¡ULTIMÁTUM A PALENQUE! Trump va por AMLO tras la captura de Maduro

El guion es viejo, pero el presupuesto es nuevo. Estados Unidos vuelve a escena con la misma narrativa que ha exportado durante décadas, solo que ahora el telón se levanta en América Latina una vez más, y el público, acostumbrado al déjà vu, observa cómo se repite la historia con distintos nombres y los mismos errores. La supuesta captura de Nicolás Maduro, anunciada con estridencia desde Washington, no es solo un episodio aislado, es una señal. Un mensaje cuidadosamente empaquetado para que lo entiendan todos los que aún creen que pueden jugar a desafiar al imperio sin pagar consecuencias.
La película comienza siempre igual. Un líder populista se erige como redentor de los pobres, promete justicia social, soberanía y dignidad, mientras acusa a enemigos imaginarios de todos los males. El pueblo, cansado y desesperado, compra el relato. El villano, dicen, es externo. El enemigo está afuera. Pero con el paso del tiempo, el verdadero antagonista se revela desde dentro del propio poder.
Venezuela fue el laboratorio. Un país rico, con recursos infinitos, reducido a ruinas por una élite que confundió gobernar con repartir dinero ajeno. La lección parecía clara, pero México decidió ignorarla. La Cuarta Transformación se presentó como el cambio histórico que barrería con la corrupción y traería prosperidad. Prometieron un sistema de salud de primer mundo, seguridad sin balas y una economía floreciente. Entregaron desabasto, miedo y estancamiento.

El Seguro Popular desapareció. El Insabi fracasó. El IMSS-Bienestar se convirtió en un rompecabezas administrativo que ni el propio gobierno logra explicar. Los hospitales se vaciaron de medicamentos mientras los discursos se llenaban de excusas. Cada mes, una nueva fecha. Cada semana, una nueva promesa. La gente, mientras tanto, seguía enfermando.
Y muriendo.
La inseguridad siguió el mismo camino. “Abrazos, no balazos” se transformó en la renuncia explícita del Estado a ejercer su autoridad. Los cárteles crecieron, se expandieron y se institucionalizaron. Hoy controlan territorios, economías locales y decisiones políticas. El crimen organizado dejó de ser una amenaza para convertirse en el poder real, mientras los gobernantes actúan como administradores subordinados.
La economía nunca despegó. México, con todo su potencial, quedó atrapado en la mediocridad de decisiones ideológicas disfrazadas de justicia social. El resultado es predecible: dependencia, deuda, informalidad y migración.

Ahora, con Maduro acorralado y Trump lanzando advertencias que suenan más a ultimátum que a diplomacia, la sombra se proyecta hacia el norte. Palenque ya no parece tan lejano. Claudia Sheinbaum invoca soberanía mientras mide cada palabra, consciente de que el margen de maniobra es mínimo y que desobedecer tiene un precio.
Porque esta historia no va de ideologías, va de poder. Y el poder no tolera errores repetidos.
México avanza por el mismo sendero que Venezuela recorrió hace años, con la diferencia de que el desenlace ya está escrito y el tiempo se agota.
¿Estamos a tiempo de cambiar el final o solo estamos esperando la última escena?
