Famous Story

La gran confesión de José Luis Perales a sus 80 años: el artista que nunca quiso cantar y conquistó el mundo desde la penumbra

Pocas figuras en la historia cultural de habla hispana poseen una voz tan íntima, cálida y transversal como la de José Luis Perales. Sus composiciones han acompañado los primeros amores, los duelos más profundos y las despedidas más sentidas de al menos tres generaciones. Sin embargo, detrás de la figura del cantautor de ademanes suaves y melodías que parecen susurros al oído, siempre existió un enigma silencioso. Ahora, al alcanzar los 80 años de vida y retirado de la vorágine de las giras internacionales, el maestro conquense ha desnudado su verdad con una crudeza tan conmovedora como desarmante: nunca quiso ser cantante. Aquel hombre que llenó estadios y teatros desde Madrid hasta Buenos Aires jamás persiguió el brillo cegador de las candilejas; subirse al tablado fue un accidente del destino, un peaje que debió pagar para que sus versos no murieran en un cajón olvidado.

La infancia de José Luis Perales no tuvo nada que ver con academias de renombre ni proyectos prefabricados de estrellato. Nacido en 1945 en Castejón, un humilde pueblo de la provincia de Cuenca, sus primeros recuerdos musicales están grabados en la piedra tosca de las calles castellanas y en el eco de un laúd con el que aprendió las primeras notas en la rondalla local a los seis años. Creció en el seno de un hogar austero, siendo el menor de cuatro hermanos y el único varón, rodeado de un cariño familiar donde las carencias materiales se compensaban con canciones. Con apenas catorce años, casi como un juego secreto para vencer su timidez innata, compuso su primera pieza, titulada “Niebla”. Perales descubrió muy temprano que su verdadero refugio era la creación silenciosa; soñaba con escribir palabras certeras, modelar melodías puras y entregárselas a otros para que las defendieran bajo los focos.

A los dieciséis años, el joven provinciano dejó su tierra para cursar estudios de maestría industrial en electrónica en la Universidad Laboral de Sevilla. Allí, deslumbrado por el auge del pop y el rock británico, formó con unos compañeros el grupo “The Unique Boys”. Eran días de juventud en los que fabricaban sus propios instrumentos con madera y cables viejos, ensayando en locales prestados por sacerdotes y celebrando su primer galardón en el festival universitario con una modesta copa de plástico llena de vino barato. Pese a ese chispazo de entusiasmo juvenil, la música seguía siendo una afición casi clandestina. Al culminar su formación y cumplir con el servicio militar en Madrid, la realidad del trabajo cotidiano se impuso con firmeza: se empleó como dibujante y técnico electricista en una empresa industrial.

Durante aquellas jornadas laborales, entre herramientas y planos de circuitos, la mente de Perales continuaba habitando en pentagramas invisibles. Aprovechaba cada pausa, cada rincón solitario de su taller y cualquier servilleta disponible para garabatear versos sobre el desamor, la añoranza y el paso implacable del tiempo. Su timidez rayaba en el pudor extremo. Incapaz de acudir por iniciativa propia a una discográfica, confiaba sus canciones a amigos para que ellos las presentaran a los directores artísticos. Poco a poco, su firma como compositor comenzó a circular con enorme prestigio en la industria española. Grupos y solistas consagrados como Fórmula V, Basilio, Paloma San Basilio, Miguel Bosé, Camilo Sesto y la legendaria Lola Flores encontraron en su pluma un manantial inagotable de éxitos rotundos. Perales sentía que su vida estaba completa: ganaba un salario modesto como técnico y la música le permitía canalizar su alma sin exponer su persona.

El punto de inflexión definitivo ocurrió a principios de la década de 1970 con la aparición de Rafael Trabuchelli, uno de los productores discográficos más influyentes y visionarios de la época en el sello Hispavox. Trabuchelli no tardó en advertir que el talento de aquel tímido muchacho conquense desbordaba las partituras que escribía para otros. Perales guardaba un puñado de canciones sumamente introspectivas, melodías tan personales que se resistía a cederlas a terceros. El productor fue implacable: le exigió que fuera él mismo quien las grabara en un estudio. Aterrado ante la perspectiva del escrutinio público, Perales aceptó a regañadientes, albergando la secreta esperanza de que el disco pasara completamente desapercibido para poder regresar a la tranquilidad de sus circuitos eléctricos.

El destino, sin embargo, desbarató sus planes. En apenas dos semanas tras su publicación en 1973, el sencillo “Celos de mi guitarra” trepó a la cima de las listas de éxitos en España. La respuesta del público fue demoledora: una audiencia masiva conectó al instante con esa voz frágil, despojada de artificios grandilocuentes, que sonaba como un amigo confesando una confidencia al oído. Casi de la noche a la mañana, el tímido electricista de Cuenca se convirtió en un fenómeno de masas. Su consagración definitiva como autor universal llegó poco después, cuando su composición “¿Por qué te vas?”, interpretada magistralmente por Jeanette e inmortalizada por el cineasta Carlos Saura en su película “Cría cuervos”, vendió más de cuatro millones de copias en todo el planeta.

A partir de entonces, la carrera como intérprete de José Luis Perales adquirió una inercia imparable que el propio artista contemplaba con perplejidad y angustia. Su desembarco en América Latina en 1974 fue un torbellino emocional. Al llegar a Argentina para presentarse en el mítico Teatro Gran Rex de Buenos Aires, vio con incredulidad las calles empapeladas con gigantescos carteles que llevaban su rostro y su nombre; atónito, sacó una pequeña cámara casera para registrar aquel espectáculo que le parecía enteramente ajeno. A pesar del cariño desbordante y de cosechar discos de oro por doquier, el pánico escénico jamás lo abandonó. Cada concierto era una batalla interna contra el insomnio, la ansiedad previa y la duda corrosiva de si su presencia sobre el escenario estaría a la altura del cariño de la gente. El aplauso final era su único respiro aliviador, el consuelo que le permitía sobrevivir a la exposición pública que tanto aborrecía.

José Luis Perales - Wikipedia

La ironía de su trayectoria quedó grabada a fuego con la creación de su tema más célebre: “¿Y cómo es él?”. Compuesta originalmente en 1982 por encargo expreso para la voz de Julio Iglesias, la discográfica consideró que la pieza era tan desgarradora y magistral que debía ser interpretada por el propio Perales. Aunque el autor admitió en múltiples ocasiones que jamás sintió esa canción como propia por describir una situación de infidelidad ajena a su realidad matrimonial, la balada se convirtió en un himno indiscutible en todo el ámbito hispanohablante. A ella se sumaron hitos colosales como “Un velero llamado libertad” —inspirada en la búsqueda de la autenticidad humana—, la tierna poesía de “Te quiero”, o la emblemática “Que canten los niños”, cuyos derechos y regalías donó en su totalidad a las Aldeas Infantiles SOS, confirmando su inquebrantable compromiso ético.

En medio de una industria musical dominada por las apariencias, los excesos y las polémicas efímeras, José Luis Perales construyó un santuario inexpugnable en torno a su vida íntima. El pilar absoluto de toda su existencia tiene un nombre propio: Manuela Vargas. Se conocieron a finales de los años sesenta cuando ambos trabajaban en la misma empresa industrial, él como técnico y ella como traductora. Se unieron en matrimonio el 30 de julio de 1977 en una emotiva ceremonia en el convento de San Pablo, en Cuenca, arropados por sus vecinos y familiares. Manuela fue mucho más que su esposa; se convirtió en su brújula ética, su cable a tierra y su crítica más exigente y leal. En un entorno donde todos le rendían pleitesía, Manuela era la única voz con la valentía de decirle con ternura: “Está bien, pero tú has escrito cosas mejores”. Esa honestidad protegió al creador de la trampa del ego.

Juntos formaron una familia sólida integrada por sus dos hijos, María y Pablo. Fue precisamente la paternidad la que enfrentó a Perales a su desafío vital más desgarrador: durante su primer año de vida, su hijo Pablo fue diagnosticado con hidrocefalia. Los años siguientes transcurrieron en una angustiosa rutina entre consultas hospitalarias, intervenciones médicas complejas y noches de plegarias silenciosas. Superando todos los pronósticos médicos desfavorables, Pablo no solo sobrevivió, sino que creció para convertirse en un brillante productor musical que años después se encargaría de coordinar y producir varias de las grabaciones maestras de su padre al frente del sello Tom Music. Asimismo, las ausencias forzadas por las giras al otro lado del océano atormentaban al cantautor; durante una solitaria estancia en Puerto Rico, consumido por la nostalgia hacia Manuela, escribió entre cuatro paredes “A 1.000 kilómetros de ti”, la única obra que compuso fuera de su patria y un testimonio vivo del amor que lo mantenía en pie.

Con el paso de las décadas, mientras muchos artistas se aferran con desesperación a la juventud perdida y a la ovación multitudinaria, Perales ansiaba pacientemente el momento del silencio. En el año 2020 anunció su gira de despedida, bautizada poéticamente como “Baladas para una despedida”, un extenso periplo que recorrió España, Estados Unidos y América Latina para dar las gracias a ese público fiel que lo había cobijado durante medio siglo. Al bajar definitivamente el telón, sintió una inmensa liberación: “Soy un caso raro; muchos compañeros sienten que jubilarse es morir, pero yo lo he deseado durante décadas”, confesó con una serenidad desarmante. Para él, apagar los reflectores no significaba apagar la vida, sino recuperarla en su totalidad: volver a cuidar su huerto en Cuenca, contemplar el paso pausado de las estaciones y disfrutar de la mirada limpia de sus nietos.

Ese repliegue hacia la serenidad doméstica no implicó en absoluto el abandono de su vocación creadora, sino su mutación natural hacia las letras. Liberado de la métrica estricta y de las limitaciones temporales de una canción de tres minutos, José Luis Perales emprendió con éxito una brillante trayectoria como novelista. En 2015 publicó su debut literario, “La melodía del tiempo”, editada simultáneamente en España e Iberoamérica, donde recreaba las vidas cruzadas de los habitantes de un pueblo imaginario llamado El Castro. A esta ópera prima le siguieron “La hija del alfarero” en 2017 y una tercera entrega en 2020, conformando una trilogía narrativa impregnada de memoria rural, raíces populares y lirismo costumbrista. Con la prosa, Perales descubrió lo que él mismo denominó su “canción más larga”, demostrando que, por encima de los discos de oro y las marquesinas luminosas, su verdadera identidad fue siempre la de un artesano de relatos humanos.

Hoy, a sus 80 años, José Luis Perales habita esa calma que tanto soñó desde sus días de estudiante tímido. No hay amargura en sus recuerdos, sino una profunda gratitud hacia un destino caprichoso que lo obligó a prestar su propia voz a versos que han consolado a millones de personas. El hombre que jamás quiso ser estrella demostró que la autenticidad, la sencillez cotidiana y la verdad del corazón poseen una fuerza mucho más duradera que el ruido pasajero del espectáculo. Desde su refugio conquense, rodeado de sus libros, de la música que nunca deja de componer para su propio disfrute y del amor incombustible de Manuela, el poeta ha regresado finalmente a su lugar favorito en el mundo: la penumbra tranquila de la creación.

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