¡LO SACAN POLICÍAS! Corren a Marx Arriaga de la SEP, es el creador de los libros comunistas

El video no comienza con un forcejeo físico, comienza con una provocación, con una voz que no tiembla pero sí desafía, con un hombre que camina rodeado de policías y funcionarios mientras lanza frases que parecen escritas para la cámara, como si supiera que ese momento no es solo un trámite administrativo sino una escena política destinada a circular.
“Venga, oficiales, anímense”, dice el hombre, “están con un obradorista, no les dé miedo”, mientras avanza por los pasillos de la Secretaría de Educación Pública, rodeado por miradas incómodas, teléfonos grabando, silencios tensos, y una narrativa que se va construyendo en tiempo real.
El protagonista es Marx Arriaga, hasta ese momento director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, uno de los nombres más polémicos del obradorismo cultural, señalado por sectores opositores como el principal arquitecto de los nuevos libros de texto gratuitos, acusados de adoctrinamiento ideológico, sesgo político y propaganda disfrazada de pedagogía.
No hay gritos, no hay golpes, no hay sirenas, pero el ambiente es igual de tenso que en cualquier operativo.
Arriaga camina, habla, se detiene, vuelve a hablar, mira a los policías como si fueran actores secundarios de una obra que él mismo está dirigiendo, y repite una idea que se vuelve eje de todo el discurso: esto no es una salida, es una expulsión.

¿Quién dio la orden?
La pregunta se repite como martillo, una y otra vez, mientras la cámara sigue grabando y él insiste en que lo están sacando por “el crimen de hacer libros de texto”, como si la escena fuera una detención política, como si el pasillo de la SEP fuera un tribunal improvisado y los agentes de seguridad fueran jueces sin toga.
Arriaga no se presenta como un funcionario cesado, se presenta como un perseguido.
Habla de “teatro completo”, de “historia”, de “humanismo mexicano”, y lanza nombres propios como si estuviera repartiendo responsabilidades: Mario Delgado, entonces dirigente de Morena, y una funcionaria identificada como Neomi, a quienes señala indirectamente como posibles autores intelectuales de su salida.
No hay documento visible, no hay comunicado oficial en ese instante, solo una escena grabada en crudo donde un alto funcionario es acompañado fuera de su oficina, sin aplausos, sin despedidas, sin explicaciones públicas.
La política convertida en performance.
Porque más allá del acto administrativo, lo que se instala es una narrativa: el creador de los libros “comunistas” es retirado por la fuerza, el ideólogo es expulsado por el propio sistema que ayudó a construir, el arquitecto del nuevo discurso educativo es tratado como un problema que hay que sacar del edificio.

Arriaga lo dice sin rodeos, lo dice mirando a la cámara, lo dice con ironía y con rabia: “voltee a la cámara para que quede marcado en la historia que fue usted uno de los que corrió al que diseñó los libros de texto en este país desde el obradorismo”.
La escena no necesita música de fondo, porque el guion ya está escrito.
Para sus críticos, la salida de Arriaga es una victoria simbólica, la caída de uno de los funcionarios más ideologizados del aparato educativo, el responsable de introducir conceptos políticos en libros destinados a niños, el hombre que hablaba de lucha de clases en primaria y de neoliberalismo en secundaria.
Para sus defensores, en cambio, es una purga interna, una señal de que el propio movimiento comienza a devorar a sus cuadros más radicales, una muestra de que el humanismo mexicano tiene límites cuando se vuelve incómodo incluso para quienes lo impulsaron.
¿Lo están despidiendo o lo están sacrificando?
El video no lo aclara, pero sí deja algo evidente: nadie intenta desmentirlo, nadie explica públicamente por qué se va, nadie lee una orden formal frente a la cámara, nadie se hace responsable del acto, como si la expulsión tuviera que ocurrir sin firma, sin sello, sin rostro político.
Arriaga se despide sin despedirse, recoge sus cosas, ironiza sobre viáticos, vehículos oficiales, pertenencias personales, como si estuviera marcando cada detalle para que no quede duda de que no es una salida voluntaria sino una extracción.

Y en medio de todo, sigue provocando: “sean valientes, compañeros”, “anímense”, “por una vez en la vida”.
No parece un hombre derrotado, parece un hombre construyendo su propio relato de mártir.
Porque en la política contemporánea, el cargo se pierde, pero el discurso se conserva.
Y en este caso, la escena no solo expulsa a un funcionario, también consolida una imagen: la del intelectual del régimen que cae, no por corrupción, no por escándalo personal, sino por exceso de ideología, por haber llevado demasiado lejos la narrativa que el propio sistema permitió.
No hubo comunicado, no hubo conferencia, no hubo explicación pedagógica.
Solo un pasillo, una cámara, varios policías y una frase que quedó flotando como síntesis de toda la escena:
“Me están sacando por hacer libros”.

