Familia Real

Las IMÁGENES de la REINA LETIZIA y ANA ROSA QUINTANA rinden HOMENAJE al periodista RAÚL DEL POZO

Madrid amaneció con un aire pesado, casi solemne. El mundo de la comunicación española volvía a vestirse de luto, apenas unos días después de la muerte de Fernando Ónega. Esta vez la noticia sacudía otra columna del periodismo nacional: Raúl del Pozo había fallecido a los 89 años en su residencia madrileña.

La noticia corrió rápido por redacciones, estudios de televisión y despachos políticos.

Porque Del Pozo no era solo un periodista más.

Era una época.

La capilla ardiente instalada en la Casa de la Villa de Madrid se convirtió desde primera hora en un punto de encuentro donde convergieron periodistas veteranos, figuras políticas y rostros conocidos de la televisión. Las cámaras captaron un flujo constante de personas que entraban en silencio, algunos con gesto serio, otros visiblemente emocionados.

Entre los primeros en aparecer estuvieron nombres históricos del periodismo español como José María García, Pedro J. Ramírez o Pilar Cernuda. También acudieron personalidades del mundo cultural y mediático como Marta Flitch, Arturo Pérez-Reverte o Paloma Segrelles, madre e hija.

Todos habían compartido alguna página de la historia del periodismo con Del Pozo.

Todos tenían algo que agradecerle.

Pero una de las imágenes que más llamó la atención fue la llegada de Ana Rosa Quintana. La presentadora apareció visiblemente emocionada, no solo como colega de profesión sino también como amiga cercana.

Eran vecinos.

Y mucho más que eso.

Del Pozo formaba parte de su vida personal, hasta el punto de compartir celebraciones familiares como la Nochebuena. Frente a los periodistas, Ana Rosa no pudo ocultar la emoción al recordar al hombre detrás del columnista.

“Se ha ido alguien irrepetible”, dijo con voz entrecortada.

Sus palabras resumían el sentimiento general: Del Pozo no era solo el cronista de la Transición, era también un personaje irrepetible, un periodista que vivió intensamente y que convirtió el oficio en una forma de vida.

Aquel hombre que escribía como si cada columna fuera una pieza literaria.

Aquel periodista que prefería los bares, las conversaciones nocturnas y las historias de calle antes que los despachos silenciosos.

Mientras tanto, la capilla ardiente seguía recibiendo visitantes. Entre ellos destacaban varias figuras políticas que quisieron rendir homenaje al cronista que durante décadas narró los entresijos del poder español.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, calificó la pérdida como “irreparable en mayúsculas”. Y no solo se trataba de una declaración protocolaria: anunció que la ciudad estudiará rendir un homenaje al periodista por su profunda relación con Madrid.

Porque Del Pozo tenía una devoción particular por la capital.

Una devoción casi sentimental.

Su propia hermana, Angelines del Pozo, lo recordó frente a las cámaras con una mezcla de orgullo y tristeza. Contó que su hermano siempre repetía que no quería abandonar Madrid, que aquella ciudad era su vida, su inspiración y su refugio.

“Hay que respetarlo hasta el último momento”, dijo.

Y en ese momento ocurrió una de las escenas más comentadas de la jornada.

La llegada de la reina Letizia.

Su presencia sorprendió a muchos de los presentes y rápidamente captó la atención de las cámaras. Vestida con un atuendo profesional —blusa blanca con cuello maxi y pantalón de cuadros marrones— la reina entró en la capilla ardiente con discreción.

No pronunció discursos.

No hizo declaraciones.

Pero su gesto fue interpretado como un homenaje silencioso a uno de los grandes cronistas del periodismo español.

Las imágenes mostraron también un momento de cercanía cuando la reina coincidió con José María García. Ambos intercambiaron unas palabras y un gesto afectuoso que dejó ver el ambiente de respeto y reconocimiento que rodeaba el funeral.

Un detalle pequeño.

Pero muy significativo.

También estuvieron presentes líderes políticos como Alberto Núñez Feijóo, Reyes Maroto e Isabel Díaz Ayuso. La presidenta madrileña definió a Del Pozo como un gran profesional, pero sobre todo como una gran persona y un buen amigo.

“Le vamos a echar mucho de menos”, afirmó.

Y quizás esa sea la frase que mejor resume el ambiente que se respiraba en la capilla ardiente.

Porque más allá del periodista, del escritor o del cronista político, quienes acudieron allí despedían a un hombre que había vivido el periodismo con intensidad, pasión y una mirada muy particular sobre España.

Raúl del Pozo se fue.

Pero dejó algo difícil de borrar.

Una forma de contar la historia.

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