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¡SHEINBAUM QUIERE CALLARLO! Cancelan la presentación del libro de Julio Scherer

La escena fue breve, seca, casi burocrática, pero el eco político fue inmediato: Claudia Sheinbaum dijo que no ha leído ni leerá Ni venganza ni perdón, el libro de Julio Scherer, y horas después se confirmó que la presentación pública de la obra había sido cancelada, oficialmente por “exceso de demanda”, extraoficialmente por el ruido incómodo que ya estaba generando dentro del círculo del poder.

Sheinbaum habló como quien quiere cerrar un tema antes de que se abra, minimizando el impacto, reduciendo la discusión a algo que solo existe en “X y el círculo rojo”, como si la política real no se escribiera precisamente ahí, en los márgenes donde empiezan a filtrarse las versiones que el discurso oficial prefiere no tocar. Dijo que no le interesa, que no tendrá impacto, que si hay una denuncia, que se presente. Y con eso, pretendió pasar página sin siquiera abrir el libro.

Pero el libro ya estaba abierto.

En una semana se agotó la primera edición, la presentación programada para este jueves fue cancelada porque “ya no cabía la gente” y en los pasillos del periodismo político el rumor era el mismo: Ni venganza ni perdón no es una simple memoria, es un ajuste de cuentas elegante, escrito por alguien que estuvo en las entrañas del poder, que vio de cerca cómo se tomaban decisiones, cómo se movían operadores, cómo se protegían nombres y se fabricaban silencios.

¿De verdad la presidenta no lo ha leído?

En el entorno mediático nadie lo cree. Periodistas que ya llevan la mitad del libro coinciden en algo inquietante: Scherer no golpea directamente a Sheinbaum, incluso la retrata con cierta benevolencia, pero quien sale devastado es Jesús Ramírez Cuevas, señalado como uno de los grandes operadores de comunicación del sexenio anterior, el hombre que habría usado recursos públicos, bots, campañas de desprestigio y control narrativo para moldear la opinión pública desde las sombras.

Y ahí es donde el libro deja de ser literatura política y se convierte en expediente.

Porque Scherer no habla desde la especulación, habla como testigo. Describe mecanismos, nombres, estrategias. Insinúa delitos, apunta directamente al huachicol fiscal, sugiere encubrimientos, decisiones tomadas al más alto nivel que hoy, en otro contexto, podrían leerse como denuncias penales. No es un influencer, no es un opositor de redes, es alguien que estuvo ahí, sentado en la mesa donde se partía el poder.

Por eso la respuesta de Sheinbaum resultó tan frágil.

Decir “no lo voy a leer” frente a un libro que ya es tema nacional no es neutralidad, es evasión. Minimizar su impacto cuando está agotado en librerías es negar la realidad. Y sobre todo, pedir que “si hay una denuncia, que se presente”, cuando el propio texto es una denuncia pública, suena más a defensa que a postura institucional.

Aquí es donde la crónica se vuelve incómoda.

Porque según voces del propio medio, las preguntas que hoy se le hicieron a la presidenta no fueron espontáneas, sino sembradas, cuidadosamente diseñadas para sacarla del paso sin que se saliera del guion. Un guion que, paradójicamente, confirma lo que el propio Scherer denuncia: que el control del relato sigue siendo una prioridad política.

Y mientras tanto, la presentación del libro se cancela.

No por censura, dicen.
No por presión, aseguran.
Sino porque había “demasiada gente”.

Demasiada gente queriendo escuchar.
Demasiada gente queriendo saber.
Demasiada gente leyendo lo que no debía leerse.

En el fondo, lo que más incomoda no es el contenido del libro, sino su existencia misma: un testigo del poder hablando sin pedir permiso, narrando desde adentro, rompiendo el pacto no escrito del silencio posterior al sexenio. Porque en la política mexicana, el verdadero pecado no es mentir, es contar la verdad cuando ya no te toca.

Y entonces la pregunta deja de ser si Sheinbaum lo leyó o no.

La pregunta real es por qué un libro que supuestamente “no importa” provoca cancelaciones, nervios, discursos defensivos y una necesidad urgente de restarle valor desde la presidencia.

Porque cuando el poder dice que algo no importa…
generalmente es lo que más importa.

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