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¡FURIA EN PALACIO! Sheinbaum se pelea con Jesús Ramírez y ordena su renuncia por el libro de Scherer

La historia no empezó con un comunicado oficial ni con una conferencia de prensa, empezó con un libro, con un anuncio aparentemente discreto, con una portada que todavía nadie había visto completa pero que ya hacía temblar pasillos enteros dentro de Palacio Nacional.

Julio Scherer, uno de los hombres más cercanos a Andrés Manuel López Obrador durante años, exconsejero jurídico, operador silencioso, testigo privilegiado del poder, anunció que publicaría un libro donde contaría lo que vio, lo que supo y lo que calló mientras estuvo en el primer círculo del obradorismo.

Y con eso fue suficiente para desatar una tormenta.

Porque no se trata de cualquier personaje, se trata de alguien que estuvo adentro, que tuvo acceso, que firmó documentos, que entró a reuniones donde no había cámaras ni discursos, donde se tomaban decisiones reales, de esas que nunca llegan a las mañaneras.

Según filtraciones adelantadas por la revista Proceso, uno de los pasajes más explosivos del libro apunta directamente a Jesús Ramírez Cuevas, hoy coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum y uno de los operadores políticos más influyentes del lopezobradorismo.

El dato es brutal.

Más de 27 mil millones de pesos.

Recursos públicos que supuestamente estaban destinados a liquidar a los extrabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, pero que, de acuerdo con el relato de Scherer, habrían sido utilizados para crear estructuras políticas, redes de apoyo y operación territorial a favor de López Obrador.

No es un error administrativo.

No es una omisión.

Es, según la narrativa, un desfalco de proporciones históricas.

Más grande que Segalmex.

Más grande que la Estafa Maestra.

Más grande incluso que varios de los escándalos de corrupción que durante años sirvieron como bandera contra los gobiernos anteriores.

Y lo peor es que la acusación no viene de la oposición, no viene de empresarios, no viene de periodistas externos.

Viene de alguien que estuvo dentro del sistema.

De alguien que conoce los nombres, los montos, los mecanismos.

De alguien que sabe cómo se movía el dinero.

Ahí es donde empieza la furia.

Porque según fuentes cercanas a Palacio, el contenido del libro no solo incomodó, sino que provocó una discusión directa entre Claudia Sheinbaum y Jesús Ramírez Cuevas dentro de las oficinas presidenciales.

No fue un intercambio cordial.

Fue una confrontación.

Una de esas que no se graban, pero que dejan puertas cerradas, llamadas tensas y miradas que ya no se sostienen igual.

Sheinbaum, que apenas empieza a construir su propio poder y su propia narrativa, se habría encontrado con un problema imposible de sostener: tener en su equipo a un personaje señalado por malversar miles de millones de pesos en un libro escrito por alguien del primer círculo de su antecesor.

Y ahí aparece la palabra que nadie quiere pronunciar públicamente, pero que ya circula en privado.

Renuncia.

No una salida elegante.

No un cambio administrativo.

Una expulsión política.

Una “renuncia negociada”.

Una patada discreta, pero definitiva.

Según versiones filtradas por periodistas cercanos al entorno presidencial, la decisión ya estaría tomada y solo una intervención directa de López Obrador podría salvar a Jesús Ramírez, reubicándolo en algún cargo partidista dentro de Morena, lejos de la presidencia, lejos de Palacio, lejos del foco institucional.

Porque mantenerlo ahí se volvió insostenible.

No solo por el contenido del libro, sino por lo que representa.

Jesús Ramírez no es un funcionario cualquiera.

Es un operador histórico.

Fue ayudante de César Yáñez.

Luego desplazó a Yáñez.

Luego se convirtió en el principal enlace entre López Obrador y los medios.

El que abría puertas.

El que cerraba accesos.

El que decidía quién entraba al círculo y quién se quedaba afuera.

El que construyó el aparato comunicacional de la 4T.

Un personaje con poder real, no simbólico.

Y ahora, según el propio relato de Scherer, también un personaje con acceso directo a miles de millones de pesos públicos.

El libro, que se presenta oficialmente esta semana, no solo expone cifras, también describe el clima interno del obradorismo: un sistema donde no hay aliados, hay subordinados; donde no hay amigos, hay incondicionales; donde la lealtad se compra con cargos, con recursos, con protección.

Y eso es precisamente lo que más incomoda a Sheinbaum.

Porque hereda un gobierno, pero también hereda sus fantasmas.

Hereda funcionarios.

Hereda estructuras.

Hereda silencios.

Pero también hereda secretos que ahora empiezan a salir a la luz.

La pregunta que flota en el aire es incómoda.

¿Sheinbaum no sabía nada?

¿Nadie le informó de estos movimientos?

¿O lo sabía y decidió callar?

Porque si el manejo de 27 mil millones de pesos ocurrió dentro de estructuras federales, resulta casi imposible que nadie en la cúpula estuviera enterado.

Y ahí es donde el libro de Scherer se vuelve más peligroso de lo que parece.

No solo acusa a un personaje.

Cuestiona a todo el sistema.

A todo un sexenio.

A toda una narrativa basada en la idea de que “no somos iguales”.

Scherer, que tampoco es presentado como un santo, que también fue acusado en su momento de tráfico de influencias, extorsiones y operaciones oscuras, ahora aparece como una figura resentida, desplazada, quizá traicionada, pero con información suficiente para incomodar a todos.

Demasiada información.

Tanta, que algunos ya hablan de riesgos personales.

De presiones.

De amenazas.

Porque si el libro llega a tocar directamente a López Obrador, no solo como líder político sino como beneficiario de estructuras financiadas con dinero público, el impacto sería devastador.

No mediático.

Histórico.

Judicial.

Internacional.

Y mientras tanto, en Palacio Nacional, las paredes siguen escuchando.

Los pasillos siguen llenos de rumores.

Los funcionarios revisan su nombre en los índices del libro que todavía no ha salido, pero que ya nadie quiere leer en voz alta.

Y Jesús Ramírez, el operador silencioso, el hombre del picaporte, el arquitecto de la comunicación presidencial, se habría convertido en el primer sacrificado de la nueva etapa.

No por un error técnico.

No por una mala declaración.

Sino por algo mucho peor.

Por saber demasiado.

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