¡PELEA COMPLETA! Reyna Haydee regresa a la mañanera y destroza a Sheinbaum frente a todos

La escena no fue un simple intercambio de preguntas y respuestas, fue una confrontación directa, larga, incómoda, transmitida en vivo y sin posibilidad de edición, una de esas secuencias que solo pueden ocurrir en la política mexicana cuando el micrófono se convierte en ring y la conferencia matutina en escenario de combate.
Desde el primer minuto se percibía la tensión.
Reyna Haydee no llegó a pedir turno, llegó a reclamar espacio, a hablar de censura, a señalar sillas vacías, a decir que afuera había reporteros bloqueados mientras dentro se repetían los mismos nombres de siempre, a construir una acusación que no era técnica sino política: aquí se controla la palabra.
“Usted lleva dos días diciendo que no hay censura, pero sí hay, presidenta, sí hay”, lanzó sin rodeos, mirando directo al estrado donde Claudia Sheinbaum intentaba sostener la calma institucional, esa calma que no se rompe con gritos sino con insistencia.
Y Reyna insistió.
No habló solo de sí misma, habló de otros, de un reportero del noroeste al que no dejaban entrar, de acreditaciones selectivas, de procesos administrativos usados como filtro político, de una dinámica donde los medios “afines” pasan sin problema y los críticos se quedan afuera.
¿Quién decide quién pregunta?

La pregunta quedó flotando, no como duda sino como acusación directa.
Sheinbaum respondió con el discurso clásico del equilibrio, del registro, de los turnos, de la combinación entre medios tradicionales y alternativos, de las listas, de las rotaciones, de las estadísticas invisibles que solo existen en la narrativa oficial, mientras Reyna desarmaba cada argumento con ejemplos concretos, con nombres, con tiempos, con comparaciones.
No fue un ataque frontal, fue un desgaste.
Un intercambio que no buscaba ganar un punto, sino mostrar una grieta.
La presidenta hablaba de procesos, Reyna hablaba de realidades.
La presidenta hablaba de balance, Reyna hablaba de favoritismos.
La presidenta hablaba de libertad de expresión, Reyna hablaba de exclusión cotidiana.
Y la conferencia avanzaba como una película documental sin cortes, donde el espectador no podía escapar del momento incómodo en el que el poder tiene que justificarse frente a quien se niega a callar.
“Yo no digo mentiras”, repetía Reyna, como si esa frase fuera un escudo, un mantra, una forma de blindarse ante la narrativa oficial que suele etiquetar a los críticos como exagerados, conflictivos o desinformados.
Sheinbaum, por su parte, trataba de reconducir la conversación, de devolverla al terreno técnico, de explicar que hay registros, que hay cupos, que hay reglas, que no se le cierra la puerta a nadie, que la mejor prueba de libertad de expresión es que Reyna estaba hablando en ese momento.
Pero ahí estaba la trampa.

Porque el argumento de “estás hablando, luego no hay censura” es precisamente el que más indigna a quienes sienten que la censura no es silencio absoluto, sino control selectivo, distribución desigual de la palabra, repetición de voces cómodas y exclusión de las incómodas.
Reyna lo dijo sin rodeos: hay quienes tienen la palabra cada semana.
Y dio ejemplos.
Mencionó a Contralínea, a ciertos reporteros que casi no vienen pero siempre entran, a medios que aparecen con regularidad sospechosa, a nombres que se repiten como si la pluralidad fuera un decorado y no una práctica real.
Sheinbaum respondió con números, con tiempos, con “hace cuánto te di la palabra”, con registros mentales de quién habló cuándo, como si la transparencia se pudiera medir en días y no en patrones.
Pero la discusión ya no era administrativa.
Era simbólica.
Porque lo que estaba en juego no era si un reportero entró o no ese día, sino la narrativa más profunda: la mañanera como espacio abierto o como escenario controlado.
Y ahí Reyna tocó el punto más sensible.

“No digan mentiras si no lo quieren dejar entrar”, dijo, refiriéndose al reportero del noroeste, ese personaje invisible que se volvió símbolo de todos los que no pasan el filtro, de todos los que quedan fuera mientras dentro sobran sillas.
La imagen fue demoledora.
Sillas vacías frente a un periodista esperando afuera.
No hacía falta más metáfora.
Sheinbaum intentó cerrar el tema con el discurso institucional del respeto, del proceso de acreditación, del orden necesario, de que no se puede dejar pasar a cualquiera sin registro, de que hay reglas como en cualquier presidencia del mundo.
Pero Reyna no hablaba de reglas, hablaba de poder.
De quién define qué voz es válida y cuál no.
De quién reparte los micrófonos.
De quién decide qué preguntas se repiten y cuáles se ignoran.
Y lo más incómodo no fue lo que dijo, sino que lo dijo sin levantar la voz, sin insultar, sin perder el control, como si la serenidad fuera su arma más peligrosa.
Porque en la política del espectáculo, el que grita parece radical, pero el que insiste parece verdadero.
El intercambio duró más de lo habitual.
Demasiado para una conferencia que suele moverse rápido entre temas.
Demasiado para una presidencia que cuida cada minuto de su narrativa pública.
Demasiado para una imagen que se construye sobre la idea de diálogo permanente.
Y sin embargo ocurrió.
En vivo.
Sin cortes.
Sin edición.
Como una escena de reality político donde la tensión no se resuelve, solo se acumula.
Sheinbaum cerró con la frase de siempre: aquí hay libertad, aquí todos pueden hablar, aquí no se cierra la puerta a nadie.
Reyna cerró con la suya: sí hay censura, sí hay exclusión, sí hay trato desigual.
Dos realidades superpuestas.
Dos narrativas enfrentadas.
Dos versiones del mismo escenario.
La mañanera como espacio democrático o como teatro de control.
Y mientras ambas seguían hablando, el personaje invisible seguía afuera.
El reportero sin nombre.
El símbolo perfecto.
Porque al final, la pelea no fue entre dos mujeres.
Fue entre dos conceptos de poder.
Uno que se justifica con procesos.
Y otro que se revela con ausencias.
Y en medio, millones de espectadores viendo cómo, por unos minutos, la narrativa oficial perdió el control del guion.
No hubo vencedor claro.
Pero sí hubo algo que quedó expuesto.
Que incluso en el espacio más vigilado del poder, todavía hay preguntas que incomodan.
Y personas que se niegan a pedir permiso para hacerlas.


