A tres meses de la desaparición de Carlos Emilio, la investigación no avanza y empiezan las extorsiones

La noche parecía una celebración cualquiera. Carlos Emilio Valenzuela Galván, 21 años, había salido a festejar su cumpleaños acompañado de dos primas al bar Terraza Valentino, en la zona dorada de Mazatlán, uno de los corredores turísticos más vigilados del país. Música, luces, gente entrando y saliendo. Nada fuera de lo común. Hasta que Carlos Emilio se levantó de la mesa para ir al baño.
Nunca volvió.
Desde ese instante, el rastro del joven se diluyó como si se lo hubiera tragado la tierra. No hay cámaras que expliquen su salida, no hay testigos que aporten certezas, no hay una línea clara que permita reconstruir lo ocurrido. Tres meses después, lo único que ha crecido no es la verdad, sino el expediente y la desesperación de su familia.
La voz de Brenda Valenzuela, su madre, resume el estado del caso con una frase que se repite como un eco en cientos de desapariciones en México: más hojas, más sellos, más lenguaje técnico, menos humanidad. La carpeta de investigación engorda, pero Carlos Emilio no aparece. La investigación sigue “abierta”, dicen las autoridades, aunque el tiempo transcurre sin resultados visibles ni responsables identificados.

El vicefiscal habló en noviembre de rostros, de vehículos, de avances que parecían indicar una ruta. Hoy, mes y medio después de esas declaraciones, nadie ha sido identificado, nadie ha sido detenido, nadie ha sido presentado ante la justicia. Todo sigue en el terreno de lo inconcluso, de las diligencias abiertas, de los procesos que no terminan de cerrar.
Y mientras el Estado se mueve con la lentitud de sus protocolos, el vacío lo ocupan otros actores.
Los extorsionadores.
Personas que aprovechan el dolor ajeno y la urgencia de una madre para ofrecer falsas pistas, llamadas anónimas, promesas de regreso a cambio de dinero. En los primeros días, cuando la herida estaba fresca y la esperanza aún dominaba al miedo, la familia cayó en la trampa. Pagaron una cantidad con la ilusión de recuperar a Carlos Emilio. Era octubre. Nunca hubo hijo, nunca hubo información real, solo el silencio posterior y la certeza de haber sido víctimas de un fraude.
Nada de eso derivó en consecuencias.
La denuncia fue presentada, la autoridad fue notificada, pero dos meses y medio después tampoco hay resultados sobre esos delitos. Nadie investigado, nadie localizado, nadie sancionado. La impunidad se multiplica y la revictimización se normaliza. No solo desaparece una persona, también se desaparece la confianza en las instituciones.

Mazatlán es una ciudad turística, llena de cámaras privadas y gubernamentales, con presencia policial constante y un discurso oficial de seguridad permanente. Sin embargo, Carlos Emilio se desvaneció en ese entorno vigilado sin dejar huella. Y no es un caso aislado. En estos tres meses, otras desapariciones han sido reportadas con el mismo patrón: cero avances, cero respuestas, familias abandonadas a su suerte.
La madre insiste. Toca puertas. Escucha explicaciones. Lee documentos. Aprende a desconfiar. Aprende a no creer en cualquiera que prometa milagros. Aprende, a la fuerza, a convivir con la incertidumbre. Pero el reloj avanza y la sensación de riesgo crece. Cada día que pasa sin noticias aumenta la posibilidad de un desenlace irreversible.
La representación legal de la familia ya tiene acceso a la carpeta de investigación. Hay diligencias, hay oficios, hay declaraciones. Todo está ahí, en papel. Pero nadie sabe hacia dónde apunta realmente ese cúmulo de información. No existe una línea concreta, no existe una hipótesis sólida que permita hablar de progreso real. Solo tiempo acumulado.
Tiempo que no perdona.
Brenda apela a Dios, a la compasión de quien pudiera tener a su hijo, a la conciencia de las autoridades. Ha sido paciente, dice, ha respetado los protocolos, ha esperado. Pero la paciencia no es infinita y la vida tampoco. La angustia se transforma en una cuenta regresiva silenciosa, donde cada día sin respuestas pesa más que el anterior.
El caso de Carlos Emilio expone una vez más el rostro más crudo de la crisis de desapariciones en México: investigaciones que avanzan en el discurso, pero no en los hechos; familias que enfrentan solas la violencia colateral de la extorsión; autoridades que confunden actividad administrativa con resultados.
Y en medio de todo, una pregunta que nadie ha podido responder.
¿Dónde está Carlos Emilio?


