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¡GUERRA EN MORENA! El plan de AMLO y Beatriz Gutiérrez para hundir a Sheinbaum

En los pasillos del poder mexicano ya no se habla de continuidad, se habla de sobrevivencia, porque lo que alguna vez fue presentado como una transición tersa hoy se parece más a una lucha silenciosa entre herederos incómodos, operadores con doble lealtad y un expresidente que, lejos de retirarse, sigue moviendo las piezas como si nunca se hubiera ido.

Todo comienza con una figura que pocos fuera del círculo duro entienden del todo, Alfonso Ramírez Cuéllar, el operador territorial que conoce los hilos, los comités, las bases, los favores y las deudas, el mismo que primero se acercó a Beatriz Gutiérrez Müller y que durante años orbitó cerca de Andrés Manuel López Obrador sin estar del todo dentro ni completamente fuera, como si su función real fuera observar, esperar, y activarse solo cuando el momento fuera políticamente rentable.

Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, Ramírez Cuéllar dejó de ser un actor secundario para convertirse en uno de los principales operadores en la Cámara de Diputados, el encargado de hacer el trabajo sucio que no se ve en las conferencias matutinas, pero que define elecciones, reformas y narrativas, el que sabe cómo se construye poder desde abajo mientras la presidencia se desgasta desde arriba.

¿De verdad Sheinbaum gobierna sola?

La pregunta flota como una sombra porque cada vez resulta más evidente que su margen de maniobra es estrecho, condicionado por una estructura heredada, por compromisos ajenos y por una figura que no suelta el mando simbólico, López Obrador, quien no solo la impulsó contra las encuestas, sino que dejó incrustado en el aparato del Estado a un conjunto de operadores que responden más a él que a ella, y entre ellos Ramírez Cuéllar ocupa un lugar clave.

El problema no es solo político, es personal, porque dentro del círculo presidencial se repite la versión de que Sheinbaum ha empezado a marcar límites, a expresar desacuerdos, a incomodarse con ciertos nombres y ciertas historias que ya no quiere cargar como propias, sobre todo cuando se habla de vínculos con el crimen organizado, de estados controlados por estructuras paralelas y de personajes intocables que siguen operando bajo la lógica del viejo régimen disfrazado de transformación.

Tabasco, Zacatecas, nombres que se repiten como si fueran escenas de un mismo expediente, territorios donde el poder formal convive con un poder real que no aparece en los discursos, pero sí en los flujos de dinero, en los silencios oficiales y en la imposibilidad práctica de gobernar sin negociar con actores que no salen en las boletas electorales.

Y ahí entra el verdadero conflicto, porque Sheinbaum no solo heredó el cargo, heredó los pactos.

El libro de Julio Scherer, las declaraciones cruzadas, las críticas veladas a figuras como Manuel Velasco, los roces con personajes emergentes como Andrea Chávez, todo forma parte de una misma narrativa: una presidenta intentando construir autoridad mientras el sistema que la llevó al poder empieza a recordarle que el poder real no se hereda, se disputa.

Pero el calendario es cruel, porque el verdadero juego no está en el presente, está en el futuro, en el 2027 como punto de quiebre y en el 2030 como batalla final, cuando Morena deje de mirar a Sheinbaum como presidenta y empiece a verla como estorbo, como figura de transición que ya cumplió su función y que puede ser sacrificada si no se alinea con la sucesión diseñada desde el obradorismo duro.

No habrá rompimiento inmediato, porque no conviene.

A ninguno.

Sheinbaum necesita la estructura, AMLO necesita que su legado no se fracture antes de tiempo, Beatriz necesita conservar influencia en el relato histórico, Ramírez Cuéllar necesita seguir siendo indispensable, pero eso no significa que no exista una guerra, solo que se libra sin disparos, con filtraciones, con libros, con silencios, con operadores que dicen una cosa en público y otra en privado.

Mientras tanto, figuras como Omar García Harfuch aparecen como piezas incómodas, funcionarios que quieren actuar contra el crimen organizado, pero que chocan con una red de intereses que no permite movimientos bruscos, porque tocar a uno implica tocar a muchos, y tocar a muchos implica admitir que el proyecto entero está construido sobre arenas movedizas.

En este contexto, la oposición observa desde la barrera con una mezcla de oportunidad y parálisis, consciente de que Morena se debilita desde dentro, pero incapaz de construir una narrativa territorial que compita con el miedo, con los programas sociales utilizados como chantaje político y con la maquinaria electoral que sigue funcionando como si el régimen no hubiera cambiado de nombre.

La paradoja es brutal: el discurso es democracia, la práctica es control.

Y cada vez que Sheinbaum defiende a Nicolás Maduro, al régimen cubano o guarda silencio frente a Nicaragua, refuerza la sensación de que el proyecto no es progresista, sino autoritario, un sistema que se legitima en las urnas pero se perpetúa mediante el miedo, la fragmentación de la oposición y la concentración del poder real en manos de unos pocos que nadie eligió directamente.

Lo que está en juego no es solo la presidencia de Sheinbaum.

Es la narrativa del obradorismo.

Porque si ella fracasa, no será presentada como víctima, sino como responsable, como la que no supo gobernar, la que no controló al crimen, la que perdió el Congreso, la que permitió la ruptura interna, y en ese escenario, AMLO podrá reescribir la historia a su favor, deslindarse del desastre y presentarse, una vez más, como el líder que lo intentó todo pero fue traicionado por sus herederos.

Y entonces sí, cuando llegue la imposición de la sucesión, cuando Morena se fracture de verdad, cuando las lealtades se vuelvan desechables, ahí no habrá discurso que contenga el derrumbe.

Solo quedará una pregunta flotando en el aire político de México: ¿Claudia Sheinbaum fue presidenta… o solo fue el intermedio entre dos etapas del mismo poder?

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