¡ESTAMOS AVERGONZADOS! HABLA LA FAMILIA DE LOS CUATES DE TORREÓN Y REVELA LO QUE NO QUISIERON VER

Hay historias que comienzan mucho antes del momento que termina ocupando los titulares. En Torreón, algunas de las preguntas más incómodas aparecen ahora al reconstruir lo que ocurrió dentro y alrededor de la familia de Carlos y David, los gemelos de 18 años detenidos tras el ataque en la Secundaria 13.
Un familiar directo dijo estar “avergonzado” y aseguró que durante meses varios parientes advirtieron que los jóvenes no estaban bien. Según esa versión, hubo señales que fueron observadas, comentadas y, al menos en algunos momentos, intentaron ser atendidas.
El ataque ocurrió el jueves 1 de octubre. La subdirectora Neri Edith, de 56 años, murió dentro de la escuela, mientras un estudiante de 13 años, identificado como Alexis, sufrió una grave lesión en una mano y otras personas resultaron heridas.
También existen reportes sobre una estudiante de 17 años que habría sido lesionada en el cuello mientras esperaba el transporte cerca del plantel. Ese hecho, mencionado por medios locales, todavía forma parte de una reconstrucción más amplia de aquella mañana.
Pero la historia familiar presenta versiones que no coinciden completamente. Una abuela declaró que no sabían lo que podía ocurrir y que nunca habían visto armas o explosivos en la vivienda.
Otra familiar, identificada como tía abuela y entrevistada bajo condición de anonimato, contó una historia diferente. Según versiones recogidas por medios citados en el testimonio, meses antes ya existían aislamiento, autolesiones y episodios de violencia.

Uno de los datos más delicados es la supuesta agresión entre los propios hermanos. La tía abuela afirmó que Carlos habría atacado a David en el cuello y que, posteriormente, fue internado en un centro para recibir atención.
No se ha confirmado públicamente cuál fue ese centro, qué diagnóstico recibió Carlos, cuánto tiempo permaneció allí ni quién autorizó su salida. Tampoco está claro si existieron informes médicos o algún seguimiento posterior.
La Fiscalía de Coahuila describió el entorno familiar como prácticamente desintegrado, mientras distintos testimonios periodísticos hablan de una vivienda donde convivían la madre, abuelos, un tío y hermanos menores.
Desde la infancia también aparecen recuerdos difíciles de encajar. Un antiguo compañero, Agustín Melgar, los describió como jóvenes apartados que permanecían juntos durante los recreos y tenían poca convivencia con otros estudiantes.
Una vecina citada en los reportes recordó otra imagen: niños que algunas veces acudían sin uniforme, aparentemente sin haber comido, y que pasaban largos periodos sentados afuera de su casa.
Después llegaron otras señales atribuidas a familiares y vecinos: aislamiento, dibujos considerados extraños, vestimenta negra, presuntas autolesiones y episodios de violencia contra objetos. Algunas versiones incluso hablan de amenazas contra familiares, aunque hasta ahora no se conoce una denuncia oficial que confirme esas afirmaciones.
El internet aparece también en esta reconstrucción. La abuela habría reconocido que los gemelos pasaban muchas horas conectados, mientras la Fiscalía señaló que las autoridades investigaban sus dispositivos y posibles vínculos con contenidos violentos.
Según las autoridades, los jóvenes habrían mostrado admiración por autores de ataques ocurridos en otros países y expresado interés por pertenecer a grupos delictivos o de corte terrorista. La investigación deberá determinar qué significaban realmente esas conductas y hasta qué punto estaban relacionadas con el ataque.
También existe un dato que ha llamado especialmente la atención: un video publicado, según reportes, un día antes del ataque en una cuenta vinculada a uno de los jóvenes, acompañado de la frase “Ya me toca a mí”.
La Fiscalía analiza esa cuenta, por lo que todavía no corresponde presentar esa publicación como una confesión o una prueba definitiva de intención previa.

Y es precisamente al colocar todas estas piezas una junto a otra —el supuesto ataque entre hermanos, el internamiento, las autolesiones mencionadas por familiares, el aislamiento, las amenazas que algunos testigos aseguran haber escuchado, las visitas a escuelas y el mensaje publicado antes de la tragedia— cuando aparece la pregunta que todavía no tiene una respuesta pública: quién vio realmente el peligro, quién intentó detenerlo y en qué momento se perdió la oportunidad de hacerlo.
Después del ataque apareció otra escena difícil de explicar completamente. Según distintos reportes, cuando la policía llegó a la vivienda familiar, la madre y los abuelos ya se habían marchado.
Una vecina señaló que la familia habría huido por temor a ser víctima de un linchamiento. Sin embargo, no se ha presentado evidencia pública que permita interpretar esa salida como algo distinto del miedo provocado por lo ocurrido.
Incluso existe una versión según la cual la abuela intentó seguir a los jóvenes aquella mañana. Qué vio, qué sabía entonces y por qué no alertó a las autoridades son preguntas que permanecen abiertas.
Nada de esto permite atribuir responsabilidad penal a los familiares. Carlos y David enfrentan un proceso judicial, y cualquier responsabilidad deberá determinarse mediante las autoridades y los tribunales.
Lo que sí permanece es una discusión más amplia. Si las versiones sobre las señales previas terminan confirmándose, habrá que preguntar no solamente qué ocurrió aquella mañana, sino qué falló durante los meses anteriores.
También deberá aclararse qué institución recibió a Carlos, qué atención recibió, si existieron antecedentes escolares y qué encontraron las autoridades al revisar sus dispositivos. Cada respuesta podría modificar la comprensión de una tragedia que, por ahora, todavía tiene demasiados espacios sin explicar.
