ANABEL HERNÁNDEZ REVELA QUIÉN TRAICIONÓ A “EL MEN\CHO” Y LO ENTREGÓ AL EJÉRCITO POR DINERO
La mañana del 22 de febrero comenzó como cualquier otra en las montañas de Jalisco, con el silencio espeso que envuelve los caminos rurales y el rumor lejano de las camionetas que suben hacia la sierra. Pero ese silencio no iba a durar mucho, porque en ese momento se estaba desarrollando uno de los operativos más delicados en la historia reciente de México.
El objetivo era un hombre que durante años había sido considerado prácticamente intocable.
Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como El Mencho.
El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, una organización que en menos de una década pasó de ser un grupo regional a convertirse en uno de los imperios criminales más violentos del planeta. Sus redes llegaban a Estados Unidos, Canadá, Europa, África e incluso Oceanía, y su capacidad de fuego había puesto en jaque al Estado mexicano durante años.
Pero ese domingo todo cambió.
Según reveló la periodista de investigación Anabel Hernández, la caída del Mencho no fue un simple golpe de suerte ni un operativo improvisado. Fue el resultado de una traición.
Una traición motivada por dinero.
Y por miedo.
Durante años, las autoridades mexicanas habían intentado capturarlo sin éxito. El Mencho se movía entre zonas rurales de Jalisco y Michoacán, protegido por múltiples anillos de seguridad armados con rifles de asalto, vehículos blindados y sistemas de vigilancia que alertaban cualquier presencia extraña.

Acercarse a él por tierra era casi imposible.
Sus hombres vigilaban caminos, pueblos y montañas.
Cualquier movimiento sospechoso activaba inmediatamente un despliegue armado que convertía la región en un campo de batalla. Por eso, en ocasiones anteriores, incluso helicópteros militares habían sido atacados por el cártel.
El Mencho había sobrevivido a todo.
Hasta ahora.
De acuerdo con las revelaciones difundidas en los últimos días, el operativo que terminó con su vida se llevó a cabo en el municipio de Talpa de Allende, una zona montañosa que durante años fue considerada uno de los bastiones más seguros del capo.
Allí se sentía protegido.
Allí creía tener el control.
Pero alguien rompió ese círculo de protección.
La información llegó a las autoridades federales con precisión quirúrgica: ubicación exacta, número de escoltas, rutas de escape, horarios de movimiento y puntos débiles del perímetro.
Demasiados detalles.
Demasiada precisión.
Eso solo podía significar una cosa.
Alguien dentro lo había vendido.

El operativo fue ejecutado por fuerzas federales apoyadas por helicópteros del ejército, una decisión táctica que evitó que los soldados tuvieran que entrar por tierra a un territorio dominado por hombres fuertemente armados.
Desde el aire, la operación fue rápida.
Brutal.
Definitiva.
Cuando las fuerzas federales llegaron al punto señalado, el enfrentamiento fue inevitable. Las ráfagas de armas automáticas resonaron entre las montañas mientras los escoltas intentaban defender al líder del cártel.
Pero esta vez no hubo escape.
El hombre que durante años había desafiado al Estado mexicano cayó abatido.
El Mencho estaba muerto.
La noticia corrió como pólvora entre las redes del crimen organizado y la reacción fue inmediata. En cuestión de horas comenzaron los narcobloqueos, los incendios de vehículos y los ataques coordinados en varios estados del país.
Jalisco.
Michoacán.
Colima.
Guanajuato.
Aguascalientes.
Incluso Tamaulipas.

Carreteras bloqueadas, camiones incendiados, púas metálicas arrojadas sobre el asfalto para detener a las fuerzas de seguridad. Una reacción violenta que demostró el enorme poder que aún conserva el CJNG.
Era el caos.
Pero detrás del caos surgía una pregunta que nadie podía ignorar.
¿Quién traicionó al Mencho?
Según las versiones que circulan en círculos de inteligencia y que han sido mencionadas por analistas cercanos a la investigación, el informante habría sido alguien muy cercano a la estructura del cártel. Alguien que conocía los movimientos internos del líder.
Un operador.
Un comandante regional.
O quizá un miembro de su propio círculo de seguridad.
El motivo sería tan antiguo como el narcotráfico mismo.
Dinero.
Las recompensas ofrecidas por información que permitiera capturar o eliminar a Nemesio Oseguera Cervantes alcanzaban cifras multimillonarias. Tanto el gobierno de México como el de Estados Unidos habían puesto precio a su cabeza.
Una fortuna.
Suficiente para cambiar la vida de cualquiera.
Suficiente para comprar silencio.
O para comprar traición.
Durante años, el Mencho gobernó el CJNG con un estilo distinto al de otros capos mexicanos. Mientras figuras como Joaquín Guzmán Loera, conocido como El Chapo, permitían cierto grado de autonomía entre los distintos grupos del cártel, Oseguera Cervantes mantenía un control casi absoluto sobre cada operación.
Él decidía.
Él ordenaba.
Él castigaba.

Ese control férreo convirtió al CJNG en una organización altamente centralizada, pero también creó un problema enorme: cuando el líder desaparece, el vacío de poder es inmediato.
Y peligroso.
La situación es aún más delicada porque no existe un heredero claro. Su hijo, Rubén Oseguera González, conocido como “El Menchito”, cumple cadena perpetua en Estados Unidos por narcotráfico. Otros miembros de la familia también han sido detenidos o procesados.
El círculo familiar que sostenía la estructura del cártel está prácticamente destruido.
Sin sucesor.
Sin liderazgo claro.
Eso significa una cosa.
Una guerra.
Diversos líderes regionales del CJNG podrían intentar ocupar el lugar del Mencho, y en el mundo del narcotráfico ese tipo de disputas rara vez se resuelven mediante acuerdos.
Se resuelven con violencia.
Los nombres que comienzan a circular dentro del propio cártel incluyen comandantes regionales con reputaciones extremadamente violentas. Hombres acostumbrados a resolver conflictos con ejecuciones públicas, masacres y demostraciones de fuerza.
El problema es que cada uno de ellos necesitará demostrar algo.
Que puede ser más brutal que el anterior líder.
Que merece el trono criminal.
Que puede controlar un imperio.
Eso significa meses —o incluso años— de enfrentamientos internos.
Mientras tanto, el impacto internacional también será enorme. El CJNG había construido una red global de tráfico de cocaína, metanfetamina y fentanilo que alimentaba mercados en América del Norte, Europa y otras regiones del mundo.
La muerte del Mencho podría desorganizar temporalmente esas operaciones.
Pero también podría fragmentarlas.
Y cuando los grandes cárteles se fragmentan, la violencia suele multiplicarse.
Para el gobierno de Claudia Sheinbaum, el operativo representa un golpe simbólico enorme contra el crimen organizado. Es el tipo de acción que durante años exigieron autoridades estadounidenses y que ahora podría cambiar la narrativa sobre la cooperación entre ambos países.
Porque durante meses Washington había presionado para obtener resultados concretos.
Y ahora los tiene.
La caída del hombre más poderoso del narcotráfico en México desde los tiempos del Chapo.
Pero incluso con ese triunfo, la historia está lejos de terminar.
Porque cuando cae un rey del narcotráfico, el trono no desaparece.
Solo queda vacío.
Y siempre hay alguien dispuesto a ocuparlo.


