Familia Real

El último adiós que incomodó a todos: lo que no se dijo en la despedida de Fernando Ónega en Madrid

El 3 de marzo no solo murió un periodista; se apagó una voz que había narrado la transición española desde dentro, con acceso privilegiado al poder y a sus silencios. La despedida de Fernando Ónega no fue un simple acto litúrgico, sino una escena cargada de simbolismo, tensiones invisibles y gestos que, para algunos, dijeron más que cualquier discurso.

Tres semanas después de su fallecimiento, la iglesia de Iglesia de San Juan de la Cruz se convirtió en el epicentro de un homenaje que parecía íntimo, pero que en realidad reunía a figuras clave del periodismo, la política y la televisión. No era solo una despedida: era una radiografía del poder mediático español.

Las primeras en llegar fueron las mujeres que sostenían el legado familiar. Ángela Rodrigo, visiblemente afectada, caminó en silencio, mientras Sonsoles Ónega y su hermana Cristina Ónega recibían abrazos que parecían interminables. No todos eran gestos espontáneos; algunos parecían pactados, casi coreografiados, como si la imagen pública aún importara incluso en el duelo.

¿Puede una despedida ser también un escenario?

La presencia de rostros conocidos intensificó esa sensación. Pedro Piqueras, Alejandra Prat y Roberto Brasero compartían espacio con figuras políticas como Borja Sémper y Isabel Díaz Ayuso. La mezcla no era casual: Ónega había sido puente entre medios y poder desde su etapa junto a Adolfo Suárez, y esa red quedó expuesta en su despedida.

Pero hubo silencios que pesaron más que las palabras. El único hijo varón, alejado de los focos, marcó una diferencia que no pasó desapercibida. Mientras sus hermanas representaban la continuidad mediática, su ausencia simbólica frente a las cámaras sugería otra historia, menos visible, quizá más incómoda.

Un legado que no todos quisieron heredar.

Las palabras posteriores tampoco fueron inocentes. Cuando Sonsoles habló de su padre como “un poco padre de esta profesión”, no solo rendía homenaje; también trazaba una línea de poder, una herencia simbólica que muchos presentes reconocían… y otros cuestionaban en silencio. Porque en el periodismo, como en la política, los legados no siempre son consensuados.

La capilla ardiente en la Casa de Galicia, celebrada un día después del fallecimiento, ya había anticipado ese clima. Agradecimientos, emoción, orgullo… pero también una narrativa cuidadosamente construida. ¿Era un homenaje o una reafirmación de influencia?

En medio de todo, figuras como Padre Ángel y Pedro Ruiz aportaron una visión más humana, describiendo a Ónega como un hombre cercano, casi irrepetible. Sin embargo, incluso esas palabras parecían formar parte de un retrato más amplio, donde lo personal y lo público se entrelazaban sin límites claros.

El resultado fue una despedida que, lejos de cerrar una historia, abrió múltiples lecturas. La muerte de Fernando Ónega no solo deja un vacío en el periodismo español; también deja preguntas sobre el poder, la memoria y la forma en que se construyen los relatos… incluso después de la muerte.

Y quizá, ahí está lo más inquietante.

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