¡SHEINBAUM ESTÁ FUERA DE LA REALIDAD! DE PENA AJENA

Hoy Culiacán despertó con una etiqueta que estremece incluso a los países acostumbrados a convivir con la violencia: la ciudad más peligrosa del mundo. No de México, no de América Latina, del mundo. Una afirmación que, más allá de rankings o estadísticas, se sostiene en una sensación colectiva de miedo, calles vacías, comercios cerrados y familias encerradas esperando que la noche pase sin una tragedia más.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros, Claudia Sheinbaum aparecía sonriente en la mañanera, hablando de bienestar, de reducción histórica de homicidios, de un país que —según su versión— avanza hacia la paz. El contraste no podría ser más brutal: desde Palacio Nacional se habla de cifras, desde Sinaloa se cuentan muertos.
La historia del joven de 16 años asesinado cuando iba a comprar comida para un gatito se convirtió en símbolo de esta desconexión. No era un criminal, no era un sicario, no era parte de ninguna estadística política, era simplemente un adolescente más que terminó siendo víctima de una violencia que ya no distingue edades, clases sociales ni inocencias.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿en qué país vive el gobierno?

Desde España, incluso Isabel Díaz Ayuso habló de México como un “Estado fallido”, una expresión durísima que normalmente se reserva para países en guerra o sin control institucional. Las declaraciones encendieron la polémica, pero dentro de México muchos ciudadanos reconocen que esa frase ya no suena exagerada, sino dolorosamente cercana a la realidad.
Sheinbaum insiste en que los homicidios han bajado un 42% y que hay miles de detenidos, pero no muestra las fosas clandestinas, no menciona a los desaparecidos, no explica por qué regiones enteras están dominadas por el miedo. Su discurso se apoya una y otra vez en el pasado, en Genaro García Luna, como si repetir su nombre fuera suficiente para borrar siete años de gobierno y responsabilidad directa.
La estrategia es clara: culpar al ayer para no responder por el hoy. Sin embargo, las mismas autoridades estadounidenses que condenaron a García Luna son las que ahora señalan a México como un país infiltrado por el crimen organizado. La narrativa oficial dice que todo es propaganda, pero las balas, los secuestros y los asesinatos no parecen parte de ningún montaje mediático.
En Sinaloa no se habla de porcentajes, se habla de sobrevivir. En las mañaneras se habla de logros, en las calles se habla de miedo. Dos realidades paralelas que no se tocan, dos Méxicos que ya no se reconocen entre sí.

Y en medio de esa fractura, queda una sensación inquietante: que el poder político vive en una burbuja estadística, mientras el país real entierra a sus muertos sin cámaras, sin discursos y sin respuestas.
¿De qué sirven los datos si la gente no se siente segura?
¿De qué sirve negar el problema cuando la violencia ya se volvió cotidiana?
¿Hasta cuándo seguirá el gobierno hablando de un México que solo existe en sus conferencias?


