Narc*tráfico, arm*s y sic*rios, por esto mat*ron al coronel

El asesinato del teniente coronel Rafael Granados Rueda estremeció a Colombia. No fue un crimen cualquiera, fue un golpe directo contra la institucionalidad militar en el Cauca.
Granados era uno de los oficiales más experimentados en la lucha contra el narcotráfico. Su trayectoria mostraba disciplina, constancia y un liderazgo que incomodaba a las economías ilegales.
No era un jefe de escritorio. Era el tipo de oficial que caminaba primero, que se internaba en la selva, que escuchaba a sus soldados. Su mando se legitimaba en el terreno, no en la oficina.
Por eso su muerte no se lee como una estadística más. Cayó un referente humano, un estratega que golpeaba donde más dolía: rutas, jerarquías, economías criminales.

La tarde del 27 de noviembre marcó el punto de quiebre. Granados volvía a casa, sin convoy blindado, sin escoltas reforzados. Un trayecto cotidiano que se convirtió en escenario de ataque.
Los sicarios lo interceptaron con precisión quirúrgica. Dispararon sin advertencia, conscientes de que atacaban a un oficial entrenado. El impacto fue letal, dirigido a zonas donde no había margen de reacción.
El coronel sobrevivió emboscadas en la selva, operaciones nocturnas, riesgos extremos. Pero cayó en plena ciudad, en la normalidad del regreso a casa. Ese detalle revela la paradoja: incluso los hombres más preparados enfrentan momentos donde el uniforme no protege.
La frialdad del ataque sugiere un mensaje. No buscaban intimidar, buscaban silenciar. La disciplina y el avance operativo que él representaba eran una amenaza para las estructuras ilegales.
La reacción institucional fue inmediata. El alto mando militar condenó el crimen como una afrenta directa a la nación. Se reforzaron zonas sensibles, se activaron protocolos de inteligencia, se desplegaron tropas.

Pero el vacío no se llenó con comunicados. La ausencia de Granados dejó un eco profundo. Dentro del ejército, su figura era símbolo de constancia y proximidad.
Los soldados lo recuerdan como alguien que comía lo mismo que ellos, que preguntaba por sus familias. Ese modelo de liderazgo construyó lealtad sin discursos. Por eso su muerte caló con tanta fuerza.
La opinión pública reaccionó con indignación y duelo. No cayó un hombre cualquiera, cayó uno de los que encabezaba la lucha contra el narcotráfico en una región disputada. El crimen abrió un debate inevitable sobre los límites del poder institucional en territorios dominados por economías ilegales.
El Cauca es un tablero de disputa. Rutas clandestinas, cultivos ilícitos, corredores estratégicos. Cada trocha puede ser camino para coca, armas o información.
El asesinato de Granados confirma que el poder armado no está recluido en las montañas. Opera también en las ciudades, en las instituciones, en la cotidianidad. Los grupos ilegales tienen capacidad para identificar objetivos y ejecutar ataques selectivos.
El disparo no fue solo físico, fue simbólico. Expuso las fracturas del control estatal. Recordó que el territorio no está plenamente bajo un solo mando.

La violencia en Cauca no es excepción, es condición instalada. El crimen destapa lo que se intuía: el Estado compite por el control y aún no lo consolida. Granados, por su rol, era interferencia directa con esos intereses.
Su asesinato puede interpretarse como respuesta de un poder ilegal que se siente capaz de desafiar. La pregunta que queda es cuánto territorio controla realmente el Estado y cuánto gobiernan las economías armadas. La reacción institucional demuestra voluntad, pero la ejecución del crimen muestra que la resolución del conflicto requiere más que fuerza pública.
Exige enfrentar las raíces de la disputa territorial. Financiación ilegal, compra de silencios, economías paralelas. Mientras esas estructuras permanezcan, la violencia seguirá golpeando incluso en el corazón de la estructura militar.
La muerte de Granados no borra su valentía, la revela. Mostró que quienes sostienen la seguridad de la nación cargan el riesgo en soledad. Su nombre ya es símbolo de resistencia y evidencia de la tensión que persiste entre Estado y actores ilegales.

El país lo despide con homenajes, pero también con preguntas. ¿Qué tan vulnerable es la institucionalidad frente a sicarios armados? ¿Qué tan profundo es el poder de las economías criminales en el Cauca?
El crimen no fue improvisado. Fue planeado con precisión. Y su mensaje es claro: la guerra contra el narcotráfico no se libra solo en la selva, también en las calles.
Granados Rueda representaba disciplina, coraje y liderazgo cercano. Su asesinato expone la crudeza del conflicto. Y obliga a Colombia a mirar de frente la fragilidad de su control territorial.

