereses directos en la estabilidad del régimen.
Sin embargo, ninguna prueba definitiva ha permitido establecer responsabilidades concluyentes contra Obregón o Calles. El caso permanece atrapado entre documentos incompletos, testimonios contradictorios y sospechas persistentes.
Quizá por eso la muerte de Pancho Villa continúa fascinando a historiadores y ciudadanos. No se trata solamente de saber quién disparó.
La verdadera pregunta es quién permitió que ocurriera. Y más de cien años después, esa respuesta sigue escondida entre silencios, favores políticos y capítulos que tal vez nunca llegaron a escribirse completos.