Disp*ros, un video con IA y una cuenta oficial: las piezas que rodean el ataque contra Catherine Torres en Uribia

Hay lugares donde el viento borra huellas, pero no preguntas. En el extremo norte de Colombia, en una tierra donde el desierto avanza más rápido que la justicia, una historia comenzó como un ataque y terminó convertida en algo más difícil de explicar.
Uribia no es un municipio cualquiera. Es un territorio donde conviven normas ancestrales y estructuras estatales que, según versiones locales, no siempre logran imponerse con claridad. Allí, la noche del 22 de marzo de 2026, la rutina se rompió sin aviso.
Catherine Paola Torres Barros, de 27 años, estaba sentada frente a su casa. Ocho meses de embarazo, su madre a su lado, una escena cotidiana. No había señales previas de amenaza.
El atacante llegó en motocicleta. No habló, no dudó, no descendió. Disparó varias veces y huyó con la misma precisión con la que apareció.
Las cámaras captaron todo. Dos ángulos distintos, una misma secuencia. La ejecución, según observadores, sugiere planificación más que impulso.

Catherine alcanzó a reaccionar. Se llevó las manos al abdomen antes de caer. Un gesto instintivo que quedó registrado como el último intento de proteger otra vida.
Fue trasladada primero a un hospital local, luego a una clínica en Maicao. Su estado era crítico. Los pulmones comprometidos, la intervención urgente.
La decisión médica fue inmediata. Practicar una cesárea para salvar a la bebé. Así nació Salomé, prematura, en medio de una cirugía que buscaba sostener dos vidas al mismo tiempo.
Al 29 de marzo, ambas evolucionaban favorablemente. Ese dato, aunque esperanzador, no respondía a la pregunta central. ¿Por qué ella?
No había denuncias previas. No había antecedentes visibles que la ubicaran como objetivo. Sin embargo, el ataque parecía dirigido, no aleatorio.
Tres días después, apareció una segunda escena. No en la calle, sino en una pantalla. En la cuenta oficial de Instagram del alcalde de Manaure.

El video duraba menos de un minuto. Mezclaba imágenes reales de Catherine con contenido para adultos de otra mujer. Un montaje.
Pero el elemento más perturbador no era visual. Era la voz. Una narración generada con inteligencia artificial que la insultaba, la señalaba, la acusaba de traición.
En un punto, la voz pronunciaba una frase que, tras el atentado, adquiría otro peso. Hablaba de advertencias previas, de una promesa de exposición.
El contenido permaneció visible durante horas. Luego fue eliminado. La explicación oficial fue inmediata: hackeo.
El alcalde afirmó que sus redes habían sido vulneradas. La alcaldía respaldó esa versión con un comunicado institucional. No se ofrecieron más detalles técnicos.
Sin embargo, esa explicación abrió nuevas dudas. Un acceso no autorizado a una cuenta no implica necesariamente acceso a archivos privados o montajes específicos.
Entonces surge otra pregunta. ¿Quién creó el video? Según versiones de la familia, el material habría sido elaborado meses antes del ataque.

Si eso es cierto, alguien lo produjo, lo almacenó y esperó el momento. No sería un acto impulsivo, sino una acción planificada.
El momento elegido tampoco parece casual. Tres días después del atentado. Con la víctima en estado crítico.
La reacción institucional fue cautelosa. Autoridades señalaron que el video debía ser verificado. No confirmaron su autenticidad ni su origen.
Pero al mismo tiempo, trascendió una línea de investigación. Una posible autora intelectual del ataque. Una mujer.
No hay nombre oficial. No hay imputación confirmada. Solo una hipótesis que, según versiones, orienta la investigación.
El vínculo con el entorno de la víctima comenzó a explorarse. Especialmente tras la mención del esposo en el audio del video.
Él habló días después. Dijo tener miedo. Por su familia, por su esposa, por lo que pudiera venir.
No ofreció detalles. No acusó directamente a nadie. Pero su declaración dejó abierta otra dimensión del caso.
La reputación de Catherine también fue atacada. No solo su cuerpo. El video buscaba instalar una narrativa.

Una narrativa de traición, de conflicto íntimo, de justificación implícita. Nada de eso ha sido confirmado.
Pero el efecto es claro. En contextos vulnerables, la percepción puede ser tan dañina como la violencia física.
La personería municipal reaccionó. Habló de revictimización. De uso indebido de tecnología para dañar el honor de una víctima.
Otras voces fueron más directas. Cuestionaron el uso de una cuenta oficial para difundir ese contenido. Incluso si hubiera sido hackeada.
La distancia entre Uribia y Manaure es mínima. Veinte kilómetros. Pero en términos sociales, es un mismo tejido.
Comparten clanes, historias, vínculos. Lo que ocurre en uno repercute en el otro.
Y en ese entramado, el caso no se percibe como aislado. Se siente como parte de algo más amplio.
Los autores materiales siguen libres. Las imágenes existen. Las rutas de escape también. Pero no hay capturas confirmadas.
La investigación avanza, pero sin resultados visibles. Al menos por ahora.
Y entonces, las piezas empiezan a alinearse de forma inquietante.

Porque si una mujer embarazada es atacada sin advertencias previas, si días después circula un video que la denigra utilizando inteligencia artificial, si ese material aparece en la cuenta de un funcionario público que luego alega hackeo, si existen versiones de que ese contenido fue creado meses antes del atentado, si la hipótesis investigativa apunta a una posible autora intelectual y si los responsables materiales siguen sin ser capturados, lo que emerge no es una secuencia de hechos aislados, sino la posible existencia de una estrategia que combina violencia física y destrucción reputacional en un contexto donde la capacidad de respuesta institucional es limitada.
El caso no está cerrado. No hay conclusiones oficiales. Solo indicios, versiones, silencios.
Catherine sobrevivió. Su hija también. Pero eso no detiene las preguntas.
En un territorio donde hablar puede tener consecuencias, muchas de esas preguntas se formulan en voz baja.
Y algunas, ni siquiera se formulan.
Porque en lugares donde la verdad tarda en llegar, lo que se instala primero no es la certeza, sino el miedo.
¿Quién decidió que no bastaba con intentar matarla, sino que también había que destruir lo que quedaba de su nombre?
