“Indignante y vergonzoso”: madre de Laura Valentina Lozano tras liberación de presunto fem*nicida

La voz de Nancy Torres suena quebrada, pero firme. No habla solo como testigo de una tragedia. Habla como madre. Como una mujer que perdió a su única hija y que ahora observa, con incredulidad, cómo el hombre señalado de matarla salió de una audiencia judicial caminando en libertad.
“Es indignante. Es vergonzoso”, repite.
Y sus palabras no tardaron en resonar en toda Colombia.
Todo comenzó con un crimen que ya había estremecido al país. Laura Valentina Lozano Torres tenía apenas 21 años. Era estudiante de ciencias políticas, entrenadora de patinaje artístico y una joven que, según quienes la conocían, estaba llena de proyectos.
Pero una noche entró al apartamento de su expareja en el norte de Bogotá.
Y nunca volvió a salir.
Según la investigación preliminar, el hombre la habría asfixiado dentro del apartamento donde ocurrió el encuentro. Después, según el relato de las autoridades, intentó quitarse la vida, aunque fue detenido por la policía que llegó al lugar tras la alerta.

El caso parecía claro.
Una joven muerta.
Un sospechoso detenido en la escena.
Y una investigación por feminicidio en marcha.
Sin embargo, lo que ocurrió después en los tribunales desató una tormenta.
Un juez de control de garantías decidió dejar en libertad al acusado mientras continúa el proceso judicial, al considerar que no representa un peligro para la sociedad. La decisión provocó una reacción inmediata de indignación entre familiares, organizaciones sociales y ciudadanos que siguen el caso.
Pero nadie lo expresó con tanta fuerza como la madre de la víctima.
Nancy Torres.
Durante una entrevista en directo con un noticiero colombiano, Nancy no intentó esconder su rabia. Habló con crudeza, con dolor y con la convicción de que algo profundamente injusto estaba ocurriendo.
“Si no representara un peligro para la sociedad, no habría asesinado a mi hija”, dijo.
Y luego lanzó una pregunta que dejó un silencio incómodo en el estudio.
¿Cuántas mujeres más tienen que morir para que entiendan que sí es un peligro?
Para Nancy, la decisión judicial envía un mensaje devastador a la sociedad. Según su interpretación, el fallo podría ser leído por agresores como una señal de impunidad, una idea que ella rechaza con indignación.

“Es como decirles: tranquilos, maten y aquí los dejamos libres”, expresó.
Las palabras de la madre no solo reflejan dolor. También reflejan miedo.
Miedo a que la historia de su hija no sea un caso aislado.
Porque en Colombia, las cifras de feminicidio siguen siendo alarmantes. Numerosos estudios y observatorios han señalado que la mayoría de estos crímenes son cometidos por parejas o exparejas sentimentales de las víctimas.
Justo como ocurrió con Laura.
Nancy recuerda que, durante la relación, ya había percibido señales preocupantes. No eran necesariamente golpes ni agresiones físicas visibles. Eran, según describe, formas de maltrato psicológico, actitudes manipuladoras que con el tiempo comenzaron a inquietarla.
Dice que lo advirtió.
Varias veces.
“Le decía a mi hija: ten cuidado con ese hombre, no me gusta”, contó.
Pero como ocurre en muchas historias de violencia de pareja, el peligro no siempre es evidente al principio. Las relaciones pueden volverse complejas, mezclando afecto, dependencia emocional y manipulación.
Y muchas veces las señales se entienden demasiado tarde.
Nancy asegura que en algún momento su hija llegó a manifestar temor por su expareja. No fue una confesión constante ni un grito de auxilio abierto, pero sí algo que quedó grabado en la memoria de su madre.
Un presentimiento.
Ese presentimiento hoy pesa como una advertencia que no pudo evitar el desenlace.
“Las madres tenemos un sexto sentido”, dijo.
Y esta vez, asegura, ese instinto tenía razón.
El dolor de Nancy no se limita a la muerte de su hija. También denuncia sentirse excluida del propio proceso judicial. Según relató, nunca fue notificada de la audiencia donde se decidió la libertad del acusado.
No recibió una llamada.
No recibió un aviso.
Nada.

Mientras la familia del presunto agresor estaba presente en el tribunal, la madre de la víctima ni siquiera sabía que la audiencia estaba ocurriendo. Para Nancy, esa ausencia simboliza una segunda herida.
La de no sentirse representada.
La de sentir que la justicia se mueve sin escuchar a quienes más han perdido.
“Yo tenía derecho a estar ahí”, insistió.
Ahora, mientras el proceso judicial continúa, Nancy no habla solo por Laura. Sus palabras se han transformado en una denuncia más amplia contra lo que considera fallas estructurales en la forma en que se manejan los casos de violencia contra las mujeres.
Repite una frase que se ha convertido en consigna en marchas y protestas.
Ni una más.
Ni una más.
Para ella, esa frase no es un eslogan político. Es una exigencia. Una petición desesperada para que los feminicidios no se conviertan en simples cifras dentro de estadísticas oficiales.
Laura Valentina no era un número.
Era su hija.
Era su apoyo.
Era su compañera de vida.
Nancy la describe como una joven llena de energía, una mujer que estaba construyendo su futuro con esfuerzo. Además de estudiar, enseñaba patinaje artístico a niños y participaba en proyectos deportivos que buscaban formar nuevas generaciones de atletas.
Este año, según su madre, debía terminar sus materias universitarias.
Después planeaba hacer un diplomado.
Tenía ilusiones.
Tenía metas.
Tenía un mundo por delante.
“Le cortaron las alas”, dice Nancy.
Y esa frase resume la dimensión del dolor.
Mientras tanto, el presunto responsable camina libre mientras avanza el proceso judicial. Legalmente, la libertad otorgada por el juez no significa absolución, pero para la familia de Laura la decisión sigue siendo incomprensible.
Por eso Nancy hace ahora un llamado directo.
A los jueces.
A los fiscales.
A la sociedad.
Pide que el caso no se olvide, que los medios continúen hablando del tema y que la presión pública ayude a garantizar que el proceso avance con transparencia.
“Que esto no sea solo ruido por unos días”, dijo.
Quiere que la historia de su hija sirva para algo más que un titular.
Quiere que obligue a mirar el problema.
A discutirlo.
A cambiarlo.
Porque detrás de cada feminicidio hay una historia que no debería terminar así.
Y detrás de esta historia hay una madre que, incluso en medio del dolor más profundo, sigue repitiendo la misma exigencia.
Justicia.



