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¡GOLPE FINAL A PALENQUE! Harfuch se une con Scherer para acabar con AMLO y su vocero Jesús Ramírez

El tablero político mexicano se reacomodó sin aviso previo, como esos movimientos silenciosos que no hacen ruido en el momento, pero que después explican todas las explosiones. Nadie lo anunció, nadie lo confirmó oficialmente, pero los signos estaban ahí, dispersos entre líneas, libros, filtraciones, reuniones discretas y una narrativa que empezó a resquebrajarse desde dentro del propio corazón de la llamada Cuarta Transformación.

No fue una traición abierta.
Fue algo peor: una ruptura estratégica.

Porque cuando Julio Scherer Ibarra, el hombre que durante tres años tuvo acceso directo, diario e ilimitado al despacho presidencial de Andrés Manuel López Obrador, decide publicar un libro con el periodista Jorge Fernández Menéndez, no está haciendo literatura, está soltando munición política.

Y cuando ese libro se llama Ni venganza ni perdón, no hay que ser analista para entender que el mensaje no va dirigido al público, sino al poder.

La historia es conocida por dentro, pero negada por fuera. Dos bandos conviviendo en el mismo gobierno, una guerra fría interna entre los llamados “puros”, el ala ideológica, radical, militante, y los “concilieres”, los operadores, los negociadores, los que entienden que el Estado no se gobierna con consignas sino con pactos. Durante años esa tensión se mantuvo bajo la alfombra, pero Scherer confirma lo que muchos intuían: la Cuarta Transformación no fue un proyecto unificado, fue una coalición en guerra consigo misma.

Y en el centro de esa guerra aparece un nombre que hasta hace poco era intocable: Jesús Ramírez Cuevas.

El vocero, el arquitecto de la narrativa, el hombre que convirtió la mañanera en arma política, en tribunal mediático, en fábrica diaria de realidad alternativa. Según las revelaciones del libro, Ramírez no solo comunicaba, operaba. No solo informaba, intervenía. No solo organizaba preguntas, las sembraba. No solo coordinaba medios, los disciplinaba. El poder de la palabra convertido en poder real.

Pero el dato que dinamita todo no es mediático, es criminal.

Porque detrás de la red de influencias aparece el nombre de Sergio Carmona Angulo, el llamado “Rey del huachicol fiscal”, un empresario que, según testimonios y registros, tuvo acceso directo a Palacio Nacional, se reunió con figuras clave del régimen y terminó asesinado en San Pedro Garza García, mientras su hermano huía a Estados Unidos con un teléfono clonado que hoy estaría en manos de autoridades federales norteamericanas.

Ese teléfono, dicen, contiene mensajes, audios, videos, transferencias, conversaciones con líderes de Morena, operadores electorales, funcionarios de primer nivel. Un archivo vivo del subsuelo político de la 4T.

Y ahí es donde entra la otra pieza del rompecabezas.

Omar García Harfuch.

El policía.
El técnico.
El hombre que nunca fue puro.

Harfuch representa todo lo que el ala radical detesta: cooperación con Estados Unidos, reconocimiento del problema del fentanilo, combate real al huachicol, desmantelamiento de laboratorios, coordinación internacional. Para los duros, Harfuch es traidor al relato. Para Washington, es el único interlocutor serio.

El enemigo público número uno de los puros.

Y ahora, el aliado tácito de Scherer.

Porque la revelación más potente del libro no es jurídica, es estratégica: Scherer se alinea políticamente con el proyecto de Harfuch rumbo al 2030. No lo dice con pancartas, lo hace con información. Lo hace con contexto. Lo hace con memoria. Lo hace desmontando el mito fundacional de la 4T desde adentro, usando los propios archivos del poder.

La alianza no es formal, es funcional. Scherer aporta lo que Harfuch no tenía: operador político, narrativa, legitimidad entre élites, puentes con medios críticos, credibilidad internacional. Harfuch aporta lo que Scherer necesita: fuerza institucional, respaldo de seguridad, aceptación estadounidense, proyección presidencial.

Dos hombres que conocen demasiado.

Demasiado del pasado.
Demasiado de los errores.
Demasiado de los pactos ocultos.

Y enfrente, el viejo núcleo duro de Palenque, el grupo que sigue orbitando alrededor de López Obrador incluso después de dejar el poder, los que todavía controlan estructuras, medios, discursos, militancia, los que convirtieron la comunicación política en religión y la lealtad en dogma.

¿Quién controla hoy realmente el relato nacional?

¿Palacio o Washington?

¿Los puros o los operadores?

¿La narrativa o los expedientes?

Porque mientras públicamente se insiste en que “no pasa nada”, en que “todo es normal”, en que “no hay ruptura”, los movimientos dicen otra cosa. Manuel Velasco desafiando directrices presidenciales, Saúl Monreal anunciando candidaturas sin permiso, Luisa María Alcalde atrapada entre dos lealtades, Mario Delgado perdiendo el monopolio del escándalo Carmona, y Jesús Ramírez convertido en el nuevo lastre silencioso.

El Gabbels mexicano, como lo llaman algunos en voz baja.

El hombre que durante años diseñó la polarización, el odio, la narrativa del enemigo interno, el que convirtió la política en espectáculo diario y ahora enfrenta su propio guion.

Porque lo que Scherer deja entrever no es una anécdota, es una advertencia: cuando entren a auditar los contratos, los presupuestos de medios, la impresión masiva de periódicos fantasmas, las campañas disfrazadas de información pública, las preguntas pagadas, los silencios comprados, las exclusiones dirigidas, el problema ya no será político, será penal.

Y eso ya no se resuelve en mañaneras.

Eso se resuelve en cortes federales.

En Washington.

Por eso este libro no es memoria, es posicionamiento. No es ajuste de cuentas, es toma de partido. No es nostalgia, es preparación de escenario. Scherer no escribió para el pasado, escribió para el futuro, y ese futuro no pasa por Palenque, pasa por un nuevo eje de poder donde Harfuch es la pieza central.

Un eje que incomoda a todos.

A los puros, porque les quita el monopolio moral.
A Morena, porque fractura su unidad ficticia.
A la presidenta, porque la obliga a elegir sin decirlo.
Y a López Obrador, porque por primera vez el enemigo no viene de fuera, sino de adentro.

La 4T ya no se desmorona.

Se está devorando a sí misma.

Y el golpe final no vendrá de la oposición, vendrá de sus propios arquitectos.

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