Familia Real

ÚLTIMO ADIÓS a Fernando Ónega y POLÉMICA en la CAPILLA de Sonsoles con Ana Rosa Quintana y Letizia

La noticia cayó como un silencio pesado sobre el periodismo español: murió Fernando Ónega a los 78 años. Y con él, muchos dicen, se apaga una de las voces que ayudaron a narrar la historia reciente de España desde la radio, la televisión y la palabra escrita.

Pero el adiós no ha sido solo un homenaje.

También ha estado rodeado de gestos, tensiones y presencias que han convertido la capilla ardiente en algo más que un simple acto de despedida.

Ha sido una escena donde se cruzaron historia, poder, amistades y rivalidades.

Todo ocurrió en la Casa de Galicia en Madrid.

Desde primeras horas de la mañana comenzaron a llegar figuras del periodismo, de la política y del mundo de la televisión para despedir a un hombre que, durante décadas, fue considerado una referencia del oficio.

Porque Ónega no fue un periodista cualquiera.

Fue uno de los narradores de la transición española.

En los pasillos de la capilla ardiente, muchos repetían la misma idea: que su voz formaba parte de la memoria colectiva de un país. Algunos recordaban cómo sus análisis ayudaban a entender la política cuando España aún estaba aprendiendo a respirar en democracia.

Pero el momento más delicado no se vivió frente al féretro.

Se vivió en los pasillos.

Y tuvo nombre propio.

Sonsoles Ónega.

La presentadora, hija del periodista fallecido, fue una de las primeras en llegar. Vestida de negro, con gafas de sol y acompañada por su pareja, caminó entre cámaras y fotógrafos intentando mantener la compostura mientras saludaba discretamente a quienes acudían a darle el pésame.

Mandaba besos.

Agradecía.

Pero algunos testigos aseguran que apenas podía contener las lágrimas.

La escena fue breve, pero intensa.

Porque Sonsoles no solo es una hija que acaba de perder a su padre. También es una de las presentadoras más visibles de la televisión española, y su vida profesional está inevitablemente entrelazada con muchas de las figuras que desfilaron por allí.

Entre ellas, una presencia que no pasó desapercibida.

Ana Rosa Quintana.

La veterana presentadora apareció con un gesto serio y dedicó apenas un minuto de homenaje público al periodista. Sus palabras fueron respetuosas, incluso afectuosas, recordando la trayectoria de Ónega como uno de los grandes artesanos del periodismo.

Pero el contexto era inevitable.

Porque la relación entre Ana Rosa y Sonsoles lleva tiempo marcada por tensiones.

Desde que Sonsoles dejó Telecinco y pasó a liderar las tardes en Antena 3, los rumores de distanciamiento entre ambas presentadoras se han multiplicado. Comentarios, indirectas televisivas y silencios incómodos han alimentado durante meses una rivalidad mediática que muchos consideran evidente.

Por eso su presencia generó murmullos.

Porque había quien dudaba de que apareciera.

Otros, en cambio, pensaban que su ausencia habría sido aún más polémica.

Y así, durante unos minutos, la capilla ardiente dejó de ser solo un espacio de duelo para convertirse en un escenario donde el mundo de la televisión también medía gestos y distancias.

Pero Ana Rosa no fue la única figura destacada.

Otra llegada provocó un movimiento inmediato entre cámaras y periodistas.

Letizia Ortiz.

La reina acudió en representación de la Casa Real y, sobre todo, como amiga cercana de Sonsoles. Su presencia fue interpretada como un gesto personal, ya que la relación entre ambas periodistas se remonta a los años en que coincidieron en el mundo de los medios.

La reina también explicó la ausencia de Felipe VI, quien en ese momento se encontraba en Sevilla visitando un centro de apoyo a personas con parálisis cerebral.

Pero Letizia no se limitó a un saludo protocolario.

Entró.

Abrazó.

Acompañó.

Fue uno de los gestos más comentados del día.

Mientras tanto, dentro de la capilla ardiente continuaban llegando nombres conocidos: Mariano Rajoy, periodistas históricos como Iñaki Gabilondo y otros rostros del mundo mediático que durante años compartieron debates, tertulias y micrófonos con Ónega.

Todos coincidían en una misma idea.

Que era un periodista de otra época.

De los que leían cada palabra.

De los que corregían cada frase.

De los que creían que la radio debía escucharse con respeto.

Entre los recuerdos que circularon durante la jornada hubo anécdotas que retratan su carácter. Algunos recordaban que tardaba eternidades en leer las cartas de los oyentes porque quería hacerlo con la entonación perfecta.

Otros hablaban de su ironía gallega.

De su calma.

De su obsesión por la precisión.

Pero también de su papel político.

Porque Ónega no solo narró la transición española.

También participó activamente en ella desde el periodismo, escribiendo discursos, analizando la evolución política y ayudando a construir un lenguaje público en un momento en que el país necesitaba palabras para entenderse.

Por eso muchos lo definieron como “un símbolo del espíritu de la transición”.

No solo un periodista.

Un testigo.

Un narrador.

Y quizá también un puente entre generaciones.

Al final del día, cuando la capilla ardiente seguía abierta y el flujo de visitantes comenzaba a disminuir, alguien recordó unas palabras del propio Ónega pronunciadas en uno de sus últimos discursos.

Una reflexión que hoy suena casi como una despedida.

Se preguntaba por qué, en una España moderna y democrática, a veces aparecen más signos de rencor entre los jóvenes que entre quienes vivieron épocas mucho más duras.

Era una duda.

Una preocupación.

Y también una advertencia.

Porque para Fernando Ónega, el periodismo no solo servía para informar.

Servía para mantener viva la convivencia.

Y ahora, en medio del silencio de la capilla ardiente, esa idea resonaba con más fuerza que nunca.

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