ANABEL HERNÁNDEZ REVELA: AYLIN, KIMBERLY Y KAROL — LOS FEM!N!C!D!OS QUE SACUDEN A LA UAEM

Tres nombres comenzaron a repetirse en las marchas, en las pancartas y en los murmullos de indignación que recorren el estado de Morelos. Tres historias que parecían independientes, pero que terminaron formando un mismo patrón de violencia. Tres estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos que salieron de sus casas con sueños universitarios y terminaron convertidas en símbolo de una crisis nacional.
Ailin Rodríguez Fernández tenía 20 años.
Kimberly Joseline Ramos Beltrán apenas 18.
Carol Toledo Gómez también tenía 18.
Tres jóvenes.
Tres feminicidios.
Menos de un año.
La tragedia comenzó a tomar forma el 3 de abril de 2025. Aquella tarde, Ailin Rodríguez Fernández, estudiante de quinto semestre de psicología, fue reportada como desaparecida alrededor de las 15:00 horas. Su familia acudió rápidamente a denunciar el hecho y las autoridades emitieron una ficha de búsqueda.
Pero la esperanza duró apenas unas horas.
Durante la madrugada del 4 de abril, una llamada alertó a la policía municipal sobre una agresión dentro de una vivienda en la colonia Morelos, en el municipio de Jiutepec. Cuando los agentes llegaron encontraron a la joven inconsciente, con evidentes signos de violencia.
Intentaron reanimarla.
No lo lograron.
Ailin murió a causa de golpes y otras lesiones físicas. El cuerpo fue hallado en la casa de su novio, Uriel N, también estudiante de la universidad. La Fiscalía estatal lo identificó como el principal sospechoso y pocos días después un juez lo vinculó a proceso por el delito de feminicidio.
La comunidad universitaria reaccionó con una mezcla de dolor y furia.

Estudiantes de la facultad de psicología organizaron una marcha silenciosa que partió desde el campus. Caminaron con pancartas que decían “Psicología de luto” y “Justicia para Ailin”, mientras sostenían fotografías de la joven.
Nadie gritaba.
El silencio hablaba por todos.
Pero lo que parecía un caso terrible, aislado y doloroso, pronto se convertiría en la primera pieza de un rompecabezas mucho más oscuro.
El 20 de febrero de 2026 desapareció otra estudiante.
Esta vez fue Kimberly Joseline Ramos Beltrán, de 18 años, alumna de segundo semestre de contaduría. Aquella mañana salió de su casa rumbo al campus Chamilpa de la universidad y avisó a su familia que ya iba en el transporte público.
Ese fue el último mensaje.
Después de ese momento nadie volvió a saber de ella.
Su familia acudió de inmediato a denunciar la desaparición, pero según sus propios testimonios hubo retrasos en la atención inicial. Mientras tanto, compañeros y amigos comenzaron a organizar brigadas de búsqueda.
Los días pasaron.
La angustia creció.
Las protestas comenzaron.

Durante una semana entera la comunidad universitaria vivió en una tensión constante. Estudiantes marcharon por las calles de Cuernavaca exigiendo avances en la investigación y denunciando lo que consideraban una respuesta lenta de las autoridades.
El caso escaló rápidamente.
El 28 de febrero fue detenido Jared Alejandro N, un estudiante de la misma universidad que presuntamente tenía una relación cercana con Kimberly. Durante un cateo en su domicilio se encontraron pertenencias de la joven, entre ellas su celular y su credencial universitaria.
Pero lo peor estaba por confirmarse.
El 2 de marzo, durante un operativo de búsqueda, las autoridades localizaron un cuerpo en una zona boscosa cercana al campus Chamilpa.
Un día después los peritajes confirmaron la identidad.
Era Kimberly.
El caso fue tipificado oficialmente como feminicidio y provocó una ola masiva de indignación. Miles de estudiantes marcharon nueve kilómetros desde el campus hasta el centro de Cuernavaca.
El grito se repetía una y otra vez.
“¡Ni silencio ni omisión!”

Pero la universidad ya no solo enfrentaba el dolor por la pérdida de una estudiante. También enfrentaba una fractura interna.
Mientras algunos marchaban junto a las autoridades universitarias, otros exigían la destitución de la rectora, Viridiana Aydeé León Hernández, a quien acusaban de reaccionar tarde ante la crisis de seguridad.
La institución intentaba contener el caos.
Pero entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
El mismo día en que se confirmaba la muerte de Kimberly, otra estudiante desaparecía.
El 2 de marzo de 2026, Carol Toledo Gómez, estudiante de derecho en la sede de Mazatepec, fue vista por última vez cuando salió del plantel para comprar comida cerca del campus.
Era una acción cotidiana.
Un trayecto corto.
Un descanso entre clases.
Nunca regresó.
La noticia cayó como un golpe devastador para una sociedad que todavía no terminaba de procesar el feminicidio de Kimberly. Las similitudes eran inquietantes: dos estudiantes de 18 años, ambas alumnas de la misma universidad y ambas desaparecidas en circunstancias aparentemente ordinarias.
La alarma se encendió en todo el estado.
Estudiantes bloquearon carreteras y organizaron marchas para exigir su localización. Las brigadas de búsqueda comenzaron a recorrer caminos, brechas y zonas rurales del sur de Morelos.
Tres días después ocurrió el hallazgo.

El 5 de marzo, antes de las nueve de la mañana, elementos del ejército y policías estatales localizaron un cuerpo en el municipio indígena de Coatetelco. Estaba envuelto en cobijas y bolsas negras, con signos evidentes de violencia.
Horas más tarde la fiscalía confirmó lo que todos temían.
Era Carol.
Con su muerte, el estado de Morelos enfrentaba una realidad imposible de ignorar: dos estudiantes asesinadas en la misma semana y tres feminicidios universitarios en menos de un año.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema.
De acuerdo con organizaciones de derechos humanos, entre el año 2000 y 2025 se documentaron más de 1,600 feminicidios en Morelos. Solo en 2025 se registraron más de 120 casos y en los primeros meses de 2026 ya se contaban al menos 18.
El estado tiene una de las tasas más altas de feminicidio en México.
Y la universidad se ha convertido en un símbolo de esa crisis.

Colectivos feministas han acusado a las autoridades estatales y universitarias de no implementar políticas efectivas para prevenir la violencia de género. También han denunciado falta de transparencia en las investigaciones y una respuesta institucional que consideran insuficiente.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando estudiantes tomaron las instalaciones de la rectoría universitaria. Exigían diálogo directo, medidas de seguridad reales y la destitución de la rectora.
El encuentro con las autoridades terminó en caos.
Los estudiantes pidieron que se leyera públicamente la respuesta a su pliego petitorio. La rectora se negó y abandonó el lugar argumentando que no existían condiciones para continuar el diálogo.
La crisis universitaria estaba completa.
Las familias lloraban.
Los estudiantes marchaban.
Y las autoridades prometían justicia.
Pero la pregunta que resuena en las calles de Morelos sigue siendo la misma.
¿Cuántas más?
Porque detrás de cada cifra hay un nombre, una familia y un proyecto de vida que quedó truncado. Ailin quería terminar su carrera de psicología.
Kimberly soñaba con convertirse en contadora.
Carol estudiaba derecho para ayudar a su familia.
Tres historias.
Tres sueños.
Tres feminicidios que hoy se han convertido en un símbolo de la violencia que enfrentan miles de mujeres en México.
Y una advertencia que nadie debería ignorar.


