El ocaso silencioso de Johnny Ventura: el almuerzo fatídico, los enigmas médicos y las sombras que rodearon la partida del “Caballo Mayor”

Pocas figuras en la historia cultural de América Latina y el Caribe han encarnado la alegría, el vigor y la identidad colectiva con la fuerza arrebatadora de Juan de Dios Ventura Soriano, conocido para la eternidad como Johnny Ventura o “El Caballo Mayor”. Con una trayectoria de más de seis décadas, más de ciento cincuenta producciones discográficas, dieciocho discos de oro, premios Grammy y una presencia escénica que parecía desafiar las leyes del envejecimiento biológico, Ventura era considerado el alma viva del merengue dominicano. Sin embargo, aquel miércoles 28 de julio de 2021, la fiesta ininterrumpida que había puesto a bailar al planeta entero se detuvo en seco. Lo que parecía ser una apacible comida de trabajo en Santiago de los Caballeros se convirtió en el escenario de un colapso dramático y fulminante que no solo enlutó a la República Dominicana, sino que abrió una caja de resonancia llena de enigmas clínicos, desmentidos familiares y controversias históricas que el mito jamás pudo sepultar por completo.
A sus ochenta y un años, Johnny Ventura continuaba manteniendo una agenda laboral y creativa implacable. No había señales aparentes de retiro en su horizonte. Aquel mediodía se encontraba en un restaurante de Santiago de los Caballeros compartiendo mesa con el reconocido folclorista Jochy Sánchez y un reducido grupo de colaboradores para ultimar los detalles de un nuevo proyecto musical. En medio de un ambiente distendido y cordial, un dolor punzante en el pecho interrumpió la charla. El artista apenas logró expresar una breve queja antes de perder el conocimiento y desplomarse directamente al piso ante la mirada perpleja y aterrada de una decena de testigos.
El desconcierto inicial dio paso de inmediato a una carrera contrarreloj por salvarle la vida. Su chofer y los presentes lo levantaron con premura y lo trasladaron al Centro de Medicina Avanzada Clínica Unión Médica del Norte, donde ingresó de emergencia hacia las dos y media de la tarde. En la sala de urgencias, los médicos de choque iniciaron un operativo extremo: intubación, compresiones torácicas avanzadas, desfibrilaciones y suministro de fármacos de reanimación durante cuarenta y cinco minutos continuos y desgarradores. No hubo respuesta fisiológica alguna. A las tres y doce de la tarde, el parte médico oficial confirmó el deceso por un infarto agudo al miocardio.

La noticia sacudió de inmediato los cimientos de la sociedad dominicana y desató una conmoción continental. Pero junto al llanto colectivo, floreció una oleada de interrogantes sobre el verdadero estado de salud del artista. Johnny Ventura había superado en 2020 un grave cuadro de contagio por COVID-19 que requirió hospitalización de urgencia en un momento donde los centros de salud colapsaban. Aunque logró salir adelante, meses más tarde sufrió un misterioso accidente doméstico en el cual, tras un episodio súbito de mareo, rodó por las escaleras de su residencia. En su momento, el incidente fue catalogado como una simple molestia o un tropiezo menor, pero tras su repentina muerte, muchos comenzaron a ver en aquel traspié la señal de alarma de un sistema cardiovascular ya comprometido.
La contradicción se agudizó aún más tras las declaraciones de su propio hijo, el también músico Jandy Ventura. En apariciones públicas posteriores a la tragedia, Jandy reveló que su padre había experimentado un desvanecimiento previo al infarto fatal, lo que motivó a la familia a someterlo a exhaustivos chequeos médicos. De manera insólita, según relató el heredero, los especialistas concluyeron en aquel chequeo que el corazón de Johnny Ventura latía con la vitalidad y la resistencia propias de un niño. ¿Cómo explicar entonces que una persona con exámenes supuestamente impecables sufriera un infarto irreversible apenas días o semanas después? Esta disonancia alimentó viejas sospechas que circulaban en los mentideros de la farándula desde el año 2008, cuando se rumoró con insistencia que el artista padecía un cuadro crónico o una leucemia mantenida bajo reserva absoluta para proteger sus contratos, su imagen pública y el sustento de su amplia estructura empresarial.
El presidente de la República, Luis Abinader, declaró de forma inmediata tres días de duelo oficial, ordenando honores militares y banderas a media asta en todas las sedes del Estado. El velatorio y las exequias fúnebres se transformaron en una marea humana desbordada que reflejó la magnitud de la devoción popular, pero también la tensión de un país que aún vivía bajo los temores de la pandemia. Durante el homenaje en el Palacio de los Deportes de Santo Domingo, el ambiente alcanzó su punto más desgarrador cuando la orquesta del “Caballo Mayor” interpretó en vivo “Amorío” mientras una pantalla gigante proyectaba pasajes de su carrera. La emoción quebró las barreras de contención impuestas por la policía; la multitud rompió los cercos para tocar el féretro, generando estampidas, desmayos por insolación sobre el asfalto ardiente y retrasos sustanciales en el cortejo fúnebre rumbo al barrio de Villa Juana y el camposanto Cristo Redentor.

Sin embargo, detrás del brillo de los aplausos y los homenajes diplomáticos en la Catedral Primada de América, la vida de Johnny Ventura no estuvo exenta de sombras agrias y litigios mediáticos. Casado en tres ocasiones y padre de siete hijos, el cantante tuvo que enfrentar en 2011 una ruidosa demanda judicial de filiación interpuesta por una mujer que aseguraba ser su hija biológica no reconocida, exigiéndole sumas millonarias por abandono; el caso obligó al artista a someterse a pruebas periciales de ADN para desacreditar la demanda en los tribunales. A esto se sumaron en años previos querellas por difamación contra medios digitales que llegaron a vincular a sus hijos con supuestos pedidos de extradición hacia Estados Unidos, así como protestas públicas de sus propios músicos frente a sus oficinas administrativas en 2007 por reclamaciones de prestaciones laborales e incumplimiento de pagos.
Tampoco su relación con las nuevas generaciones de la música estuvo libre de fricciones. En 2017, sus declaraciones donde excluía categóricamente al “merengue de calle” del festival “Solo Merengue”, al calificarlo de una desviación que carecía de la esencia tradicional, provocaron una profunda grieta con exponentes urbanos. Esta vieja herida volvió a sangrar justo después de su entierro, cuando el cantante urbano El Alfa se negó públicamente a rendir tributos al recién fallecido, lo que desencadenó una feroz campaña de acoso digital e intentos de boicot por parte de los sectores más conservadores de la fanaticada dominicana.
Johnny Ventura vivió a un ritmo vertiginoso, combinando la alta exigencia del espectáculo con la arena política, donde llegó a ser diputado y síndico de Santo Domingo. La constante presión de los litigios, el desgaste de las disputas históricas de la industria —que en su juventud dieron pie a recordadas “tiraderas” y mitos de sabotajes aéreos con contemporáneos como Wilfrido Vargas— y el esfuerzo implacable por reinventarse hasta su último suspiro dejaron una huella indeleble en un organismo que finalmente cedió. Su partida física dejó una huella insustituible en el pentagrama del Caribe, pero también demostró que detrás del mito incombustible habitaba un hombre vulnerable, expuesto a los rigores de la vejez y a las complejidades de una vida vivida con intensidad desmedida hasta el último compás.

