¡PALENQUE EN LLAMAS! AMLO es el siguiente objetivo de Washington tras la caída de Maduro

El silencio no siempre es calma.
A veces es la antesala.
Mientras América Latina aún digería la imagen imposible de Nicolás Maduro esposado, sacado de Miraflores en plena madrugada y trasladado fuera de su país sin una sola bala disparada, en Washington ya no se hablaba de Venezuela en pasado, sino como precedente. Porque lo ocurrido no fue solo una operación militar, fue un mensaje. Y los mensajes, cuando se envían desde el poder, siempre tienen destinatarios.
México aparece ahora en ese mapa invisible.
No como rumor, sino como hipótesis estratégica.
No como amenaza abierta, sino como cálculo frío.
En los pasillos donde se toman las decisiones más duras, el nombre que comienza a repetirse no es el del Pentágono ni el del Departamento de Estado, sino el de un hombre que avanza sin hacer ruido y que ya controla buena parte de la narrativa de seguridad nacional: Stephen Miller. El ideólogo más radical del trumpismo no solo ha ganado espacio, ha ganado control. Control del discurso, control del marco legal y, sobre todo, control del tiempo.
Porque el tiempo, para Washington, se agotó.

En entrevistas recientes, Miller ha pronunciado una frase que, en lenguaje político, equivale a una llave maestra: “plenary authority”. Autoridad plenaria. Absoluta. Total. Sin intermediarios. Sin Congreso. Sin límites externos. En términos legales estadounidenses, esa expresión no es retórica, es doctrina. Significa que el presidente puede ordenar el uso del ejército dentro y fuera del país sin necesidad de consultar a nadie más cuando se invoca una amenaza a la seguridad nacional.
Y ahí es donde México entra en escena.
No como socio comercial, no como aliado histórico, sino como problema estructural. Un problema que, según esta narrativa, ya no se resuelve con diplomacia, ni con comunicados, ni con mesas de diálogo. Se resuelve con acción directa. Como en Venezuela.
El memorándum revelado por CNN sobre las nuevas facultades del Departamento de Justicia no es un papel más. Es la formalización de una idea que llevaba años gestándose: autorizar ataques militares contra cárteles en territorio extranjero. Sin permisos. Sin acuerdos bilaterales. Sin pedir disculpas después.
Primero cayó Maduro.
Después cayó la máscara.

La agresividad mostrada en Caracas no fue un exceso, fue un ensayo. Un ensayo para medir reacciones, silencios, condenas tibias y apoyos discretos. Y la lectura en Washington fue clara: el costo diplomático es manejable. El impacto simbólico, enorme. El precedente, irreversible.
México, a diferencia de Venezuela, no enfrenta un escenario de cambio de régimen. Nadie habla de derrocar gobiernos ni de ocupar palacios presidenciales. El enfoque es otro. Más quirúrgico. Más peligroso. Ir por líderes criminales, pero también por redes políticas que, desde la óptica estadounidense, los protegen, los toleran o los usan.
Y ahí aparece Morena.
No como partido, sino como estructura de poder.
El elefante en la habitación del T-MEC no es el comercio. Nunca lo fue. Lo comercial es la excusa visible, la mesa formal, el discurso para la prensa. Lo real se negocia debajo: seguridad, extradiciones, listas de nombres, protección a inversiones estratégicas y control de sectores clave.
Energía.
Telecomunicaciones.
Agricultura.
Estado de derecho.
Cuatro frentes donde Washington ve violaciones sistemáticas al tratado y, más importante aún, riesgos directos a su seguridad nacional. La política energética que fortalece monopolios estatales. El dominio creciente de actores preponderantes en telecomunicaciones. El ingreso de ganado y productos agrícolas sin controles suficientes en zonas donde operan cárteles. Y un sistema judicial que, según inversionistas extranjeros, ya no ofrece garantías reales.
Todo suma. Todo se conecta.
Pero lo que cambia el tablero no es el T-MEC, es la guerra.

La guerra contra los cárteles ya no es una metáfora. Es un eje doctrinal. Y en esa guerra, el lenguaje cambia. Ya no se habla de cooperación, se habla de objetivos. Ya no se habla de respeto a la soberanía, se habla de efectividad. Ya no se habla de tiempos políticos, se habla de ventanas de oportunidad.
El Comando Norte lo sabe.
El Departamento de Justicia lo avala.
La Casa Blanca lo impulsa.
Y Stephen Miller lo articula.
Las filtraciones sobre listas de posibles objetivos en territorio mexicano no son nuevas, pero ahora tienen un contexto distinto. Antes eran escenarios teóricos. Hoy son planes activos en una carpeta que ya se abrió con Venezuela. La diferencia es que México no es un país aislado. Es el principal socio comercial de Estados Unidos. Es parte esencial de sus cadenas productivas. Es vecino. Y precisamente por eso, el margen de presión es mayor.
Romper el T-MEC no es sencillo, pero amenazar con hacerlo sí es efectivo. Genera incertidumbre, presiona mercados, debilita posiciones internas y obliga a negociar desde una postura defensiva. Washington lo sabe y lo usa. No para destruir el acuerdo, sino para moldearlo a sus prioridades actuales.
Y esas prioridades ya no son económicas. Son militares.

La ley de insurrección, invocada internamente para desplegar Guardia Nacional y tropas en ciudades estadounidenses bajo pretextos inflados, es la antesala de una lógica que normaliza el uso del ejército como herramienta política. Si eso ocurre dentro, ¿por qué no fuera? Si el presidente tiene autoridad plenaria, ¿qué lo detiene?
Nada.
Excepto el cálculo.
Y el cálculo, hoy, parece inclinarse hacia la acción.
México observa. Responde con diplomacia. Habla de cooperación. Celebra reducciones en homicidios. Presume capturas. Pero en Washington eso ya no alcanza. Se espera más. Mucho más. Extradiciones masivas. Golpes visibles. Caídas espectaculares. Resultados que puedan ser mostrados como victorias de una nueva estrategia regional.
Porque después de Maduro, retroceder no es opción.
La pregunta ya no es si México está en la mira.
La pregunta es cuándo y cómo.
Si el siguiente mensaje será económico, judicial o militar.
Si será público o silencioso.
Si será negociado o impuesto.
Y sobre todo, si el país está preparado para lo que viene cuando las decisiones ya no se tomen en mesas, sino en mapas.
Porque cuando el poder deja de hablar, empieza a actuar.
¿Estamos viendo solo ruido político o el inicio de una fase que cambiará para siempre la relación entre México y Estados Unidos?

