Familia Real

SONSOLES ÓNEGA se ROMPE en el FUNERAL de su PADRE y la REINA LETIZIA aparece por SORPRESA

El martes 3 de marzo de 2026, una noticia sacudió el corazón del periodismo español. En Madrid fallecía a los 78 años Fernando Ónega, una de las voces más influyentes de la transición democrática y uno de los cronistas más respetados de la vida política del país.

Pero aquel día no solo se apagó la voz de un periodista.

También se quebró el mundo de su hija.

En los estudios del programa televisivo Y ahora Sonsoles ocurrió algo que los espectadores notaron de inmediato. La presentadora habitual, Sonsoles Ónega, simplemente no apareció en pantalla.

No hubo explicación inicial.

No hubo despedida.

Solo silencio.

Un silencio que pronto se transformaría en una historia profundamente humana sobre la pérdida, la familia y el legado.

Para comprender la magnitud del golpe emocional hay que mirar primero hacia atrás, hacia la figura que desaparecía ese día. Fernando Ónega nació en Mosteiro, un pequeño núcleo rural del municipio de Pol, en la provincia gallega de Lugo. Galicia marcó su carácter para siempre: la calma al hablar, el tono reflexivo, la manera pausada de observar el mundo antes de opinar sobre él.

Desde muy joven entendió que su destino estaba ligado a las palabras.

Durante el tardofranquismo empezó a abrirse camino en el periodismo, en una época donde informar significaba caminar sobre una cuerda floja entre la verdad y la censura. A diferencia de otros periodistas más combativos, Ónega desarrolló un estilo que combinaba prudencia, inteligencia y una enorme capacidad para explicar la complejidad política con claridad.

Con el tiempo su voz se volvió imprescindible en la radio española.

Trabajó en emisoras como Cadena SER, Cadena COPE y Onda Cero, construyendo una reputación basada en el rigor y en una ética profesional que muchos consideraban ejemplar.

Pero el capítulo que lo colocó definitivamente en la historia llegó durante la transición democrática.

Fernando Ónega fue jefe de prensa del presidente Adolfo Suárez en los años más delicados del nacimiento de la democracia. Desde esa posición ayudó a redactar discursos y mensajes que marcarían una época.

Entre ellos, la famosa frase “Puedo prometer y prometo”, que se convirtió en uno de los símbolos de la campaña electoral de 1977.

Aquel periodista que ayudaba a construir el lenguaje de una nación era también un padre.

Y para Sonsoles Ónega fue mucho más que una referencia profesional.

Fue su guía.

Su primer crítico.

Su mayor admirador.

Sonsoles creció en una casa donde las conversaciones giraban alrededor de la política, los medios y la responsabilidad de informar. Aquella influencia marcó su propio camino profesional, llevándola años más tarde a convertirse en una de las comunicadoras más influyentes de la televisión española.

Pero detrás del éxito televisivo siempre estuvo la figura silenciosa de su padre.

Cuando tenía dudas sobre una entrevista complicada, lo llamaba. Cuando un programa no funcionaba como esperaba, él era el primero en darle ánimo. Y cuando la veía en pantalla con un bolígrafo en la boca, no dudaba en llamarla para bromear y corregirle ese gesto.

Eran pequeños rituales cotidianos.

Rituales que terminaron abruptamente el 3 de marzo de 2026.

La salud de Fernando Ónega llevaba años deteriorándose. Una insuficiencia renal crónica obligó en 2021 a realizarle un trasplante de riñón, operación que solo fue posible gracias a un gesto extraordinario de su esposa, Ángela Rodrigo, quien decidió convertirse en su donante.

El trasplante le regaló varios años más de vida.

Pero el tiempo seguía su curso.

Finalmente, el veterano periodista falleció en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, dejando un vacío enorme en el mundo del periodismo y, sobre todo, en su familia.

Al día siguiente se instaló la capilla ardiente en la Casa de Galicia de Madrid.

El lugar no era casual.

Representaba las raíces gallegas del periodista y simbolizaba el regreso emocional a la tierra donde comenzó todo.

Fue allí donde la escena más conmovedora de esta historia tomó forma.

Sonsoles llegó temprano, vestida de negro y con el rostro oculto tras unas gafas oscuras. Al cuello llevaba un rosario, un pequeño objeto que para ella representaba mucho más que una tradición religiosa.

Era un vínculo con su padre.

A su lado estaba su pareja, Juan Montes, convertido en el apoyo constante durante aquellas horas difíciles. También la acompañaban su hermana Cristina y su hermano menor Fernando, todos unidos alrededor de la memoria del hombre que había marcado sus vidas.

Durante horas desfilaron personalidades del mundo político y mediático.

El presidente del Gobierno Pedro Sánchez acudió a presentar sus condolencias. También lo hizo el líder de la oposición Alberto Núñez Feijóo, además de expresidentes como Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero.

Periodistas de todas las generaciones acudieron a despedir al maestro.

Pero lo que nadie esperaba ocurrió poco después.

Sin aparecer en ninguna agenda oficial y sin anunciar su presencia previamente, llegó la reina de España.

Letizia Ortiz entró en la Casa de Galicia con discreción absoluta. Vestía un traje negro sobrio, zapatos planos y apenas llevaba acompañamiento.

No venía como jefa del Estado.

Venía como amiga.

Porque la relación entre Letizia y Sonsoles no nació en palacios ni en actos oficiales. Nació décadas atrás, cuando ambas eran jóvenes periodistas trabajando en la redacción de CNN+ a finales de los años noventa.

Entonces ninguna imaginaba el destino que las esperaba.

Una acabaría siendo reina.

La otra, una de las presentadoras más influyentes del país.

Sin embargo, la amistad sobrevivió a los cambios, al protocolo y a la distancia institucional.

Y ese día quedó demostrado.

El abrazo entre Letizia y Sonsoles fue largo, sincero y profundamente humano. No fue el gesto protocolario de una figura pública en un funeral.

Fue el gesto de una amiga que entiende el dolor.

“Vengo a darle un abrazo a mi amiga”, dijo la reina ante los medios presentes.

Las palabras resonaron en todos los informativos del país.

Sonsoles escuchaba con lágrimas en los ojos, intentando mantenerse firme mientras recibía condolencias de colegas y amigos. Muchos de ellos coincidían en la misma idea: Fernando Ónega había sido uno de los grandes referentes éticos del periodismo español.

Pero el momento más duro todavía estaba por llegar.

Cuando el féretro abandonó la Casa de Galicia, la emoción contenida durante horas estalló. Sonsoles se derrumbó, abrazada a sus hijos y sostenida por su familia mientras el coche fúnebre iniciaba su marcha.

Fue entonces cuando los asistentes comenzaron a aplaudir.

Un aplauso espontáneo.

Un homenaje sencillo.

El último adiós público a un periodista que dedicó su vida a explicar España.

Entre lágrimas, Sonsoles escuchó ese aplauso sabiendo que era para su padre. Sabía que el hombre que se marchaba había sido mucho más que una figura mediática.

Había sido su brújula.

Su refugio.

Su origen.

Y ahora, el legado quedaba en sus manos.

Related Articles

Back to top button