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Carnaval de mu*rte en Malambo: la noche en que dos hermanas desaparecieron y un adolescente se convirtió en verd*go

En la costa Caribe colombiana hay noches que parecen eternas.
La música no se apaga, las motos rugen en las calles y el carnaval convierte cada barrio en un escenario de fiesta. Pero a veces, en medio de ese ruido de tambores y luces improvisadas, ocurren historias que nadie quiere contar.

Esta es una de ellas.

Todo empieza con un nombre que comenzó a circular entre investigadores y policías en barrios donde el Estado casi no existe. Un apodo corto, repetido en informes dispersos desde 2023, que al principio no parecía decir demasiado: alias “El Mono”, también conocido como “El Chirrete”.

Tenía apenas 14 años cuando apareció por primera vez en los reportes policiales.

En los barrios más duros del área metropolitana de Barranquilla, crecer rápido no es una elección. Es una obligación. Allí los adolescentes aprenden pronto que la autoridad real no siempre viste uniforme; muchas veces la imponen las bandas que controlan las esquinas, las motos y las rutas invisibles del crimen.

Fue en ese escenario donde el joven comenzó a moverse.

Al principio, según los investigadores, hacía lo que muchos menores hacen cuando entran a las estructuras criminales: tareas pequeñas. Cobrar deudas, vigilar movimientos, servir de mensajero. Trabajos que parecen insignificantes, pero que en realidad son la puerta de entrada a un mundo del que pocos logran salir.

En ese camino apareció una figura que terminaría marcando su rumbo: un delincuente conocido como alias Cachete.

Las imágenes de sus capturas se repetían siempre igual. La policía lo esposaba, lo subía a una patrulla, y él se reía. Reía a carcajadas frente a las cámaras, como si entrar y salir de prisión fuera simplemente parte de un juego.

Para muchos jóvenes del barrio, esa actitud era una señal de poder.

Y el Mono empezó a moverse bajo esa influencia.

Su nombre comenzó a aparecer cada vez más seguido en situaciones graves hasta que en 2024 las autoridades lograron capturarlo. Fue enviado al centro de reclusión juvenil El Oasis, un lugar diseñado precisamente para evitar que adolescentes tomaran el camino definitivo hacia el crimen.

La sanción: ocho años.

Para muchos, aquel debía ser el final de su historia.

Pero no lo fue.

Una noche de noviembre, mientras el centro juvenil se preparaba para el silencio de la madrugada, ocurrió algo que todavía genera preguntas. Cuando los funcionarios revisaron las instalaciones, el menor ya no estaba.

Se había fugado.

Las puertas seguían cerradas. Las rejas seguían intactas. Pero el Mono había desaparecido.

Durante semanas nadie supo dónde estaba.

Hasta que los rastros condujeron a un lugar inesperado: Antioquia. Allí, según informes de inteligencia, el adolescente habría terminado vinculado a una estructura mucho más grande y peligrosa: las disidencias de las FARC, bajo el mando de un hombre conocido como alias Calarcá.

Para un joven de barrio, aquello significaba entrar en otro mundo.

Uno donde las armas son rutina, la violencia forma parte del entrenamiento y la muerte es una posibilidad diaria.

En medio de un enfrentamiento con el Ejército Nacional, el menor resultó herido en una pierna. Ese hecho provocó que terminara nuevamente en manos de las autoridades, esta vez bajo la figura de víctima de reclutamiento.

Pero incluso eso fue solo una pausa.

Poco tiempo después regresó a Barranquilla.

Y volvió a las calles.

Durante meses su nombre desapareció de los informes.

Hasta la noche del 17 de febrero de 2026, en pleno carnaval.

Mientras el Mono recorría nuevamente los barrios del sur de la ciudad, otro nombre empezaba a aparecer en la historia: Juan David Taborda Olivera, alias Tatá, un joven de 19 años que, según la investigación, habría sido quien contactó a dos adolescentes.

Las hermanas Hernández.

La invitación parecía simple.

Una salida.
Una fiesta.
Un plan de carnaval.

Pero lo que comenzó como una reunión entre jóvenes terminó convirtiéndose en una escena oscura que hoy aún intentan reconstruir los investigadores.

En medio de la fiesta ocurrió algo que cambiaría el rumbo de la noche.

Una joven tomó el celular de una de las hermanas y se lo mostró a otro de los asistentes. Lo que dijo quedó registrado en las investigaciones.

Una frase corta.
Pero peligrosa.

“Pilas que te van a vender”.

En el lenguaje del mundo criminal, esa expresión tiene un significado claro: alguien sospecha que está a punto de ser entregado a otro grupo.

Y en territorios dominados por bandas, una sospecha así puede convertirse en sentencia.

Las versiones indican que después de ese momento las hermanas fueron llevadas a una vivienda en el municipio de Malambo.

Allí la tensión empezó a crecer.

En redes sociales comenzó a circular un video estremecedor. En la grabación aparece una de las jóvenes sentada, casi arrodillada, frente a un muchacho que sostiene un arma.

Ese joven sería alias el Mono.

La voz que se escucha en el video repite una frase insistente, casi como si fuera un interrogatorio improvisado.

“Habla claro, brother. Habla claro.”

Los investigadores creen que en ese momento intentaban confirmar si las adolescentes tenían algún vínculo con otra organización criminal.

Pero esa madrugada nadie salió vivo de aquella casa.

Después vino el intento de borrar la historia.

Mientras el carnaval seguía encendido en muchos barrios y los tambores aún sonaban en las calles, un pequeño grupo de motocicletas comenzó a desplazarse por las zonas oscuras de Malambo.

Dos motos.

Quizá tres.

En cada una viajaban tres jóvenes.

Y entre ellos, acomodados de forma macabra entre conductor y parrillero, iban los cuerpos sin vida de las dos adolescentes.

La caravana avanzó hacia un sector donde las calles se vuelven cada vez más solitarias. Casas humildes, terrenos irregulares, zonas nacidas de invasiones donde el alumbrado público casi no existe.

Al final del barrio encontraron un terreno enmontado.

Oscuro.
Silencioso.

Algunos jóvenes se quedaron vigilando en las esquinas cercanas, actuando como campaneros por si aparecía alguien. La mayoría de vecinos dormía; otros seguían celebrando el carnaval sin imaginar lo que ocurría a pocos metros.

Entonces comenzaron a cavar.

No fue una excavación profunda ni profesional. Solo lo suficiente para cubrir lo que querían ocultar. Tierra removida con prisa, palos, piedras, una sepultura improvisada en medio de la madrugada.

Después se marcharon.

Y dejaron detrás un silencio pesado.

Pero lo más inquietante vino después.

Porque mientras una familia comenzaba a buscar desesperadamente a sus hijas, los responsables no huyeron ni se escondieron durante semanas.

Volvieron a su rutina.

Días después aparecieron en otro escenario nocturno muy conocido en la región: la vía al mar, cerca de Puerto Colombia.

Allí, en las madrugadas, se realizan los piques ilegales.

Cientos de motos alineadas.
Luces de celulares iluminando la carretera.
Motores rugiendo antes de la cuenta regresiva.

Tres.
Dos.
Uno.

Y las motos salen disparadas a más de cien kilómetros por hora.

Según la investigación, entre la multitud estaban algunos de los mismos jóvenes que días antes habían participado en la desaparición de las hermanas Hernández.

Como si nada hubiera pasado.

Pero la investigación ya avanzaba en silencio.

Los detectives del Gaula seguían algo que muchos criminales jóvenes subestiman: los teléfonos. Cada llamada, cada mensaje, cada rastro digital.

Hasta que ocurrió un accidente.

Una noche, después de uno de esos encuentros de carreras ilegales, varias motos chocaron violentamente en la carretera. Hubo heridos, ambulancias, sirenas, confusión.

Los trasladaron a una clínica en el norte de Barranquilla.

Y allí, mientras los médicos atendían a los lesionados, los investigadores encontraron algo clave: un celular que ya estaba en su radar.

Desde ese dispositivo, según las autoridades, se habían enviado mensajes a la madre de las adolescentes desaparecidas.

El rompecabezas empezó a cerrarse.

Uno de los implicados habló.

Y las autoridades llegaron hasta una zona enmontada del barrio Maranata, en Malambo.

Allí, entre la maleza, después de horas de búsqueda, encontraron lo que nadie quería confirmar.

Los cuerpos de Shiriddan Sofía y Keyla Nicole.

La noticia recorrió rápidamente todo el Atlántico y confirmó el peor temor de la familia.

La desaparición había terminado en tragedia.

Hoy el caso sigue en proceso judicial. Alias Tatá enfrenta cargos por secuestro extorsivo, mientras el Mono permanece bajo custodia mientras se revisa su proceso legal.

Pero más allá de las capturas, esta historia deja una pregunta que inquieta a investigadores, padres y autoridades.

¿Cuántos adolescentes más están entrando al mundo del crimen antes de cumplir 18 años?

En la costa Caribe la música nunca deja de sonar.

Siempre hay una fiesta en algún barrio. Siempre hay una moto acelerando en alguna calle. Pero detrás de ese ruido también existen historias que apenas comienzan a contarse.

Historias donde los protagonistas no son adultos.

Sino adolescentes que crecieron demasiado rápido en el mundo equivocado.

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