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Diez días bajo el barro: las dos vidas que Nepal se negó a dar por perdidas

Durante diez días, la oscuridad fue todo lo que Lu Hai Tao conoció.

Atrapado dentro de un túnel de una instalación hidroeléctrica en Nepal, esperaba mientras afuera los equipos de rescate buscaban entre toneladas de tierra, piedras y barro. No sabía si alguien podía escucharlo. Tampoco sabía cuánto tiempo más tendría que esperar.

Pero cada vez que veía una luz, volvía a intentarlo.

Gritaba con todas sus fuerzas.

“¡Oigan!”, gritaba una y otra vez, intentando llamar la atención de quienes avanzaban entre los restos de la tragedia.

Quizá no podían escucharlo.

Quizá la distancia era demasiado grande.

Pero Lu seguía gritando.

Entonces, el sábado 5 de septiembre, ocurrió lo que durante días parecía imposible.

Los rescatistas llegaron hasta él.

Una de sus luces terminó iluminando directamente su rostro. Y aun así, después de tantos días atrapado, Lu no podía creer que finalmente estuvieran allí para sacarlo.

“Cuando vinieron a rescatarme hoy, incluso cuando la luz estaba directamente sobre mi cara, todavía no podía creer lo que estaba viendo”, contó posteriormente a la televisión estatal china CCTV.

Había sobrevivido.

A pocos kilómetros de allí, otra familia también recibía una noticia que parecía imposible.

Chandika Shrestha, de 60 años, había desaparecido después de que las inundaciones repentinas golpearan con fuerza la zona residencial de Betrawati.

Durante días no hubo noticias de ella.

El tiempo pasó.

Y la esperanza comenzó a convertirse en despedida.

Su familia incluso había empezado a preparar los últimos rituales, convencida de que Chandika ya no seguía con vida.

Pero el sábado, los equipos de rescate la encontraron.

Estaba en el último piso de un edificio de cuatro plantas.

Y estaba viva.

Dos personas habían sido encontradas con vida unos diez días después de una de las tragedias más devastadoras registradas en la zona.

Dos historias diferentes.

Dos lugares distintos.

Pero la misma espera.

Mientras Lu permanecía atrapado bajo tierra y Chandika sobrevivía en lo alto de un edificio, miles de familias continuaban esperando noticias de sus seres queridos.

Las autoridades de Nepal informaron que al menos 1.362 personas habían muerto y que unas 900 permanecían desaparecidas.

Gran parte de los desaparecidos eran trabajadores de instalaciones hidroeléctricas ubicadas a lo largo del río Trishuli.

Allí, los túneles se habían convertido en lugares donde todavía podía existir una posibilidad.

Una de esas familias era la de Ishwor, un trabajador hidroeléctrico de 26 años.

Su hermano, Krishna Poudel, llevaba ocho días buscando respuestas.

Había colocado una fotografía de Ishwor en un tablero junto a numerosos carteles de personas desaparecidas.

Un rostro entre muchos.

Pero para Krishna, aquella fotografía tenía un significado imposible de reemplazar.

Era la imagen de su hermano.

Algunos trabajadores que habían logrado salir de uno de los túneles le dieron una información que volvió a encender una pequeña esperanza.

Le dijeron que Ishwor podía seguir dentro.

También aseguraron que habían escuchado gritos provenientes del interior.

“Decían que podían escuchar los gritos de unas 200 o 300 personas desde dentro”, relató Poudel a Reuters.

Por eso, mientras algunos familiares esperaban noticias, los equipos de rescate continuaban trabajando.

Nepal recibió apoyo de especialistas procedentes de India y China para buscar a las personas que todavía podían estar atrapadas en las instalaciones hidroeléctricas.

El ejército también participaba en las operaciones, intentando llegar hasta comunidades aisladas por las inundaciones y construyendo puentes temporales para recuperar la conexión entre las zonas afectadas.

Todo había comenzado después de que un enorme bloque de hielo se desprendiera de un glaciar que se estaba derritiendo.

El desprendimiento arrastró tierra y rocas y provocó deslizamientos e inundaciones repentinas que avanzaron con enorme fuerza.

En cuestión de minutos, comunidades enteras quedaron destruidas o cubiertas por el agua, las piedras y el barro.

Más de 7.500 viviendas resultaron dañadas.

También unos 55 kilómetros de carreteras quedaron afectados, mientras miles de personas necesitaban ayuda humanitaria y el acceso a las zonas más golpeadas continuaba siendo extremadamente difícil.

Según Naciones Unidas, unas 35.000 personas necesitaban un lugar seguro donde refugiarse temporalmente.

Otras 43.000 enfrentaban un grave riesgo de escasez de alimentos.

Pero detrás de cada cifra había una familia esperando.

Un nombre escrito en un cartel.

Una fotografía sostenida entre las manos.

Una voz que alguien esperaba volver a escuchar.

Por eso, los rescates de Lu y Chandika tuvieron un significado especial.

Lu había pasado días intentando hacerse escuchar en medio de un túnel.

Chandika había permanecido en el último piso de un edificio mientras su familia comenzaba a prepararse para despedirla.

Y ambos demostraron que, incluso cuando los días pasan y la esperanza parece desaparecer, todavía puede llegar una señal.

El viernes anterior, otros dos trabajadores también habían sido rescatados de otra instalación hidroeléctrica después de que los equipos de emergencia trabajaran durante horas y en condiciones peligrosas.

Sin embargo, en el mismo lugar donde Lu fue encontrado con vida también fueron recuperados dos cuerpos.

La tragedia seguía cobrando vidas mientras los equipos continuaban buscando a quienes permanecían desaparecidos.

Y entre todos esos nombres estaba el de Ishwor.

Su fotografía seguía allí.

Esperando.

Mientras tanto, las luces de los rescatistas continuaban atravesando la oscuridad.

Para algunos, aquellas luces podían significar solamente otro intento de búsqueda.

Para quienes esperaban afuera, podían significar algo mucho más grande.

La posibilidad de volver a escuchar una voz.

De volver a abrazar a alguien.

De descubrir que, después de diez días bajo el barro, todavía quedaba una historia esperando ser rescatada.

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