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Imelda Tuñón acorralada: Testigo publica audio de lo que le hizo a Julián Figueroa

La historia vuelve a estallar, pero esta vez con un elemento que cambia el tono del escándalo: un audio, una voz, un testimonio directo que no viene de un periodista ni de un rumor, sino de alguien que asegura haber estado dentro, escuchando, viendo, callando demasiado tiempo. El caso de Imelda Tuñón y Julián Figueroa, lejos de cerrarse, se transforma en una narrativa cada vez más oscura, más fragmentada y, sobre todo, más incómoda para todos los involucrados.

Todo ocurre mientras Imelda sigue apareciendo en sus historias de Instagram defendiendo una sola versión: que existe una campaña orquestada en su contra, que los testigos son comprados, que todo responde a un guion escrito por Marco Chacón, y que ella es la verdadera víctima de una maquinaria mediática que busca destruirla. No acusa directamente a Maribel Guardia, pero sí apunta con nombre y apellido al hombre que, según ella, mueve los hilos desde las sombras.

Pero el relato se rompe cuando entra en escena Javier Ceriani, quien presenta un audio que no parece guion, no suena a libreto, no tiene tono de denuncia preparada, sino de conversación privada, de confesión entre personas que se tenían confianza. En ese audio, una mujer asegura que Imelda le contó, sin culpa, sin miedo, cómo engañaba a Julián Figueroa mientras aún vivían juntos, cómo esperaba a que él no estuviera en casa para salir con otros hombres, cómo mentía diciendo que iba a trabajar, cómo regresaba feliz, tranquila, convencida de que nadie se daría cuenta.

Y entonces llega la frase que cambia todo.

“Sí me lo comería”.

Una frase pequeña, casi banal, pero que en el contexto de una relación marcada por conflictos, adicciones, celos y violencia, se vuelve una pieza explosiva. No es solo una infidelidad, es una actitud. No es solo una traición, es una narrativa de poder: ella decide, ella oculta, ella controla la información, mientras Julián, según los testimonios, vivía desesperado, agotado, intentando salir de una relación que ya estaba rota.

¿Quién miente aquí?

La versión de Imelda insiste en que todo es parte de la misma estrategia del año pasado, que son los mismos testigos, los mismos nombres, las mismas historias recicladas, ahora con nuevos detalles porque, según ella, “se inventaron un nuevo guion”. Pero el problema no es la repetición, sino la acumulación. Nana, amigos, padrino, ahora la sobrina de Maribel Guardia, y ahora un audio que describe escenas íntimas que difícilmente se fabrican sin haber estado cerca.

La sobrina de Maribel no habla como periodista, habla como alguien que vivió dentro de la casa, que vio discusiones, que presenció crisis, que observó golpes, gritos, llamadas a la policía, dientes rotos, episodios de ira. Asegura que Julián dormía en cuartos separados, que quería dejar a Imelda, que era chantajeado con su hijo, que la relación ya no existía emocionalmente, pero seguía atrapada legal y psicológicamente.

Y entonces aparece otra pieza: los videos donde Imelda se autolesiona, donde Julián muestra marcas, mordidas, rasguños. Imelda responde que todo está fuera de contexto, que las mordidas fueron de un perro, que nada de eso prueba violencia real. Pero cuando una versión necesita demasiadas explicaciones, empieza a debilitarse sola.

Aquí no hay una verdad limpia.

Lo que hay es una suma de relatos que coinciden en un patrón: una relación tóxica, consumo de sustancias, episodios de agresividad, infidelidades, manipulación emocional, y un Julián Figueroa descrito como alguien vulnerable, cansado, atrapado en una dinámica que no podía controlar. La narrativa romántica del matrimonio se cae, y lo que queda es un retrato crudo de desgaste psicológico.

Imelda, por su parte, se presenta como la mujer perseguida, acosada por medios, traicionada por antiguos conocidos, víctima de una conspiración mediática. Dice que respeta a la prensa, pero que ya no hablará más, mientras sigue hablando. Dice que no quiere escándalos, mientras cada historia en Instagram agrega un nuevo capítulo. Dice que todo es falso, pero no logra desactivar el contenido más fuerte: los testimonios ya declarados ante autoridades.

Y ahí está el punto clave.

No se trata solo de chisme.

Se trata de declaraciones legales, de personas que aseguran haber dado su versión frente a instituciones, no solo frente a cámaras. El conflicto deja de ser farándula y empieza a rozar lo judicial, lo penal, lo ético, lo histórico. Porque Julián ya no está para defenderse, pero su entorno sí, y ahora construyen un relato colectivo donde Imelda no aparece como viuda dolida, sino como figura central de un sistema de abuso emocional.

¿Es verdad todo?

Nadie lo puede afirmar con certeza absoluta. Pero cuando muchas versiones independientes empiezan a coincidir en los mismos puntos —violencia, infidelidad, adicciones, manipulación— el discurso de “todos están comprados” empieza a sonar más como defensa que como argumento.

Y el audio queda ahí.

Flotando.

Sin edición espectacular, sin música dramática, sin gritos, sin llanto. Solo una voz contando algo que, si fuera mentira, sería una mentira demasiado específica, demasiado íntima, demasiado incómoda.

Imelda Tuñón no está solo señalada por los medios.

Está acorralada por la suma de relatos.

Y cuando el relato supera a la versión, la imagen pública ya no se controla con Instagram.

Se rompe sola.

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