¡TRAICIONAN A PALACIO! Adán Augusto y Andrea Chávez preparan venganza contra Sheinbaum

El poder en Morena ya no se mueve por instrucciones, se mueve por impulsos, por ambiciones sueltas, por pactos que no pasan por Palacio Nacional y por una sensación cada vez más extendida de que nadie manda realmente. Lo que antes era disciplina vertical hoy es una lucha de egos, una guerra silenciosa entre tribus que ya no disimulan su desprecio por la figura presidencial y que se preparan para el siguiente ciclo político como si el actual gobierno fuera solo un trámite incómodo.
Porque el dato no es menor: por primera vez desde que Morena llegó al poder, la presidenta Claudia Sheinbaum es públicamente desafiada desde dentro de su propio bloque. No por la oposición, no por los medios críticos, no por actores externos, sino por los mismos personajes que deberían sostenerla. Senadores, líderes partidistas, gobernadores, aliados estratégicos, todos actuando como si la jefa del Ejecutivo fuera una figura decorativa, una voz más en el ruido.
Y en el centro de esa rebelión aparece un nombre que ya no se esconde: Adán Augusto López Hernández.
El hombre fuerte de Morena en el Senado, el operador que perdió la coordinación formal, pero no el control real, el político que sigue moviendo hilos desde las sombras mientras públicamente finge disciplina. Su salida de la coordinación parlamentaria fue vendida como reacomodo interno, como ajuste administrativo, como decisión consensuada. En realidad fue una humillación calculada, un golpe directo a su poder… pero sin rematarlo.

Y en política, dejar vivo al herido es una invitación a la venganza.
Porque Adán Augusto no es un personaje menor. Controla estructuras, influye en candidaturas, tiene operadores en el partido, conserva lealtades en el Congreso y, sobre todo, tiene memoria. Memoria de agravios, de desplazamientos, de traiciones internas, de promesas incumplidas. La lógica es simple: si ya no puede mandar desde el gobierno, mandará desde el partido.
¿Quién controla hoy Morena?
¿La presidenta o el senador?
La respuesta incómoda es que Claudia Sheinbaum no controla ni la Cámara de Diputados, ni el Senado, ni el Poder Judicial, ni las alianzas electorales, ni siquiera la agenda política de su propio movimiento. Los diputados fueron puestos por Andrés Manuel López Obrador, los senadores también, los gobernadores responden a sus propios pactos regionales y los dirigentes partidistas juegan su propia partida.
Sheinbaum heredó la banda presidencial, pero no heredó el poder.
Y eso se nota.
Se nota cuando Manuel Velasco levanta la mano a una candidata del Partido Verde sin pedir permiso.
Se nota cuando los Monreal ignoran instrucciones directas.
Se nota cuando los aliados votan contra reformas clave.
Se nota cuando las encuestas internas se convierten en tómbolas políticas.
Se nota cuando nadie espera la señal de Palacio.

Pero el episodio que encendió todas las alarmas fue otro.
El momento en que Adán Augusto afirmó públicamente que la próxima candidata de Morena al gobierno de Chihuahua será Andrea Chávez.
Su senadora.
Su aliada.
Su protegida.
Su “noviecita”, como ya se murmura sin pudor en los pasillos del poder.
La “sugar babe del sugar daddy”, dicen con ironía venenosa algunos operadores políticos, mientras observan cómo se construye una candidatura sin encuestas, sin procesos internos, sin autorización presidencial, sin filtros partidistas. Una imposición disfrazada de inevitabilidad.
Y entonces, la escena se volvió incómoda.
En la mañanera, le preguntaron directamente a Sheinbaum si Andrea Chávez ya era la candidata. La presidenta respondió con frialdad técnica: en Morena las candidaturas se deciden por encuestas abiertas. Nadie está designado. Nadie está autorizado. Nadie tiene pase automático.
Traducción política: no lo avalo.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque el mensaje de Adán Augusto no iba dirigido a la presidenta, iba dirigido al partido, a los operadores, a las estructuras locales, a los grupos de poder regional. Fue una señal de fuerza, una demostración de que puede imponer nombres, generar narrativas, adelantar escenarios, presionar decisiones.
Un pulso abierto.
Un reto directo.
Una declaración de guerra silenciosa.
¿Quién manda realmente en Morena?
¿La presidenta o el senador caído en desgracia?
El problema para Sheinbaum es que no tiene con qué responder. No tiene operadores propios, no controla estructuras territoriales, no maneja el partido, no negocia alianzas, no designa candidaturas. Su margen de maniobra es institucional, no político. Gobierna, pero no manda. Administra, pero no controla. Firma decretos, pero no define el tablero.
Y Adán Augusto lo sabe.

Por eso sigue “moviendo la patita”, como dicen en el argot político. Nunca dejó de hacerlo. Desde el Senado, desde el partido, desde los acuerdos subterráneos, desde los pactos regionales, desde los silencios estratégicos. Su poder no se mide en cargos, se mide en lealtades. Y esas lealtades no están con Sheinbaum.
Están con él.
Lo que estamos viendo no es una anécdota electoral, es una implosión estructural. Morena empieza a parecerse peligrosamente al viejo PRD: tribus, corrientes, bandos, facciones, luchas internas, guerras por candidaturas, disputas públicas, traiciones cruzadas. La diferencia es que ahora controlan el Estado.
Y eso vuelve todo más peligroso.
Porque la rebelión no es ideológica, es personal. No es por proyectos, es por poder. No es por programas, es por control. Cada grupo se prepara para 2027 y 2030 como si el presente ya no importara. Gobernar dejó de ser prioridad. Lo importante es posicionarse para lo que viene.
Y en ese juego, la figura de la presidenta se debilita cada día.
No tiene partido.
No tiene Congreso.
No tiene operadores.
No tiene mayoría propia.
No tiene control real.
Tiene el cargo.
Y eso, en política mexicana, no siempre es suficiente.
Adán Augusto, en cambio, tiene algo más peligroso: tiene tiempo. Tiempo para reorganizarse, para tejer alianzas, para desgastar a la presidenta, para capitalizar cada error, cada vacío, cada contradicción. La venganza política no se ejecuta en un día, se cocina a fuego lento.
Y Andrea Chávez no es el fin del problema.
Es solo el primer síntoma visible.
La traición ya no se esconde.
Se exhibe.
Se presume.
Se normaliza.
Morena ya no obedece a Palacio.
Palacio ahora observa cómo lo traicionan desde adentro.

